Completa
Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.
Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.
Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.
Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.
Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:
Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.
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Capítulo 16 — Las lenguas del pueblo
Puerto Sereno era un pueblo pequeño.
Y los pueblos pequeños tienen memoria larga, ojos en todas partes y una capacidad infinita para convertir lo que no les pertenece en tema de conversación.
Sofía lo descubrió un jueves por la mañana en la panadería.
Entró a comprar el pan de siempre — el de queso que Doña Carmen le había encargado — y encontró a tres mujeres conversando en el mostrador con esa energía particular de quien lleva un buen rato en el mismo tema y no tiene ninguna intención de soltarlo.
Las reconoció. Las había visto en la fogata. Las había saludado. Ellas la habían saludado de vuelta con sonrisas que en ese momento le parecieron genuinas.
Ahora hablaban sin verla entrar.
—...yo no digo que sea mala persona, digo que es raro — decía la más bajita, de pelo corto y voz de quien está acostumbrada a que la escuchen —. Llevan no sé cuántas semanas y ella sigue en casa de Carmen. ¿Eso qué es?
—Una relación de conveniencia — dijo la segunda, con la autoridad de quien ha diagnosticado situaciones ajenas toda la vida —. El hombre lleva siete años solo, aparece una muchacha de la ciudad y claro —
—Andrés no es de esos — dijo la tercera, más joven, con menos convicción.
—Andrés es hombre — dijo la bajita, como si eso lo explicara todo —. Y ella es bonita. Pero fíjate — si fuera en serio, ¿no estarían viviendo juntos? ¿No le habría dicho que se mudara? Mientras ella esté en la posada eso no es una relación, es un...
Fue entonces cuando vio a Sofía.
El silencio cayó como un plato roto.
Sofía las miró. Las tres la miraron.
Pidió el pan con una calma que le costó más de lo que esperaba. Pagó. Agradeció. Salió.
Val la estaba esperando afuera.
— ¿Escuchaste? — dijo, directamente, porque Val nunca había visto la necesidad de rodeos.
—¿Tú también lo escuchaste?
—Yo escucho todo en este pueblo — dijo Valentina con total naturalidad —. Es que esas tres hablan muy duro. La señora Petra especialmente. Tiene la voz como un megáfono.
Sofía miró el pan en su mano.
—¿Hace cuánto se dice eso? — preguntó.
Valentina hizo una mueca que era básicamente una respuesta.
—¿Andrés sabe?
—Andrés no escucha los chismes del pueblo — dijo Val —. Dice que la gente que habla de la vida ajena es porque la propia les quedó pequeña.
Sofía la miró.
—¿Eso te dijo él?
—Sí. Cuando en la escuela hablaban de mí porque no tenía mamá. — Lo dijo sin drama, con esa serenidad particular que tienen los niños que han aprendido a cargar cosas pesadas desde chiquitos —. Me dijo que los que hablan no saben nada de nosotros. Y que lo que nosotros somos no lo decide nadie más.
Sofía sintió algo apretarse en la garganta.
—Tu papá es muy sabio — dijo.
—A veces — concedió Val —. Otras veces no sabe dónde pone las llaves.
Sofía no le dijo nada a Andrés ese día.
Ni al otro.
Pero algo se instaló en el fondo de su cabeza — pequeño, persistente, como una piedra en el zapato que uno decide ignorar hasta que ya no puede.
¿Estaran viviendo juntos? No.
¿Había hablado Andrés de un futuro concreto? No.
¿Era eso un problema?
No lo sabía.
Y no saberlo era, en sí mismo, una respuesta.
Fue el sábado en el mercado donde lo escuchó por segunda vez.
Estaba comprando tomates — concentrada, con su lista en la mano — cuando las voces llegaron desde el puesto de al lado.
Dos hombres mayores. Pescadores. La voz baja pero no tanto.
—...el joven Villareal anda bien acompañado últimamente.
—Sí, lo vi con élla en el malecón. Bonita muchacha.
—Bonita sí. Pero foránea. De Caracas. — Una pausa cargada —. Esas no se quedan, compadre. Vienen, pasan el verano, y cuando termina el trabajo se van y el que queda con el corazón roto es el de aquí.
—Andrés no es pendejo.
—Andrés tampoco es de hierro. Siete años solo, una hija que necesita madre... uno se ilusiona aunque no quiera. — Pausa —. Lástima que la muchacha viva todavía en casa de Carmen. Si fuera en serio ya sabría dónde está su lugar.
Sofía dejó los tomates en el puesto.
Salió del mercado sin comprar nada más.
