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SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.
Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.
Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.
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Capítulo 2: La Noche de las Máscaras (continuación)
El corazón de Isolde golpeaba sus costillas como un pájaro enjaulado. Las palabras de su madre resonaron en su cabeza: Obedece. Calla. Sobrevive. Pero el pánico en los ojos de Genevieve había sido demasiado real. Si el intruso en los establos era quien ella pensaba, su amiga estaba a punto de perderlo todo: su honor, su vida y al hombre que amaba.
Isolde no fue a sus aposentos.
Se recogió las faldas del pesado vestido azul, cuidando de que la seda no se enganchara en las piedras del suelo, y corrió en dirección opuesta a la multitud. Conocía los pasadizos de servicio del castillo; los había explorado de niña cuando su padre visitaba Aethelgard. Esquivó a dos guardias que corrían con antorchas y se deslizó por la puerta lateral que daba al patio de los carruajes.
El aire frío de la noche la golpeó como una bofetada. El contraste entre el calor del baile y la oscuridad del patio era aterrador. A lo lejos, cerca de las sombras de los grandes establos de piedra, se escuchaban gritos y el relincho violento de los caballos.
Isolde se ocultó detrás de un carruaje negro con el escudo de armas de los Valerius. Sus ojos azules se dilataron por el miedo.
Bajo la luz vacilante de las antorchas, vio la escena que temía.
Cuatro guardias tenían a un hombre de rodillas en el barro. Era Cédric. Su camisa de lino estaba desgarrada y tenía sangre corriendo por la frente, pero sus ojos café ardían con un desafío que ninguna paliza podría apagar. A unos metros, medio oculta por las sombras de una entrada, Genevieve observaba con las manos en la boca, ahogando sus propios sollozos.
Y entonces, una sombra gigante eclipsó la luz de las antorchas.
Alaric caminó hacia el prisionero con una lentitud que helaba la sangre. No llevaba espada en la mano; no la necesitaba. Su sola presencia, su estatura de casi dos metros y la amplitud de sus hombros, lo hacían parecer una fuerza de la naturaleza. Se detuvo frente a Cédric y lo miró desde arriba, con esa cara de pocos amigos que le había ganado el apodo de "El Carnicero".
—Un plebeyo en los establos reales la noche de la boda del Duque —la voz de Alaric era un rugido bajo—. Solo hay dos razones para eso: robo o traición. ¿Cuál prefieres para tu ejecución?
—Vine por lo que es mío —escupió Cédric, con la voz rota pero firme.
Alaric se inclinó, agarrando a Cédric por el cuello de la camisa y levantándolo a medias del suelo con una sola mano, como si no pesara nada.
—Nada en este castillo es tuyo, campesino.
Isolde no pudo contenerse. Dio un paso adelante desde detrás del carruaje, con el vestido azul brillando bajo la luz de la luna.
—¡Espera! —su voz sonó pequeña pero clara en el silencio del patio.
Alaric se congeló. Soltó a Cédric, que cayó pesadamente al suelo, y giró la cabeza con una lentitud aterradora. Sus ojos café se clavaron en Isolde con una furia fría que la hizo querer desaparecer.
—Te di una orden —dijo él, y el tono de su voz era más peligroso que cualquier grito.
Caminó hacia ella. Cada paso de sus botas pesadas sobre el suelo de piedra retumbaba en los oídos de Isolde. Ella retrocedió, pero chocó contra la rueda del carruaje. No tenía a dónde ir.
Cuando Alaric llegó frente a ella, la sombra que proyectó la cubrió por completo. Era tan grande que Isolde tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás al máximo para verlo. Él no dudó. Su mano gigante se cerró alrededor del brazo de Isolde, justo por encima del codo.
—¡Ah! —soltó ella un pequeño gemido. El agarre era brutal, sus dedos rodeaban casi todo su brazo y la fuerza con la que la sujetaba era la de un hombre acostumbrado a domar bestias.
—Te dije que fueras a tus aposentos —le siseó él, acercando su cara de malo a la de ella. Isolde podía ver las cicatrices de su rostro, sentir el calor de su respiración y el olor a pino y acero que emanaba de su cuerpo—. ¿Acaso el matrimonio te ha quitado el juicio tan pronto?
—Solo... solo quería saber qué pasaba —mintió ella, temblando bajo su toque.
Alaric la miró profundamente, como si estuviera buscando la mentira en el fondo de sus pupilas azules. Luego, sin soltarla, se volvió hacia sus guardias.
—Llévenlo a las mazmorras del ala norte. No lo toquen hasta que yo baje. Y busquen a quien sea que estuviera esperando aquí. Nadie entra a este castillo sin ayuda.
Isolde vio de reojo cómo Genevieve se escabullía entre las sombras, desapareciendo justo a tiempo. Al menos su amiga estaba a salvo por ahora.
—En cuanto a ti... —Alaric volvió a centrar su atención en Isolde. La jaló hacia él con un movimiento brusco, obligándola a pegarse a su pecho duro como el mármol. Ella sintió la barba de él rozarle la frente—. Vas a aprender lo que significa la palabra obediencia en Aethelgard.
