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Destinado A Las Cenizas

Destinado A Las Cenizas

Status: En proceso
Genre:Romance / Aventura / Héroes
Popularitas:123
Nilai: 5
nombre de autor: Nickto

Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?

NovelToon tiene autorización de Nickto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Los juegos de la libertad

Entramos al palacio, desde sus grandes ventanales podíamos ver toda la ciudad.

Las calles se iluminaron de antorchas y festejo alrededor de fogatas en toda

la metrópolis, la gente festejaba que finalmente la ciudad había vuelto a ser

libre.

Los estandartes gálatas empezaban a ser reemplazados con los antiguos de la

ciudad y la familia real.

Mientras los demás iban a descansar me quedé con Stelios mirando todo aquel

festejo varios segundos sin decir nada, solo observábamos.

Finalmente me indicó con un gesto que lo acompañara al balcón con una gran vista

de la ciudad.

—Tu padre estaría orgulloso— me dijo.

Sonreí y seguí mirando el festejo de la gente, que cada vez eran más llenando las calles de música, bebida y baile.

Habíamos ganado.

Pero no pude evitar pensar en todos los que habían muerto para que este momento fuera posible: el rey Trídates, Espios, los otros líderes de las polis y mi tío Philos.

También en las últimas palabras de Grocker, quien consumido por el odio y el dolor de perder a su hermano solo quería vengarlo, aunque haya sido un malentendido, creo que cualquiera de nosotros hubiera hecho lo mismo.

Kállos se acercó a donde estábamos.

—Lo hemos conseguido.

Asentí.

—Sí.

Confundida por mi expresión pensativa:

—¿No estás feliz?

Miré las calles nuevamente.

—Sí, pero aún algo pesa en mi cabeza.

Mi rostro empezó a entristecerse.

—Solo me gustaría que Espios, mi padre o mi tío estuvieran aquí para verlo.

Ella no respondió, solo permaneció a mi lado incluso cuando el rey ya había entrado para descansar y agradecer a

los demás todo el sacrificio que hicieron.

El amanecer comenzaba a iluminar el horizonte, los primeros rayos de luz cayeron sobre las murallas de Apameia;

después de más de un año la ciudad volvía a ver un nuevo amanecer siendo libre.

Los hombres que habían combatido y festejado se encontraban ebrios tras tomar, durmiendo donde quedaban, algunos

apoyados contra paredes, otros en las plazas dentro de la ciudad y muchos simplemente se habían dejado caer alrededor de las fogatas.

Pero mientras el cansancio y alcohol dominaba a los soldados, los ciudadanos comenzaban a recuperar algo que durante demasiado tiempo les había sido arrebatado.

La alegría.

Los niños corrían por las calles mientras que sus padres les ofrecían mantas, comida o vino a quienes los habían salvado; algunos lloraban de felicidad, muchos reían y agradecían a los hombres de ambas naciones por haber arriesgado sus vidas.

Cuando desperté me reuní con los demás en el comedor del palacio; Melos estaba junto a Gurta y Lion, los tres discutían entre risas y bebidas sobre algo acompañados por un grupo de soldados y el príncipe Ogisis.

El rey se levantó de su asiento y nos llamó.

—Reúnanse, vamos a hacer un brindis antes de comer.

Todos alzamos nuestras copas.

—Por los que dejaron todo por que llegara este día y los que defendemos hasta nuestro último aliento.

Las copas chocaron.

Ese día todo había vuelto a la normalidad en la capital, el territorio y su gente; la ciudad continuaba mostrando las heridas de la guerra.

Algunas casas fueron destruidas y locales saqueados por los bárbaros. Pero su población decidió celebrar.

Al siguiente día el rey Stelios ordenó un gran festejo para conmemorar la liberación de la región.

Había comida por todas partes, grandes mesas fueron colocadas en las plazas. Había carne asada, pan, frutas, quesos y grandes recipientes de

cerveza y vino.

Los soldados de Wilders compartían mesas con los soldados de rodenos, nómadas y señores de la guerra.

Por primera vez en un buen tiempo podían hablar y compartir sin tener que pensar en una batalla.

Yo me encontraba disfrutando junto a Kállos y los demás.

—Nunca había visto tanta comida— comentó ella mientras miraba la enorme cantidad sobre la mesa.

