Novela no apta para 🔞🔞🔞
"Cinco años de silencio no fueron suficientes para apagar el fuego."
Mía es la heredera perfecta; Julián, el hombre que ella traicionó cuando él no tenía nada. Ahora, él ha vuelto: es un abogado poderoso, letal y viene de la mano de la prima de Mía.
Atrapados en una red de mentiras, ella finge amar al mejor amigo de él mientras Julián la devora con la mirada en cada rincón de la mansión. Entre pasillos oscuros y encuentros prohibidos, el odio se mezcla con una pasión incontenible.
Las excusas se terminaron. Es hora de dejar de huir y matar las ganas, aunque el precio sea destruirlo todo.
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Capitulo 17: nunca más
El aire en la cabaña se volvió pesado, cargado con el olor metálico de la sangre de Marcos y el aroma a ozono de una tormenta emocional que acababa de estallar. Julián se mantenía inmóvil, arrodillado sobre la madera fría, a la distancia exacta que Mía le había marcado con su miedo. Sus nudillos estaban destrozados, la piel abierta y roja, pero no sentía dolor físico; lo único que sentía era el eco de los sollozos de Mía rompiéndole el pecho.
A pocos metros, el cuerpo de Marcos yacía como un bulto inerte. Julián no lo miraba. Para él, ese hombre ya no existía, era solo un residuo que la justicia tendría que barrer. Su atención total, su alma entera, estaba fija en la figura pequeña y temblorosa que se abrazaba a sí misma en la esquina.
Mía tenía los ojos fijos en un punto inexistente de la alfombra. Sus manos apretaban los restos del camisón desgarrado con tanta fuerza que sus dedos habían perdido el color. No lloraba con gritos; era un llanto silencioso, un temblor constante que sacudía sus hombros y hacía que sus dientes castañearan a pesar del calor de la chimenea que aún chisporroteaba.
—Mía... —susurró Julián. Su voz era apenas un aliento, despojada de toda la furia de hace unos minutos.
Ella no respondió. Ni siquiera parpadeó. Estaba atrapada en ese segundo eterno donde las manos de Marcos la habían sujetado.
Julián, con una lentitud casi agónica, se movió. No hacia ella, sino hacia el sofá. Tomó una manta de lana gruesa, de un color gris suave, y regresó a su posición. Sabía que no podía tocarla, que en ese momento cualquier contacto físico, incluso uno nacido del amor más puro, podía sentirse como una agresión.
—Te voy a dejar esto aquí, mi cielo —dijo con una suavidad que le desgarraba la garganta. Estiró el brazo y depositó la manta en el suelo, a medio camino entre ellos—. No me voy a acercar más. Estoy aquí. No me voy a ir a ningún lado.
Mía bajó la vista hacia la manta. Pasaron varios segundos —que a Julián le parecieron siglos— hasta que ella, con movimientos mecánicos y torpes, estiró una mano y la arrastró hacia sí. Se envolvió en ella, cubriendo su piel expuesta, ocultando las marcas que empezaban a florecer en su cuello y hombros. El verla cubrirse así, como si intentara desaparecer del mundo, hizo que Julián tuviera que apretar los dientes para no sollozar él también.
Se sentó en el suelo, cruzando las piernas, manteniendo la guardia. Sacó su teléfono con la mano que no estaba herida y marcó el número de la policía local. Habló con una frialdad profesional que contrastaba con el fuego que sentía por dentro. Dio la ubicación exacta, informó sobre la agresión y el estado del atacante. Al colgar, dejó el aparato a un lado y volvió a centrarse en ella.
El silencio que siguió fue denso. Solo se escuchaba el viento golpeando las ventanas y la respiración errática de Mía.
—Lo siento —dijo él de repente, rompiendo la quietud—. Me moriré mil veces y en cada una de ellas me arrepentiré de haber soltado tu mano hoy. Pensé que este lugar era sagrado. Pensé que aquí estarías a salvo de todo... incluso de mi propia historia.
Mía levantó la vista. Por primera vez en lo que pareció una eternidad, sus ojos se encontraron con los de él. Ya no había el terror ciego de hace un momento, sino una tristeza profunda, una decepción que no era hacia él, sino hacia la vida misma.
—Él dijo... que yo era una zorra —susurró ella. Su voz sonaba lejana, como si viniera de debajo del agua—. Dijo que me gustaba... que por eso me había ido contigo.
