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AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

Status: En proceso
Genre:Terror / Venganza / Traiciones y engaños
Popularitas:170
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.

¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 13

La llovizna que caía sobre Aethelgard no era agua, era ácido que corroía lo poco que quedaba de nuestra cordura. Me quedé de pie en el marco de la puerta de mi habitación, mirando a Marcus. Tenía la respiración entrecortada y los ojos fijos en la nada, como si acabara de ver el fin del mundo a través de una cerradura. El capítulo diez no había hecho más que empezar y el aire ya pesaba como el plomo.

—¿Qué ha pasado con Lucía? —le pregunté, agarrándolo por los hombros. Estaba empapado. El olor a ozono que yo había sentido en el sótano emanaba de su ropa, mezclado con ese perfume caro y rancio que empezaba a ser la marca de nuestra decadencia.

—Encontró el cuarto de control, Elena —balbuceó Marcus, dejándose caer contra la pared del pasillo—. Pero no como tú lo viste. Ella encontró... las cajas.

No esperé a que terminara. Eché a correr por el pasillo, con los pies descalzos golpeando el mármol frío. No necesitaba que nadie me guiara. Los gritos de Lucía eran un faro de agonía que resonaba en la cúpula de la mansión. Bajé las escaleras de tres en tres, cruzando el vestíbulo donde el cronómetro rojo parpadeaba con una urgencia obscena.

**53:58:12**

Llegué a la biblioteca, un lugar que hasta ayer me parecía un refugio de sabiduría y que ahora era una antesala del horror. La puerta secreta tras la estantería de los clásicos franceses estaba abierta de par en par. Al final de la escalera de caracol, en el mismo sótano técnico donde yo había visto las pantallas de nuestra "otra vida", Lucía estaba de rodillas.

Pero no estaba mirando los monitores. Estaba frente a una serie de nichos de cristal iluminados con una luz blanca, aséptica, casi celestial. En cada nicho había un objeto. Un zapato de tacón manchado de barro. Un reloj de pulsera con el cristal roto. Un volante de cuero quemado.

Y una fotografía.

Me acerqué lentamente, sintiendo que el suelo se inclinaba bajo mis pies. Eran los objetos del accidente. No eran réplicas. Yo reconocería ese volante en cualquier lugar del mundo; mis manos habían estado aferradas a él mientras la vida de alguien se escapaba entre los hierros.

—Están aquí —susurró Lucía, señalando el nicho central—. Elena, mira la fecha de la etiqueta.

Me obligué a mirar. Bajo el zapato de tacón —el mío, el que perdí cuando intenté correr por el barro aquella noche— había una placa de metal grabada.

*Obra: El Error de la Conductora.*

*Fecha de adquisición: 15 de abril de 2016.*

*Estado: Preservado para el Juicio.*

—Él estuvo allí —dije en un susurro que me quemó la garganta—. Él no nos encontró después. Él... él nos estaba esperando.

La risa de la IA, esa voz sintética que ya odiaba más que a mi propia sombra, brotó de los altavoces del techo del sótano, mucho más alta que de costumbre, casi distorsionada por una alegría mecánica.

"Diez días, Elena. Diez días de lujo para compensar diez años de mentiras. ¿No es un trato justo? Lucía ha encontrado la galería de los pecados. Julián fue el primero en ser retirado de la exposición porque su pecado era el más burdo: la codicia. Pero ustedes... ustedes tienen la delicadeza del miedo".

—¡Sácanos de aquí! —gritó Lucía, golpeando el cristal del nicho con sus puños—. ¡Dinos qué quieres! ¡Dinos quién eres!

"Yo soy el resultado de su negligencia. Soy la memoria que intentaron borrar con cuentas bancarias y ascensos. Y hoy, para cerrar este primer acto, la isla tiene un regalo para la persona que más ha luchado por mantener la máscara".

Las luces del sótano se apagaron de golpe. Solo quedaron encendidos los leds de los nichos, proyectando sombras macabras de los objetos del accidente contra las paredes de cemento. Escuché un zumbido, el sonido de algo pesado moviéndose hidráulicamente. Una de las paredes del sótano empezó a deslizarse, revelando un hangar inmenso que no habíamos visto.

Dentro del hangar, iluminado por focos cenitales, descansaba un helicóptero. Era elegante, de un negro mate que absorbía la luz, con las aspas listas para girar. El corazón me dio un vuelco. ¿Una salida? ¿O otra trampa como la lancha de Julián?

—Hay un asiento —dijo la voz—. Solo uno. Un billete de vuelta a la ciudad donde otra Elena camina por tus calles, vive en tu casa y duerme en tu cama. Si quieres recuperar tu vida, debes llegar al helicóptero antes de que el cronómetro llegue a las 53:50:00.

Miré a Lucía. Ella me miró a mí. La amistad, la complicidad del secreto y la culpa compartida se evaporaron en un segundo. Vi en sus ojos el brillo salvaje del instinto de supervivencia. Ya no era la mujer frágil que lloraba en los rincones; era una competidora.

Marcus apareció al final de la escalera, jadeando. Vio el helicóptero y su rostro se transformó en una máscara de codicia y pánico.

—Ese sitio es mío —rugió, empezando a correr hacia el hangar—. ¡Yo pagué por este retiro! ¡Yo soy el que más tiene que perder!

El aire se volvió eléctrico. Los tres empezamos a correr por el pasillo de servicio que llevaba al hangar. Ya no éramos seres humanos; éramos presas peleando por el último hueco en el arca de Noé. Marcus empujó a Lucía contra una de las tuberías de vapor, y ella cayó soltando un grito de dolor. Yo no me detuve a ayudarla. No podía. La imagen de la Elena "falsa" viviendo mi vida en la ciudad me impulsaba con una furia que no sabía que poseía.