—Después de lo que hemos vivido, creo que Stelios intenta asegurarse de que nadie vuelva a pasar hambre durante un buen tiempo.

Kállos tomó un trozo de carne.

Enfrente a nosotros Gurta devoraba como si llevara semanas sin comer.

—¡Más!— gritó.

Uno de los cocineros lo miró sorprendido.

—¿Más?

—¡Sí! ¡Eso era solo el aperitivo!

Melos empezó a reír.

—Algún día vas a explotar.

Gurta lo señaló con un hueso que tenía en la mano.

—Ese día todavía está lejos.

Lion soltó una carcajada y la mesa entera comenzó a reír.

Era extraño, habíamos pasado tanto tiempo rodeados de muerte que aquella tranquilidad parecía pertenecer a otra vida.

Entonces escuchamos unas trompetas sonar, todos nos levantamos a mirar.

Los soldados comenzaron a apartarse mientras un grupo de jinetes entraba en la plaza; reconocí inmediatamente los colores de la familia real.

Griseia había regresado.

Nos quedamos mirando durante unos segundos antes de volver a lo que estaban haciendo.

La princesa desmontó y comenzó a caminar hacia nosotros.

—Melon.

—Princesa.

Griseia sonrió.

—Parece que llegué justo a tiempo para los festejos.

—Así parece— le dije devolviéndole la sonrisa.

Ella miró alrededor.

—He oído que mi hermano organizó unos juegos.

—Así es— respondi.

Gurta, que seguía comiendo frente a nosotros:

—Pienso ganarlos.

La princesa levantó una ceja.

—¿Tú?

Melos negó con la cabeza.

—No deberías confiarte tanto.

Gurta sonrió confiado.

—Entonces participa y compruébalo.

Mi hermano se levantó.

—Acepto.

La multitud comenzó a animarse.

Y ahí comprendí que aquellos juegos no serían una simple celebración sino también una dura competición.

La zona de los combates fue construida rápidamente en una de las plazas más grandes de Apameia; no serían

luchas a muerte, Stelios había sido claro.

Los duelos terminarían cuando uno de los participantes no pudiera continuar o se rindiera.

Había guerreros de los ejércitos, rodenos, palfidios, apameios, de las polis de la coalición, nómadas, soldados de

Gurta e incluso algunos gálatas y mercenarios.

Todos querían demostrar su habilidad además del premio.

Los participantes iban pasando; los más fuertes y hábiles seguían avanzando.

Hasta que anunciaron mi nombre, sentí cómo varias miradas se clavaban en mi.

—Melon de la coalición.

Respiré profundamente.

Kállos me miró.

—Buena suerte.

Pasé al centro rodeado de espectadores y participantes que miraban los combates.

Mi primer oponente fue un guerrero que parecía mucho más experimentado que yo.

Su primer ataque casi me derriba, logré bloquearlo pero sentí cómo mi brazo tembló.

Era fuerte.

Retrocedí para divisar por dónde atacarlo.

Se volvió a lanzar sobre mí, esta vez esquivé, seguía buscando ese punto débil.

Hasta que en un movimiento horizontal de su brazo lo noté; me moví de costado evadiendo el golpe

entonces impacté un fuerte golpe en el costado derecho del torso y luego una patada en la parte posterior

de su pierna, el hombre cayó de rodillas y antes de que pudiera reaccionar puse mi espada de madera en su cuello.

—Me rindo— dijo.

La multitud gritó.

Había ganado, no fue elegante, pero lo conseguí.

Cuando salí de la arena Kállos me miraba.

—No estuvo mal, casi te parte la cara, pero te fue bien.

—Gracias— le dije con una expresión un poco desanimada.

Ella sonrió.

—De nada.

Kállos también avanzó.

Su combate fue más impresionante; era rápida y ágil en un balance casi perfecto, también influyó que su rival, un

imponente soldado mercenario, se confió del aspecto de ella y subestimó sus habilidades; en cuestión de segundos se

encontraba en el suelo inconsciente.

El público aplaudió sorprendido por la fuerza y habilidad de la bella joven.

Los combates se siguieron dando todo el día hasta que yo caí con Gurta y ella contra Melos.

Kállos salió de la arena algo decepcionada.

Me acerqué.

