En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 03 (+18)
Malakor era un viejo cliente de Atraeus, un hombre que alguna vez había sido el archivero principal del palacio real bajo el reinado del padre de Helios. Había sido despedido y humillado cuando el nuevo régimen tomó el poder, y desde entonces vivía en los márgenes, vendiendo pedazos de la historia que nadie más recordaba.
El hombre entró en la alcoba tropezando. Su barba era un nido de canas y sus dedos estaban permanentemente manchados de tinta y nicotina.
—Kade... muchacho... —jadeó Malakor, dejándose caer en una silla—. He tenido que esconderme en los túneles de vapor durante horas. Los espías de la Reina Lyra están por todas partes.
Atraeus le sirvió una copa de vino fuerte. Sabía que Malakor no se arriesgaría a venir a menos que tuviera algo de valor incalculable.
—Bebe, viejo. Y luego dime por qué debería evitar que mis hombres te echen a los canales por traer la atención de la Guardia Real a mi puerta.
Malakor bebió el vino de un trago, recuperando algo de aliento. De los pliegues de su túnica mugrienta, sacó un fajo de papeles amarillentos, envueltos en un cuero viejo que olía a moho y a magia antigua.
—Encontré esto en el sótano de la biblioteca secreta, detrás de un muro que no había sido tocado en cuarenta años —dijo el viejo, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo apenas audible—. No es solo un secreto, Atraeus. Es una bomba que hará que el trono de Helios se convierta en cenizas.
Atraeus tomó los papeles con cuidado. Eran registros de nacimiento, pero no de la nobleza común. Eran actas selladas con el símbolo de la antigua Orden de los Custodios de la Sangre, una organización que se creía extinguida.
A medida que leía, la expresión de Atraeus se volvió de una frialdad absoluta. Isolda, que observaba por encima de su hombro, soltó un jadeo ahogado.
—Esto no puede ser verdad... —susurró ella.
—Es verdad —dijo Malakor con una sonrisa desdentada—. El Rey Helios no es el primogénito. Hubo otro. Un hijo nacido de la unión entre el antiguo Rey y una mujer que no era la Reina, pero que poseía la sangre de la Antigua Magia. Un niño que fue enviado lejos para morir, pero cuyo linaje invalida cualquier pretensión de Helios al trono sagrado bajo las leyes de la Primera Fundación.
Atraeus sintió una descarga de adrenalina que rara vez experimentaba. El documento detallaba un pacto de sangre realizado para ocultar la existencia de este heredero y cómo la corona actual se había cimentado sobre un regicidio espiritual.
—¿Quién más sabe esto? —preguntó Atraeus, agarrando el brazo de Malakor con fuerza.
—Nadie vivo —respondió el viejo, temblando—. Los otros archiveros fueron purgados. Yo soy el único que queda con los ojos para leer estos códigos.
Atraeus miró el pergamino. Esto era mucho más de lo que esperaba. No era solo información para chantajear a unos pocos nobles; era la herramienta para deslegitimar a toda la dinastía. Si esto se hacía público, o si el verdadero heredero era encontrado, el reino estallaría en una guerra civil que haría que la conquista de Helios pareciera una riña de taberna.
—Isolda, dale a Malakor suficiente oro para que llegue a las Islas de Bruma y se compre una villa —ordenó Atraeus—. Y asegúrate de que salga de aquí en un barco de carga, no en uno de pasajeros.
Cuando el viejo se hubo ido, Atraeus se quedó a solas con Isolda en la estancia cargada de vapor. El silencio era denso, casi sólido.
—Esto cambia todo, ¿verdad? —preguntó Isolda, acercándose a él con una expresión de temor y asombro—. Atraeus, si Helios descubre que tienes esto, no enviará a la guardia. Vendrá él mismo a arrancarte el corazón.
Atraeus se levantó y caminó hacia un pequeño brasero donde ardían carbones para calentar la estancia. Sostuvo el documento sobre las llamas por un momento, la luz del fuego bailando en sus ojos. Pero no lo quemó. Lo guardó de nuevo en su estuche de cuero.
—Helios es un sol que brilla demasiado, Isolda. Y como todo sol, solo puede existir si hay una oscuridad que lo defina.
Se giró hacia ella, y en su rostro había una determinación oscura, una ambición que por fin encontraba su camino.
—¿Sabes qué es lo mejor de este secreto? —preguntó él.
—Dímelo.
—Que no necesito encontrar a ese heredero para usar esta información. En este juego de espejos, la verdad importa mucho menos que lo que la gente esté dispuesta a creer. Helios ha construido su poder sobre la imagen del guerrero perfecto, del salvador elegido por los dioses. Si le quitamos eso, solo es un hombre con una espada.
Atraeus se acercó a Isolda y la tomó por la cintura, tirando de ella con una fuerza que la hizo jadear. La tensión del secreto y el peligro inminente se tradujeron instantáneamente en una urgencia física. En el mundo de Atraeus, el poder y el deseo eran hilos de la misma cuerda.
—Esta noche hemos encontrado la grieta en el muro, Isolda —dijo él, su voz vibrando contra la piel de su hombro—. Ahora, vamos a celebrarlo de la única manera que sabemos. Recordando que, aunque seamos sombras, somos los únicos que podemos tocar la realidad.
La empujó suavemente contra la pared de mármol, que estaba caliente al tacto por el vapor de los baños. Isolda enganchó sus piernas alrededor de su cintura, gimiendo cuando las manos de Atraeus rasgaron la seda de su túnica. El se*o no fue un acto de amor, sino una afirmación de su existencia en un mundo que conspiraba para borrarlos. En medio del vapor y el aroma a incienso, se movieron con una cadencia desesperada, una danza de dos almas que sabían que estaban jugando con fuego divino.
Cada embestida de Atraeus era un desafío al destino; cada gemido de Isolda era una burla a la realeza que los despreciaba. Eran dos bastardos de la historia reclamando su propio reino en la penumbra del Mercado de Lenguas.
Más tarde, mientras el vapor empezaba a disiparse y las primeras luces del alba se filtraban por los respiraderos superiores, Atraeus observaba a Isolda dormir brevemente en el diván. Él no dormía. Su mente ya estaba en el palacio, en los salones de baile, en las iglesias.