La arrastró por el patio, con un paso largo que obligaba a Isolde a casi correr a su lado para no caerse. El agarre en su brazo seguía siendo firme, casi doloroso. La llevó a través de las puertas traseras, por las escaleras de piedra de la torre principal, ignorando las miradas de los sirvientes que se apartaban con miedo.
Cuando llegaron a la puerta de los aposentos ducales, Alaric la abrió de un golpe y empujó a Isolde hacia adentro.
La habitación era inmensa, iluminada solo por el fuego de una gran chimenea. Había una cama con dosel que parecía un altar de seda oscura.
Alaric cerró la puerta con un estruendo y echó el cerrojo. Se quitó la capa pesada y la lanzó sobre una silla, quedándose solo con el jubón de cuero que resaltaba sus músculos definidos y sus hombros masivos. Se giró hacia ella, con los ojos oscuros brillando por el reflejo del fuego.
Isolde se frotó el brazo donde él la había sujetado. Sabía que mañana tendría marcas rojas en su piel blanca.
—Me lastimaste —dijo ella, tratando de sonar valiente, aunque su voz era apenas un susurro.
Alaric dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con esa presencia que lo llenaba todo. Se detuvo a centímetros, obligándola a mirar hacia arriba, hacia esa mandíbula tensa y esa cara de asesino.
—Eso no es nada comparado con lo que sucede en este castillo con las mujeres desobedientes, Isolde —dijo él con voz ronca—. Considéralo un aviso.
Isolde sintió un arranque de rabia. Estaba cansada de tener miedo, cansada de ser tratada como una niña. Se enderezó, tratando de ganar la poca altura que podía frente a él. Sus ojos azules desafiaron a los café de él.
—Soy tu esposa, Alaric. No una prisionera. Y si este es nuestro matrimonio, entonces cumple con tu parte.
Él arqueó una ceja, su expresión se volvió aún más sombría.
—¿Tu parte? —se burló él, con una sonrisa fría que no llegó a sus ojos.
—Sí —dijo ella, llevando una mano temblorosa al cordaje de su vestido azul—. Soy una mujer. Y esta es nuestra noche de bodas. Si quieres obediencia, toma lo que te pertenece.
Isolde empezó a deshacer el primer nudo de su vestido, dejando que la seda cayera un poco, revelando la curva blanca de su hombro y el inicio de su pecho joven y firme. Su respiración era agitada, sus mejillas estaban encendidas por el desafío y la vergüenza.
Alaric se quedó inmóvil. Sus ojos bajaron por el cuello de ella, por su piel de porcelana, y por un segundo, Isolde vio una chispa de algo abrasador en su mirada. Vio cómo sus manos grandes se cerraban en puños a sus costados, como si estuviera luchando contra un impulso violento.
Dio un paso hacia ella, tan cerca que Isolde pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo gigante. Levantó una mano y, por un momento, ella pensó que la golpearía o que la tomaría allí mismo con la brutalidad que todos le atribuían.
Pero en lugar de eso, sus dedos rozaron con una delicadeza inesperada la mejilla de ella, justo antes de que su mano se cerrara nuevamente con fuerza.
—¿Una mujer? —se rió él, una risa amarga y seca que cortó el aire—. No eres más que una niña jugando a ser reina, Isolde. Tienes diecisiete años y el cuerpo de una muñeca.
—¡Tengo la edad suficiente para ser tu esposa! —gritó ella, herida por su burla.
Alaric la agarró de los hombros, sujetándola con una fuerza que la hizo jadear. Sus ojos estaban a centímetros de los de ella.
—Escúchame bien —le susurró, y su voz era como acero rozando piedra—. No voy a tocarte. No hoy, ni mañana, ni hasta que dejes de oler a inocencia y miedo. No me casé por placer, Isolde. Me casé por política. Quédate con tus vestidos hermosos y tus sueños de romance.
La soltó tan bruscamente que ella cayó sentada sobre el borde de la cama.
—Duerme —ordenó él, dándose la vuelta y caminando hacia la puerta que conectaba con su despacho personal—. Y da gracias de que soy un hombre con más paciencia de la que mereces.
Se encerró en su despacho, dejando a Isolde sola en la inmensa habitación.
Ella se quedó allí, temblando, con el vestido medio deshecho y las lágrimas ardiendo en sus ojos azules. Se miró el brazo; las marcas de los dedos de Alaric empezaban a tornarse de un color violáceo sobre su piel blanca.
Al otro lado de la puerta, Alaric se apoyó contra la madera pesada. Cerró los ojos y soltó un suspiro largo, su pecho masivo subiendo y bajando con fuerza. Miró sus propias manos, las mismas que habían sujetado a Isolde con tanta rudeza, y una expresión de profundo arrepentimiento cruzó su rostro de malo. Se odiaba por haber sido tan brusco, por haber visto el miedo en esos ojos color cielo. Pero sabía que era la única forma de mantenerla a salvo de él... y de lo que estaba por venir en Aethelgard.