Esa tarde Andrés fue a buscarla a casa de Doña Carmen.
La encontró sentada en el porche con un libro abierto que claramente no estaba leyendo. La conocía suficiente para saberlo.
Se sentó a su lado.
La miró.
—¿Qué pasó? — dijo.
—Nada.
—Sofía.
Ella cerró el libro. Lo miró de frente.
—¿Tú escuchas lo que dice el pueblo? — preguntó.
Andrés la miró.
—¿Qué dice el pueblo?
Sofía le contó. Sin drama, sin exageración — la panadería, el mercado, las palabras exactas que había escuchado. Andrés la escuchó sin interrumpir, con esa quietud suya que no era indiferencia sino atención absoluta.
Cuando ella terminó, él no respondió de inmediato.
Miró el mar al fondo de la calle.
—¿Y tú qué piensas de lo que dicen? — preguntó.
—Que no me importa lo que piensen — dijo Sofía —. Pero que quizás se están preguntando algo que yo también me estoy preguntando.
Andrés la miró.
—¿Qué te estás preguntando?
Sofía lo miró de frente. Sin esconderse.
—Qué somos — dijo —. A dónde vamos. — Pausa —. Soy bióloga marina, Andrés. Tengo un trabajo en Caracas. Tengo una vida allá. Y aquí tengo... — señaló el espacio entre los dos — esto. Que es lo más real que he tenido en años. Pero no sé qué es esto exactamente ni a dónde lleva.
Silencio.
El mar sonaba lejos. Un perro ladró en alguna calle.
Andrés se inclinó hacia adelante con los codos en las rodillas. Miró sus manos un momento. Luego la miró a ella.
—Cuando traje a Isabella al médico por última vez — dijo, en voz baja — el doctor me dijo que había riesgo. Yo sabía que había riesgo. Ella también lo sabía. — Pausa —. El problema nunca fue el riesgo, Sofía. El problema es cuando uno no quiere correrlo.
Sofía lo escuchó sin moverse.
—Yo no soy un hombre de medias tintas — continuó Andrés —. Nunca lo fui. Cuando pesco, pesco en serio. Cuando construyo algo, lo construyo para que dure. — La miró directo —. Y cuando quiero a alguien, lo quiero en serio.
El corazón de Sofía hacía cosas que no le había pedido permiso.
—¿Qué me estás diciendo? — susurró.
Andrés se giró hacia ella completamente.
—Que el pueblo puede hablar lo que quiera — dijo —. Que tú puedes tener dudas y está bien tenerlas. — Pausa —. Pero yo no tengo ninguna.
Sofía lo miró.
—Ninguna — repitió él. Firme. Limpio. Sin adornos.
—Andrés...
—Quédate — dijo. Una sola palabra. Baja, directa, sin drama —. No esta noche. No esta semana. Quédate. Acá. En Puerto Sereno. Conmigo.
Sofía sintió el peso de eso en el pecho.
—Mi trabajo...
—Hay mar aquí — dijo él —. Hay arrecifes. Hay lo que necesites estudiar. — Pausa —. Lo que no hay es otra tú.
Silencio largo.
Sofía lo miró durante un momento que duró demasiado.
—Dame tiempo — dijo finalmente —. Para pensarlo. Para ordenarlo.
Andrés asintió.
—Todo el que necesites — dijo —. Pero mientras lo pensás — se levantó, le tomó la cara entre las manos y la besó despacio, con esa profundidad suya que no se apresuraba nunca — que el pueblo sepa que lo que hay aquí es real.
Cuando se separaron Sofía tenía los ojos cerrados.
Los abrió despacio.
Andrés la miraba con esos ojos azules que eran lo más honesto que había visto en su vida.
—¿Lo saben? — susurró ella.
—Ahora sí — dijo él.
Y señaló con la cabeza hacia la calle.
Sofía giró la vista.
La señora Petra estaba parada en la acera del frente con dos bolsas de mercado y la boca ligeramente abierta.
Sofía soltó la risa.
Andrés también. Bajo, desde el pecho.
—Mañana lo sabe todo el pueblo — dijo Sofía.
—Que lo sepan — dijo Andrés, y volvió a sentarse a su lado sin soltarle la mano.
Esa noche Sofía escribió en su cuaderno:
Me pidió que me quedara.Sin rodeos. Sin disfraces.Como hace todo.
No sé todavía qué voy a responder.Pero sé que la preguntaes la más importante que me han hechoen toda mi vida.
Y que la persona que la hizo merece una respuesta igual de honesta.
Fin del Capítulo 16 ✨