Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.
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capitulo 10
La tormenta que rondaba las colinas de Blackwood estalló al caer la noche. Rachas de viento helado azotaban los ventanales de piedra y el trueno retumbaba en las vigas del techo como el rugido de un ejército marchando en la oscuridad.
A las nueve de la noche, un relámpago cegador iluminó el horizonte y, de golpe, las pocas luces de la mansión se apagaron por completo, sumiendo la fortaleza en una penumbra absoluta y sofocante.
En la tercera planta, Amelia acababa de acomodar a Mateo en la cama. El niño, asustado por los truenos, se acurrucó bajo las cobijas hasta quedar dormido, aferrado a una pequeña manta. Amelia se aseguró de que el cerrojo del cuarto estuviera bien puesto y tomó un quinqué de aceite para iluminar su camino hacia la cocina a buscar agua.
Sin embargo, al llegar al descansillo del segundo piso, un estruendo brutal sacudió el piso de madera.
No era el choque de una puerta por el viento. Era el sonido de muebles de roble siendo destrozados contra las paredes y el chasquido sordo de piedra fracturándose. Acompañando al caos, un rugido cavernoso, inhumano y cargado de una agonía espantosa vibró a través de los muros del ala oeste.
Amelia se congeló en el acto. El pulso se le disparó en la garganta. Reconoció ese rugido de inmediato: era Lian.
El instinto le ordenaba volver a la seguridad de la tercera planta con el niño. Pero los gritos ahogados del Alfa, mezclados con el sonido de su propia carne sufriendo, activaron de inmediato la vocación médica de Amelia. Corrió por el pasillo a oscuras, guiándose solo por la tenue llama del quinqué y el rastro de destrucción que aumentaba a medida que se acercaba al estudio privado.
La puerta de la oficina del Alfa estaba desquiciada, colgando de una sola bisagra de hierro.
Amelia asomó la luz por el umbral y contuvo el aliento ante la escena. El amplio estudio era un montón de escombros: la pesada mesa de caoba estaba partida en dos, los estantes de libros yacían derribados y el cristal del gran ventanal central estaba agrietado de lado a lado.
En el centro del salón, sobre sus rodillas y con los puños clavados en el suelo de madera, estaba Lian.
El Alfa tenía el torso desnudo, bañado en un sudor copioso y febril. Su espalda colosal se contraía con espasmos violentos mientras las venas violáceas y negruzcas de su rostro no solo rodeaban sus órbitas oculares, sino que se extendían como raíces venenosas por su cuello, pecho y hombros.
El veneno de acónito negro estaba sufriendo un rebrote violento debido a la presión atmosférica de la tormenta, atacando directamente su sistema nervioso central y desatando una migraña tan devastadora que amenazaba con hacer colapsar el corazón de su lobo interior.
Lian rugió de nuevo, un sonido desgarrador de rabia y dolor puro, y estrelló su puño contra el piso, haciendo crujir los tablones.
—¡Fuera! —bramó el Alfa, sin alzarse, sintiendo la presencia de alguien en la entrada—. ¡Apártate de mí... antes de que te descuartice!
Su voz ya no tenía nada de humana. Los colmillos se le habían alargado, rozándole el labio inferior, y las garras de sus manos permanecían clavadas en la madera, dejando surcos profundos de sangre y astillas.
Amelia no retrocedió. Apoyó el quinqué sobre un escombro seguro junto a la puerta y avanzó con paso lento pero firme hacia la bestia acorralada.
—Señor Lian... es Amelia —dijo con voz suave, rítmica y pausada, bajando la intensidad del tono para no lastimar los oídos hiperactivos del hombre.
—¡Vete! —siseó él, sacudiendo la cabeza con desesperación. Las venas de sus sienes latían a punto de reventar y la ceja le sangraba por las heridas que él mismo se había infligido al golpear las paredes para sofocar el dolor de su cabeza—. ¡Mi lobo está descontrolado! No distingo quién eres... ¡voy a matarte!
