El frío del acero en mi garganta no dolía tanto como la mirada de mi propio hijo.
Frente a mí, con la túnica imperial empapada en sangre fresca y la espada goteando sobre el mármol, Cassian ya no era el niño de mirada dulce que alguna vez buscó mi mano. A sus veinte años, se había convertido en la bestia implacable que yo misma forjé a fuerza de golpes, exigencias y castigos.
—¿Es esto lo que querías, madre? —me preguntó, con una sonrisa rota que no alcanzaba sus ojos muertos—. ¿Estás feliz ahora? Míralo tú misma... soy el nuevo Emperador. Asesiné a mis hermanos como me ordenaste. Acabé con el duque que torturó a Rosalind hasta arrojarla al vacío desde el balcón norte. Ya no queda nadie en el trono, solo yo. Dime... ¿por fin estás orgullosa de mí?
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Capítulo 24: Un solo refugio
El trigésimo día amaneció con el cielo completamente limpio tras semanas de lloviznas insistentes. Al sonar las doce campanadas de bronce desde la torre del reloj, el destacamento de guardias dorados envainó sus armas y abandonó formalmente los accesos del Palacio Solar.
El mes de arresto domiciliario del Primer Príncipe había concluido.
Varios cortesanos y chambelanes oportunistas aguardaban en los pasillos exteriores con cartas de salutación y lisonjas preparadas para congraciarse con el primogénito. Pero Cedric ni siquiera los miró.
Con las botas de montar aún crujiendo sobre la grava y su casaca azul oscura abotonada hasta el cuello, cruzó a zancadas los senderos de cipreses sin permitir que nadie lo entretuviera. No fue a rendir pleitesía al despacho imperial de su padre ni a buscar la adulación de los ministros; su único destino era el cenador de glicinas del Palacio Zafiro.
—¡Hermano Cedric!
El grito de Cassian quebró la paz de la tarde. El pequeño de diez años soltó de golpe el compás de dibujo sobre la mesa y corrió por la hierba con los brazos extendidos, sin importarle en absoluto las normas de compostura palaciega.
Cedric dobló una rodilla sobre el césped justo a tiempo para amortiguar el impacto. Envolvió a Cassian en un abrazo firme, levantándolo unos palmos del suelo mientras el niño enterraba la cara en su cuello con un suspiro tembloroso de felicidad pura.
—Mírate... estás entero —dijo Cedric, dejándolo caer despacio sobre la hierba y pasándole una mano cariñosa por los cabellos castaños—. ¿Comiste bien este mes?
¿Esos centinelas dorados te asustaron en los patios?
—¡Comí muy bien, hermano! —respondió Cassian con una sonrisa luminosa que le iluminó los ojos amatista—.
Madre nos preparó postres, leímos juntos junto al fuego y nos cuidó todos los días. ¡Ya casi no tengo miedo al cerrar los ojos!
«Durante años pensé que el hermano Cedric me despreciaba porque madre siempre me obligaba a mirarlo como a un enemigo», pensó Cassian, aferrándose a la manga azul del mayor. «Pero él recibió golpes por nosotros. De verdad es mi hermano».
Rosalind se acercó con paso pausado, sosteniendo un cuaderno encuadernado en cuero donde anotaba sus cuentas. En su rostro, habitualmente protegido por una máscara de frialdad y desconfianza precoz, se dibujaba una serenidad genuina.
Se detuvo frente al príncipe y le extendió ambas manos con las palmas hacia arriba.
—Míralas, Cedric. Ya no queda rastro de la grava de aquel día —le dijo la niña en tono suave—. Las pomadas de la abuela y los cuidados de madre borraron todo. Gracias por intervenir en el patio... Sé el precio que pagaste por defendernos.
Cedric tomó las manitas de Rosalind entre las suyas con una delicadeza conmovedora. Examinó la piel limpia de cicatrices y soltó una bocanada de aire, como si una losa invisible se le quitara de los hombros.
—Era lo mínimo que debía hacer, Rosalind —respondió con voz grave y sincera—. Soy su hermano mayor. Si no soy capaz de proteger a mis hermanos de las humillaciones de un cobarde, no tengo derecho alguno a aspirar a una corona. Lo haría una y mil veces más.
A unos pasos de distancia, Eleanor y yo contemplábamos la escena bajo la sombra fresca de la pérgola de madera labrada.
Sobre la mesa redonda descansaba una tetera de plata humeante, tazas de porcelana fina y platos con pasteles de almendra y moras silvestres recién horneados por Marta.
Miré a Cedric con una emoción que me apretó la garganta. En el labio del muchacho quedaba una delgada línea rosada donde Gilbert lo había cortado, pero en su porte ya no había nada de un colegial asustadizo. Se le veía el temple solemne de un futuro soberano con un corazón noble y protector.
