Durante dos años, Arabella lo dio todo por el hombre al que amaba: su jefe, el frío y poderoso heredero del Grupo Altamira. Creyó en cada beso a escondidas, en cada promesa susurrada dentro del ascensor. Hasta la mañana en que otra mujer abrió la puerta del apartamento de él... y lo llamó "cariño".
Traicionada y con un secreto latiéndole en el vientre, Arabella desaparece sin dejar rastro. No habrá aborto, no habrá súplicas, no habrá una segunda humillación: se marcha para reconstruirse lejos, dispuesta a criar sola a su bebé.
Cinco años después regresa convertida en otra mujer: una diseñadora exitosa, dueña de sí misma y de una niña de sonrisa idéntica a la del hombre que la abandonó. Pero la capital es pequeña para dos corazones rotos, y Mateo —arrepentido, obsesionado, decidido a recuperar lo que perdió— está a punto de descubrir que la mujer a la que dejó ir nunca estuvo sola.
Él quiere una segunda oportunidad. Ella quiere justicia. Y entre los dos hay una niña que no piensa compartir a su papá con nadie.
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Segura de su decisión
Cada mañana Arabella tenía que soportar las náuseas y los vómitos que la martirizaban. Se lavó la cara; tenía los ojos enrojecidos y los labios algo pálidos.
Al salir del baño se dejó caer un momento en la cama. Los ojos se le fueron recorriendo cada rincón de la habitación y, con ellos, los recuerdos: cómo se habían entregado el uno al otro con ardor, buscándose una y otra vez hasta saciarse mutuamente. Ella, que ni siquiera tenía experiencia ni sabía nada de esas cosas, con el tiempo que pasó junto a Mateo había aprendido de todo. La mirada de Arabella se detuvo en el balcón del apartamento; hasta allí lo habían hecho, y allí mismo Mateo le había dicho que la amaba.
Aah, cariño, uhh...
Mateo disfrutaba de aquel juego en el que él llevaba las riendas.
¡Ah, Mateo...!
La voz de Arabella se había quebrado en un gemido agudo, el cuerpo temblándole entero cuando ambos alcanzaron juntos el placer, ese calor compartido que dejaba una satisfacción indescriptible.
Te amo, Ara.
Arabella se enjugó la humedad de los ojos. Al parecer, todo había ocurrido por pura necesidad; la prueba era que aquellas palabras de amor ahora no valían nada. Mateo solo había mentido.
Ya más tranquila, se preparó para ir a la oficina. Hacía más de una semana que él no volvía al apartamento: ni desayunos juntos, ni cenas, ni idas y vueltas compartidas. Arabella ya había tomado una decisión: no podía seguir así por más tiempo.
Al llegar a la oficina se puso a esperar el ascensor de los empleados, de pie entre los demás que hacían fila.
Un tono. Le entró un mensaje al móvil. Arabella lo leyó: era de Mateo.
Pásate al ascensor de al lado.
Un mensaje breve. Arabella miró hacia un costado y allí estaba él, observándola.
Con la determinación intacta, decidió ignorarlo y entró en el ascensor con el resto de los empleados. Mateo tuvo que tragarse la rabia al verla hacerlo.
—Bella, qué raro que hoy no subas en el ascensor del director —le preguntó una compañera con la que solía trabajar.
—Solo quería sentir esto una última vez —respondió con una sonrisa apenas dibujada.
—¿Por qué? ¿Te vas a algún lado? —insistió Vero, escrutándola con la mirada.
—A ningún lado. Es que me aburre cruzarme con el jefe a cada rato —contestó con una risita.
Vero puso los ojos en blanco.
—Cualquier otra daría lo que fuera por verlo todos los días, y tú aburrida. Tienes suerte, Bella, deleitándote la vista a diario. —Y soltó una risa.
Arabella solo sonrió. Para ella también había sido así. Pero ahora todo era distinto.
Se sentó en su escritorio y empezó con sus tareas como siempre, hasta que una voz la hizo levantar la vista.
—Buenos días, Bella. —La saludaba una mujer que, pese a rozar los cincuenta, conservaba un rostro hermoso.
Arabella la miró y sonrió.
—Buenos días, señora —respondió con amabilidad.
Su mirada se desvió hacia un lado, donde había otra mujer bella, sonriente.
—Hola, todavía no nos conocemos. —Karina le tendió la mano.
—Arabella, señorita. Pero puede llamarme Bella —dijo ella, estrechándosela.
—Yo soy Karina, la prometida y futura esposa de Mateo —se presentó.
Arabella esbozó una sonrisa agria. Aquella mujer parecía querer recordarle que Mateo le pertenecía y que ella no tenía ningún derecho sobre él.
—¿Mateo tiene la agenda muy ocupada hoy? —preguntó Delia, la madre de Mateo.
Arabella revisó los compromisos del día y les informó a las dos mujeres, que enseguida entraron al despacho de Mateo tras darle las gracias.
Arabella cerró los ojos y soltó un suspiro pesado. En ese instante se rindió por completo.
—Ojalá esta sea la decisión correcta —murmuró, convencida.
Se levantó de la silla y se encaminó hacia cierto lugar. Ya estaba segura de lo que iba a hacer.
y pones en aprietos a tu madre ..
Y eso te divierte, porque tú ya conoces a tu Padre🥰🤭