—Lo hiciste bien.

Ella me miró.

—Perdí.

—Yo también antes que tú.

—¿Eso se supone que debe hacerme sentir mejor?

Miré levemente el suelo.

—Intento ayudar.

Finalmente rió.

—Eres terrible consolando.

—Lo sé.

Ninguno de los dos estaba realmente molesto ni decepcionado; esos juegos solo eran el comienzo, todavía teníamos mucho que aprender, no éramos los mejores pero algún día estaríamos al nivel de los mejores de todos los tiempos.

Melos llegó hasta la final sin demasiados problemas y Gurta parecía disfrutarlo demasiado. Cada uno de sus combates acababan con relativa facilidad; un oponente entraba, Gurta lo destrozaba.

—¡SIGUIENTE!

La multitud comenzaba a corear su nombre.

—¡GURTA! ¡GURTA! ¡GURTA!.

Observábamos con mi hermano desde un costado de la arena.

—Está disfrutando mucho esto.

—Mucho— respondimos.

Finalmente llegaba la final.

Gurta contra Melos.

La multitud enloqueció.

Ambos se encontraron en el centro de la arena.

Gurta levantó sobre su hombro lo que parecía un tronco de un metro.

Mientras que Melos sostenía su espada de madera con ambas manos.

Stelios observaba desde una plataforma junto a Griseia y Ogisis.

—¿Quién creen que va a ganar?

Griseia miró a la arena.

—Mi apuesta va con Melos.

El rey sonrió.

—¿Y tú?

Ogisis miró a Gurta.

—Con el gigante.

Stelios levantó la mano.

—Entonces veamos quién tiene razón.

La bajó.

—¡COMIENCEN!

Gurta atacó primero, golpeando con brutalidad.

Melos apenas consiguió bloquearlo, retrocedió varios pasos.

El corpulento guerrero se volvió a lanzar sobre él.

Mi hermano esquivaba sus ataques una, otra y otra vez.

—¡Vamos!— rugió Gurta.

Melos esperó y entonces atacó, su espada golpeó a Gurta.

La gente gritaba de emoción al ver el combate entre ambos.

El gran señor de la guerra por primera vez en mucho tiempo retrocedía.

—Buenos golpes.

Mi hermano no respondió, volvió a atacarlo.

Gurta bloqueó y ambos chocaron espadas.

Cada impacto resonaba en toda la plaza, era una batalla completamente diferente a las anteriores.

Ambos luchaban como si estuvieran en un campo de batalla; Gurta logra derribarlo pero Melos se pone

de pie rápidamente.

El público no paraba de emocionarse.

Gurta sonrió.

—¿Ya estás en tu límite?

Melos lo miró.

—Todavía no.

Una mueca de emoción apareció en la cara de aquel guerrero que amaba el combate.

—Eso quería escuchar.

Volvieron a enfrentarse.

Mi hermano atacaba la parte inferior de Gurta intentando derribarlo.

El gigante cae de rodillas, Gurta suelta una carcajada.

—¡Ahora sí!

Mientras se levanta tira una sucesión de ataques con una rapidez que no esperábamos.

Una, dos, tres, cuatro... Melos bloqueaba todos los golpes que le llovían.

El quinto lo hizo perder el equilibrio y en un giro rápido Gurta golpea su espada, que sale

volando.

Silencio.

Gurta se coloca frente a él apuntando a su pecho.

—¿Te rindes?

Melos respira profundo y luego sonríe.

—Sí.

La plaza explota en vitoreos.

El gigante implacable levanta los brazos.

—¡HE GANADO!

Incluso Melos comienza a reír.

Stelios se levantó.

—¡Gurta es el campeón de los juegos!

Gurta recibe la espada ceremonial que se había fabricado como premio para el evento y su cofrecito con oro.

La levanta la imponente espada a la vista de todos.

—¡ESTO ES POR TODOS LOS QUE PELEARON POR APAMEIA!

La multitud respondió con un rugido.

Más tarde, la celebración continuó hasta entrada la noche, había música por todas partes la gente bailaba, los soldados bebían, incluso los bárbaros se habían unido a los festejos.

Yo estaba sentado cerca de una fogata cuando Griseia se acercó.

—¿No vas a bailar?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no sé hacerlo.

Ella sonrió.