«En mi vida anterior pasé trece años envenenándole el alma a Cassian para que odiara a este muchacho»,
Pensé con una punzada amarga de remordimiento que me nubló la vista por un segundo. «Odié a Cedric solo por ser el hijo de la Emperatriz... y hoy él sangra para que mis hijos vivan. Los dioses me han dado el regalo más inmerecido al permitirme corregir esta locura».
Cedric caminó hacia nuestra mesa, cuadró los hombros con marcial elegancia y se inclinó ante mí en una reverencia impecable:
—Noble Consorte Valeria. Me llena de alegría verla en paz y con buena salud después de estas semanas de encierro forzado.
—El honor y la gratitud son enteramente míos, Cedric —le respondí, sosteniéndole la mirada con un calor maternal que no escondía reservas—.
Asumiste un mes de castigo injusto y las reprimendas públicas de la corte por evitar que lastimaran a Rosalind y a Cassian.
En este palacio jamás olvidaremos lo que hiciste en la arena.
Siéntate, por favor; este té lo hicimos pensando en tu regreso.
Eleanor sirvió una taza con aroma a bergamota y se la extendió a su hijo, dedicándole una mirada severa que no lograba ocultar el orgullo infinito de una madre.
—Tu padre no tardará en convocarte al salón de audiencias para comprobar si el encierro aplacó tu carácter —le advirtió la Emperatriz con su tono aristocrático inalterable—.
Ya sabes cómo funciona la mente de Kaelen: buscará cualquier titubeo o amargura en tu voz para recordarte que tu primogenitura depende de su voluntad. Mantén la espalda recta y no le regales una sola emoción.
—Lo sé de sobra, madre —asintió Cedric, dando un sorbo al té caliente—. Mientras estuve aislado en mis aposentos, las noticias no dejaron de llegar. Dicen que el palacio central ha sido un hervidero insoportable este último mes.
Eleanor dejó escapar una sonrisa lánguida y afilada, cargada de un desdén exquisito.
—Hervidero se queda corto —dijo la Emperatriz—.
Kaelen creyó que trayendo a la pequeña Marianne de Belmonte y sus cofres de plata calmaría las aguas, pero solo desató una jaula de fieras hambrientas.
Marianne mandó a quemar los presentes de Livia frente a los escribas, y Livia se encargó de esparcir el rumor de que las minas de Belmonte están infestadas de rebeldes.
—¿Y Theresa? —preguntó Rosalind, sentándose a mi lado con la agudeza que la caracterizaba—. No me creo que la madre de Gilbert se haya quedado de brazos cruzados.
—Theresa está al borde del colapso —intervine yo, acomodándole a Cassian una servilleta sobre el regazo mientras el niño mordisqueaba un pastelillo—.
Su hijo pasó el mes con la mandíbula inmovilizada bebiendo caldos por una pajilla de plata. Cada vez que Theresa se cruza con Marianne en las galerías, amenaza con retirar las escoltas del sur.
Kaelen no tiene un solo minuto de paz entre las tres; me dicen los sirvientes que duerme apenas tres horas por noche atendiendo reclamos de alcoba y disputas de joyas.
Cedric soltó una carcajada limpia que contagió de inmediato a Cassian y a Rosalind.
Era una estampa insólita en la historia de Carlisle: la Emperatriz legítima y la Noble Consorte compartiendo una mesa en armonía fraternal, mientras sus tres hijos bromeaban y reían como si compartieran la misma sangre.
«Que afuera el palacio arda en mil pedazos por las joyas y el favor de un hombre vacío», pensé, respirando el aroma dulce de las glicinas y contemplando la risa de mis pequeños. «Kaelen creyó castigarnos al encerrarnos y dejarnos fuera de sus fiestas pomposas.
No se da cuenta de que nos regaló el mayor tesoro: el tiempo para tejer una lealtad indestructible».
Eleanor alzó su taza de porcelana, mirándome fijamente por encima del borde dorado con una solemnidad inquebrantable.
—Las tres consortes menores seguirán despellejándose vivas por la atención del Emperador, Valeria —sentenció Eleanor en voz baja pero con peso de juramento—. Dejémoslas que se consuman solas. El Palacio Solar y el Palacio Zafiro son a partir de hoy una sola fortaleza inexpugnable.
—Una sola fortaleza —asentí, chocando suavemente mi taza contra la suya bajo la mirada atenta y madura de Cedric.
Cassian tomó la mano de su hermano mayor por un lado y se recostó contra mi hombro por el otro. Por fin, después de tantas batallas libradas en la penumbra de la corte, el miedo a la soledad se había disipado.
La orden imperial que amenazaba el destino de Cassian a los quince años seguía vigente en los archivos del Consejo, como una sombra lejana. Pero ahora teníamos cinco años por delante, un hermano mayor dispuesto a blandir su espada por nosotros y dos palacios unidos que jamás volverían a ceder un solo milímetro ante la tiranía de Kaelen.
por fin es libre y Kaelen por fin murio
se la mujer libre que yo no puedo ser 😭😭😭
jajaja como dicen muerto el perro se acabó la rabia 🤭
y tómala maldito emperador por fin Cassian puede ser libre