Julián sintió una oleada de odio regresando a sus venas, pero la contuvo. No podía permitirse volver a ser el demonio frente a ella.
—Ese hombre es un cobarde que no puede aceptar que perdió —respondió Julián, midiendo cada palabra—. Lo que él diga no tiene valor. Tú eres la mujer más valiente que he conocido. Hiciste sacrificios que nadie más hubiera hecho por una familia que no te merecía. Lo que pasó hoy... no define quién eres, Mía. Define la clase de monstruo que es él.
Mía hundió la cara en la manta, inhalando el olor que quedaba en ella. Olía a leña, a montaña y, sobre todo, olía a Julián. Ese rastro de familiaridad pareció anclarla un poco más a la realidad.
—Tengo frío —murmuró ella.
Julián miró la chimenea. Se estaba apagando. Se levantó con cuidado, siempre manteniendo su distancia, y añadió un par de troncos. Las llamas volvieron a cobrar vida, proyectando sombras largas en las paredes de madera. Luego, fue a la cocina y sirvió un vaso de agua. Regresó y lo puso en el suelo, cerca de la manta.
—Bebe un poco. Te ayudará.
Ella estiró la mano, tomó el vaso y bebió a sorbos pequeños. Julián observó sus nudillos, todavía blancos por la tensión. Vio las gotas de agua cayendo sobre la lana gris. Deseaba tanto tomarla en sus brazos, llevarla a la cama, besar cada centímetro de su piel hasta que el recuerdo de Marcos fuera borrado por completo, pero sabía que la curación no funcionaba así. El respeto era la única medicina que podía ofrecerle en ese momento.
—Julián... tus manos —dijo ella de repente, fijándose en la sangre que goteaba de sus nudillos sobre el suelo de madera.
Él miró sus manos como si fueran objetos extraños.
—No es nada. No duele.
—Lávate —pidió ella. Fue una orden suave, pero fue la primera señal de que estaba regresando a él—. No quiero ver su sangre en ti. No quiero que él esté en esta habitación de ninguna forma.
Julián asintió. Fue al baño, se lavó las heridas con agua fría y envolvió sus manos en una toalla limpia. Cuando regresó, Mía se había movido un poco. Ya no estaba encogida en la esquina; se había sentado apoyando la espalda contra la cama, todavía envuelta en la manta.
A lo lejos, el sonido de las sirenas empezó a cortar la paz de la montaña. Las luces azules y rojas empezaron a reflejarse en los árboles, acercándose por el camino de tierra.
Julián se acercó un paso más, arrodillándose de nuevo.
—Ya están aquí, Mía. No voy a dejar que te toquen si no quieres. No voy a dejar que te hagan preguntas que no quieras responder hoy. Yo me encargaré de todo. Tú solo tienes que... solo tienes que intentar respirar.
Mía asintió, y por primera vez, estiró una mano fuera de la manta. Julián la miró, dudando, hasta que comprendió. Extendió su mano vendada y ella puso sus dedos sobre los de él. Fue un contacto mínimo, apenas un roce, pero para Julián fue el puente que salvó el abismo.
—No me dejes sola con ellos —suplicó ella, con los ojos llenos de lágrimas nuevas.
—Nunca más —juró él, apretando suavemente sus dedos—. Ni con ellos, ni con nadie. Se acabó el tiempo de esconderse, Mía. A partir de ahora, el mundo va a saber exactamente quién es Marcos y quién eres tú. Y yo voy a estar justo aquí, delante de ti, como un muro que nadie volverá a cruzar.
La policía golpeó la puerta. Julián se puso de pie, pero antes de caminar hacia la entrada, se inclinó y besó la frente de Mía con una devoción que no necesitaba palabras. Ella cerró los ojos, aceptando el gesto, y por un segundo, el terror de la tarde se disipó, dejando solo la certeza de que, aunque el camino hacia la sanación sería largo, no lo caminaría sola.
Julián abrió la puerta. Los oficiales entraron, y con ellos, la realidad del mundo exterior. Pero mientras esposaban a un Marcos que empezaba a quejarse y lo sacaban de la cabaña, Julián no apartó la vista de Mía. Ella seguía allí, envuelta en su manta gris, mirando las llamas, esperando que el fuego terminara de quemar los restos de una pesadilla para poder empezar, de una vez por todas, su vida de verdad.
muchas gracias 🌹