—Eso nunca te detuvo para otras cosas.

—En otras cosas puedo fingir que sé lo que hago.

Griseia soltó una pequeña risa.

Kállos, que estaba sentada del otro lado del fuego, observó la escena; su expresión cambió ligeramente.

Pero no dijo nada.

Griseia lo notó.

Durante los siguientes minutos, la princesa habló conmigo sobre la batalla, la ciudad y sobre todo lo ocurrido durante estos últimos días.

Kállos terminó alejándose.

Griseia la observó marcharse.

Después volvió a mirarme.

—¿Pasa algo con ella?.

—¿Con Kállos?— pregunté.

—Sí.

—No lo sé.

La princesa guardó silencio.

Parecía querer decir algo, pero finalmente cambió de tema.

Sin embargo aquella noche había algo diferente en su mirada, algo que ella misma todavía no parecía comprender.

Al día siguiente, Stelios convocó a los líderes.

La celebración había terminado, era momento de hablar del futuro.

Estábamos reunidos en la sala del trono en el palacio cuando las puertas se abrieron.

Un guardia entró.

—Señor.

Stelios lo miró.

—¿Qué pasa?

—Ha llegado una delegación, su majestad.

—¿De quién?

El soldado dudó.

—De los gálatas.

La sala quedó en silencio; Melos se puso serio, Gurta inmediatamente llevó su mano hacia el hacha que descansaba a su lado.

—¿Cuántos?— preguntó el rey.

—Una pequeña delegación. No parecen venir a luchar, su señor.

Stelios permaneció pensativo.

—¿Quién los dirige?

—Una mujer, majestad.

El rey levantó la ceja.

—Que entre.

Las puertas se abrieron.

Una mujer entró acompañada por doce guerreros.

Vestía ropas de noble y sus hombres no llevaban armas.

—Rey Stelios.

—Embajadora.

Ella levantó la mirada.

—Vengo en representación de varios caudillos gálatas para un acuerdo de paz y el cuerpo de mi hermano.

Nadie dijo nada.

—Después de la muerte de Grocker, muchos de nuestros líderes temen lo que ocurrirá ahora.

Gurta soltó una risa amarga.

—Después de todo lo que hicieron, deberían tener miedo.

La embajadora no retrocedió.

—Los soldados que huyeron luego de la muerte de mi hermano contaron lo que sucedió. Sabemos de la destrucción,

las emboscadas y derramamiento de sangre que ocurrió.

Miró a Stelios.

—Pero sabemos que no todos los gálatas estuvimos de acuerdo con él; muchos solo veníamos buscando un lugar donde

rehacer nuestras vidas en paz.

Stelios permaneció serio.

—¿Y qué quieren?

La mujer respiró hondo.

—Un acuerdo que garantice la paz entre ambos pueblos; algunos caudillos están dispuestos a compensar por lo sucedido

y formar un pacto que ayude a la región ante posibles enemigos más poderosos. Además del cuerpo de mi hermano para

que pueda ser despedido por nuestro pueblo.

Stelios se levantó y caminó lentamente hacia ella.

—Yo no planeo conquistarlos, ni esclavizarlos.

La embajadora parecía sorprendida.

—¿No?

El rey la miró con compasión.

—No.

Y luego nos miró a nosotros.

—Luchamos para proteger a nuestra gente, aliados y territorio, no para esclavizar o aniquilar otras poblaciones.

La mujer bajó la cabeza.

—Entonces...

Stelios volvió a mirarla a ella.

—Si los caudillos gálatas están dispuestos a no volver a atacar Wilders ni a sus aliados, entonces habrá un acuerdo

y podrás llevarte a tu hermano.

La embajadora permaneció en silencio un segundo.

Entre lágrimas y una pequeña sonrisa miró al rey.

—Eso es exactamente lo que venimos a buscar, su majestad.

Stelios extendió su mano.

—Entonces podemos empezar a construir una buena amistad.

La embajadora estrechó su mano.

Por primera vez desde que había comenzado la guerra, no había armas de por medio, solo un acuerdo.

Mientras la embajadora gálata abandonaba la sala, comprendí que nuestra historia estaba lejos de terminar; la guerra finalizó pero allá afuera quedaban enemigos, aliados y situaciones que aún faltaban por conocer.

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