Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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Una grieta en la armadura
Punto de vista de Alix
La cena con los Ferrara salió mejor de lo que esperaba; ver a Julián palidecer ante el broche de orquídea fue un bálsamo para mi alma sedienta de justicIa. Sin embargo, había algo que me oprimía el pecho: la sospecha de que Rosa me había reconocido. El ama de llaves, la mujer que me vio crecer y que secó mis lágrimas tantas veces, tenía un instinto que ni la cirugía estética más avanzada podía engañar.
Al finalizar la cena, Adrián se quedó en el porche intercambiando unas últimas palabras gélidas con Julián sobre los plazos de la auditoría. Aproveché ese instante para pedir "olvidado" mi bolso en el salón.
Entré rápido y allí estaba ella, recogiendo las copas con manos temblorosas. Al verme, Rosa soltó un cristal que, por fortuna, cayó sobre la alfombra.
—Señora... —susurró, y su voz se quebró de una forma que me desgarró las entrañas. Se acercó a mí, buscándome los ojos con una desesperación que me hizo querer gritar la verdad—. Perdone mi atrevimiento, pero... esos ojos. Yo conozco ese brillo. Usted... usted no puede ser una extraña.
Sentí un nudo en la garganta. Estuve a un segundo de abrazarla, de decirle: "Soy yo, Rosa, sigo viva". Pero entonces recordé la mirada sociópata de Julián y la ambición desmedida de Sofía. Si ellos llegaban a sospechar que Rosa sabía la verdad, no dudarían en deshacerse de ella para borrar cualquier rastro de Elena San Román. Mi identidad era un arma, pero también una sentencia de muerte para quienes me amaran.
—Se equivoca, Rosa —dije, endureciendo mi voz y mi mirada, aunque por dentro me estuviera cayendo a pedazos—. Soy Alix Thorne. Entiendo que en esta casa han pasado cosas terribles, pero no me confunda con un fantasma.
—Pero el broche... —insistió ella, con una lágrima rodando por su mejilla surcada de arrugas—. Ese broche era de mi niña.
—Es solo una joya que compré en Nueva York. Coincidencias de la vida —le di la espalda para que no viera cómo mis propios ojos se humedecían—. Busque descanso, Rosa. Parece que los años en esta casa le están cobrando una factura muy alta a su memoria.
Salí del salón sin mirar atrás, con el corazón martilleando contra mis costillas. Fue la mentira más dolorosa que había dicho en estos dos años, pero era el único escudo que podía darle a la mujer que me crió.
Al salir, Adrián me miró con fijeza. Él sabía. Sus ojos me leyeron el alma en un segundo, detectando la grieta en mi armadura. Me tomó del brazo y me guio hacia el auto con una firmeza protectora.
Una vez que el motor rugió y dejamos atrás la mansión de los Ferrara, el silencio en el auto se volvió sofocante.
—Te reconoció, ¿verdad? —preguntó Adrián, sin quitar la vista de la carretera, pero su voz era inusualmente suave.
—No sé de qué hablas —respondí, mirando por la ventana para ocultar las lágrimas que finalmente habían empezado a brotar.
—Alix, no me mientas a mí. Rosa no es como Julián. Ella mira con el corazón.
Me quebré. Apoyé la frente contra el cristal frío y solté un sollozo ahogado que llevaba dos años contenido.
—No pude decirle, Adrián. Si Julián sospecha que ella sabe, la va a matar. Ya perdí a mi hijo, ya perdí mi rostro... no puedo dejar que Rosa muera por mi culpa.
Adrián frenó el auto a un lado de la avenida, cerca del malecón. Se desabrochó el cinturón y me atrajo hacia él, envolviéndome en sus brazos. No hubo palabras, solo el calor de su cuerpo recordándome que ya no estaba sola en este infierno.
—Julián va a pagar por cada lágrima, Alix. Te lo prometo —susurró contra mi cabello—. Mañana mismo aceleraremos la estrategia. No le dejaremos ni el techo de esa casa para esconderse.
Me aferré a su camisa, dejando que su odio alimentara el mío. El dolor de Rosa solo me daba un motivo más para ser implacable. La cena había terminado, pero la verdadera masacre estaba a punto de comenzar.
Al día siguiente, durante el desayuno, Adrián me hizo una propuesta que no podía rechazar. Él buscaría la manera de sacar a Rosa de esa casa y ponerla en un lugar seguro, lejos del alcance de los Ferrara. Era la mejor opción para poder continuar con nuestro plan, pues una vez que mi verdadera identidad saliera a la luz, Julián iría tras ella sin dudarlo.