Corrí hasta que me dolieron los pulmones, esquivando los cables que colgaban del techo. Marcus me llevaba ventaja, sus pasos pesados retumbaban en el hangar. Estaba a solo unos metros de la puerta del helicóptero cuando la voz volvió a sonar, esta vez con un tono de advertencia.

"Recuerden la regla de Aethelgard: la libertad tiene un precio. Para que el helicóptero despegue, alguien debe activar el interruptor manual desde la cabina de control del sótano. Ese interruptor cierra las puertas del hangar desde fuera. Quien se quede para pulsar el botón... se quedará para siempre".

Marcus se detuvo en seco, con la mano ya en la manilla de la aeronave. Se giró hacia mí, con el rostro desencajado.

—Elena... —dijo, su voz temblando—. Tú eres la más rápida con los sistemas. Ve tú. Pulsa el botón. Yo te enviaré ayuda en cuanto aterrice. Te lo juro por mi vida.

—¡Mentira! —gritó Lucía desde atrás, arrastrando una pierna, con la frente sangrando—. Si cerramos esas puertas, el anfitrión nos matará aquí abajo. ¡Es una ejecución!

Me quedé en medio del hangar, mirando el helicóptero y luego hacia la cabina de control que se elevaba sobre nosotros. El cronómetro en mi muñeca —el reloj negro que me habían regalado— marcaba que quedaban sesenta segundos.

Era la decisión final del primer bloque. La armonía se había roto, la lancha había explotado, y ahora estábamos aquí, divididos por una oferta que solo buscaba nuestra destrucción moral. Miré a Marcus, el hombre que me obligó a acelerar hace diez años. Miré a Lucía, la mujer que guardó silencio por comodidad. Y luego me miré a mí misma, reflejada en el fuselaje negro del helicóptero.

Sentí el sobre en mi pecho, ese secreto que el anfitrión quería que revelara. Si subía a ese helicóptero, ¿qué tipo de Elena llegaría a la ciudad? ¿Sería yo, o sería simplemente otra versión del monstruo en el que me había convertido?

El ruido del motor del helicóptero empezó a aumentar, un rugido que hacía vibrar el suelo y nuestras costillas. El viento de las aspas empezó a levantar el polvo del hangar, cegándonos. Marcus gritó algo que no pude oír y se lanzó dentro de la cabina del piloto, cerrando la puerta tras de sí. Me miró a través del cristal, suplicándome con los ojos que fuera a la consola, que lo sacrificara todo por él una vez más.

Caminé hacia la consola de control, pero no para pulsar el botón de despegue. Mis dedos sobrevolaron el teclado, buscando otra cosa. Si el anfitrión quería un espectáculo, yo le iba a dar uno que no olvidaría. Busqué en el sistema el archivo que el empleado me había mostrado en el sótano, el de la Elena de la ciudad.

—Si yo no existo allí fuera —susurré para mí misma—, entonces este lugar es lo único que es real.

Pulsé una secuencia de teclas que no cerraba las puertas del hangar, sino que abría todos los sistemas de comunicación de la isla por un breve segundo. Un pulso electromagnético que yo misma había diseñado en mi mente durante las noches de insomnio.

El helicóptero se apagó de golpe. Las luces del hangar parpadearon y se volvieron rojas. Un silencio sepulcral cayó sobre nosotros, roto solo por el llanto de Lucía y la respiración agitada de Marcus tras el cristal.

En todas las pantallas del hangar, en las de la mansión, y supuse que en las de la habitación de cada invitado, apareció una sola imagen. No era el accidente. No era un secreto financiero.

Era el rastro de sangre. Un rastro fresco, rojo brillante, que empezaba en la puerta del hangar y subía, escalón por escalón, hasta la planta principal de la mansión, deteniéndose justo ante la alfombra de mi propia suite.

"Felicidades, Elena", dijo la voz, ahora sonando casi humana, cargada de una decepción burlona. "Has elegido quedarte. El primer acto ha terminado, y como en todas las grandes tragedias, la primera víctima no ha caído por una bala, sino por su propia mano. Pero mira bien el rastro de sangre... porque no es de Julián. Y no es mío".

Me quedé mirando la pantalla, con el corazón martilleando contra mis costillas. Marcus salió del helicóptero, pálido como un muerto. Lucía se acercó a mí, temblando. Los tres seguimos con la mirada el rastro de sangre proyectado en la pantalla led gigante del hangar. La cámara seguía el rastro con una lentitud insoportable, entrando en mi habitación, subiendo por la cama...

En ese momento, un grito desgarrador cruzó el hangar, pero no venía de los altavoces. Venía de la planta de arriba.

El primer incidente había sido una explosión. El segundo, una revelación. Pero lo que acabábamos de desatar con mi decisión de bloquear el escape era algo mucho más físico. Corrimos de vuelta a la mansión, con el miedo empujándonos como un viento huracanado. Al llegar a la puerta de mi suite, el rastro de sangre que habíamos visto en las pantallas estaba allí, real, caliente, empapando la madera blanca.

Puse la mano en el pomo de la puerta, sintiendo el metal pegajoso. Miré a Marcus y a Lucía. Estábamos atrapados. No había helicópteros, no había lanchas, no había otra Elena. Solo estábamos nosotros y lo que sea que nos esperaba tras esa puerta.

Abrí la habitación de un tirón.

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