Amelia ignoró la advertencia. Se arrodilló a su lado, directamente sobre las astillas de madera y los cristales rotos, sin importar que las puntas le atravesaran la tela de los pantalones. El calor que emanaba de la piel de Lian era infernal, como estar junto a una caldera a punto de estallar.
—No le tengo miedo, Lian —murmuró ella.
Sin dudarlo, Amelia extendió la mano y la posó directamente sobre la mejilla ardiente del Alfa.
Lian soltó un respingo violento. Sus garras se tensaron sobre el suelo, listo para decapitara en un acto de defensa instintiva. Sin embargo, en cuanto la yema de los dedos de la joven rozó su piel hirviendo, la calidez de su contacto y el impacto inmediato de su aroma barrieron la estancia.
La fragancia limpia de Amelia —a lluvia fresca, tierra húmeda y una dulzura sutil y reconfortante— penetró en las fosas nasales del Alfa con la fuerza de un rayo en medio de la tormenta.
El efecto fue instantáneo y brutal. El rugido atronador en la garganta de Lian se cortó en un seco ahogo. Su cuerpo gigantesco se sacudió por completo y el espasmo de la migraña dio una tregua súbita.
La bestia en su interior, desbocada por el sufrimiento, soltó un lamento sumiso y se replegó en un rincón de su mente, aferrándose desesperadamente a esa presencia que le traía paz.
Amelia deslizó su otra mano hacia abajo y tomó la mano derecha del Alfa.
Las garras de Lian eran grandes, duras y estaban manchadas de su propia sangre, pero Amelia no dudó en entrelazar sus pequeños dedos humanos con los de él, apretándolos con una fuerza serena y constante.
—Aquí estoy... no está solo en la oscuridad —susurró ella, acercándose un poco más hasta que su frente casi rozó el hombro desnudó del hombre.
Lian soltó una bocanada de aire caliente y entrecortado. Su mano gigantesca envolvió la de Amelia de forma automática, aferrándose a ella como si fuera el único ancla que lo mantenía unido a la cordura en medio del abismo de su ceguera.
La presión era fuerte, bordeando el límite del dolor para la joven, pero Amelia no se quejó ni intentó liberarse.
Poco a poco, las venas oscuras que devoraban el rostro de Lian comenzaron a atenuarse. La rigidez de sus hombros cedió y la respiración frenética que amenazaba con reventarle el pecho fue ajustándose paulatinamente al ritmo pausado del corazón de Amelia.
El Alfa dejó caer la cabeza hacia adelante, apoyando la frente directamente en el hueco del cuello de la joven, rindiéndose por completo al cansancio y al alivio que ella le proporcionaba.
—¿Por qué no huyes...? —murmuró Lian con una voz rasposa, débil y rota por el esfuerzo, apenas un hilo de sonido en medio del susurro de la lluvia fuera de la mansión—. Todos en esta casa me temen... todos esperan a que caiga para tomar lo mío. ¿Por qué te quedas?
Amelia apretó más fuerte la mano del Alfa y, con la mano libre, comenzó a acariciarle la nuca con suavidad, apartándole el cabello húmedo de la frente.
—Porque debajo de todo este dolor y de esta rabia, sé que hay un hombre que solo intenta proteger a su hijo —respondió ella con absoluta sinceridad, sintiendo cómo el pulso de Lian se calmaba bajo su toque—. Y porque no voy a dejar que se destruya a sí mismo.
Lian cerró sus ojos ciegos en la penumbra. Permanecieron sentados juntos en el suelo de la oficina destruida durante el resto de la noche, rodeados por la oscuridad y el estruendo de la tormenta, unidos únicamente por el calor de sus manos entrelazadas y la certeza silenciosa de que algo peligroso, profundo e irreversible acababa de nacer entre el Alfa y la niñera.