Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.
Hasta que la ve a ella.
Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.
De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.
Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.
¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?
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Capítulo 5
Capítulo 5. Ese dinero es mío
La noticia del fracaso llegó a casa antes que ella.
Cuando Lucía abrió la puerta, ya estaban todos en la sala, dispuestos como un tribunal. Su papá en el sillón, con el control remoto en la mano pero la tele por fin apagada. Doña Rosa en la orilla del sofá. Gerardo de pie. Y Brenda, en el centro, con los ojos rojos de un llanto que a Lucía le pareció demasiado reciente para ser verdadero.
La casa olía a la cena que no le habían guardado. Ese detalle, tan pequeño, se lo dijo todo antes de que abrieran la boca: no era una familia esperando a una hija. Era un jurado esperando a una acusada.
Colgó la bolsa en el gancho de siempre y respiró hondo. Venía cansada, con los pies molidos de caminar para no gastar en el pasaje que le había costado el café de Ubaldo, y lo único que quería era acostarse. En lugar de eso, tenía enfrente un juicio.
—Ay, hasta que llegas —soltó Brenda, y se limpió una lágrima que no existía—. ¿Sabes lo humillada que me siento? Le hablé tan bonito de ti a Ubaldo, y tú vas y lo insultas, lo dejas plantado pagando… ¡me hiciste quedar como una mentirosa!
—Yo no lo dejé plantado. Se fue él. Y me dejó la cuenta.
—¡Porque lo provocaste! —Doña Rosa se llevó la mano al pecho—. Siempre igual. Con lo difícil que está encontrar un buen partido, y tú espantándolos con esa boca. ¿Qué va a decir la gente? "La de los Reyes, tan payasa que nadie la aguanta."
—Yo no dije nada que no fuera cierto —contestó Lucía, cerrando la puerta despacio a su espalda—. El señor quería una sirvienta con útero. Se lo dije con más educación que eso, y aun así se ofendió. No es mi culpa que la verdad le quedara chica.
—¡Mira nada más cómo contesta! —Brenda se giró hacia doña Rosa, buscando aliados—. ¿Ve, suegra? ¿Ve el tono? Así trató al pobre Ubaldo. Con razón se fue.
Lucía las miró a las dos. Suegra y nuera, hombro con hombro, tan parecidas en ese momento que daba escalofrío. Llevaban años siendo enemigas por la cocina, por el gasto, por el control remoto, y sin embargo se unían al instante en cuanto había que apretarla a ella. Era lo único que de verdad las hermanaba.
Gerardo movió la cabeza, decepcionado, como si él fuera el ofendido.
—Una oportunidad así no se desprecia, Lucía. Ubaldo tenía con qué. Nos hubiera ayudado a todos. Con lo que gana ese señor, hasta le arreglábamos el cuarto al niño como Dios manda.
Ahí estaba. Nos hubiera ayudado a todos. No "te hubiera querido". No "te hubiera cuidado". Nos hubiera ayudado. A todos. Como siempre.
Y algo que Lucía llevaba veinticinco años tragándose, callando, doblando en cuatro para que cupiera en el pecho, se le desbordó por fin. No a gritos. Peor. Con una calma que hizo que hasta su papá levantara la vista.
—Se acabó —dijo—. Me voy de esta casa.
Se hizo un silencio de esos que zumban.
—Estoy harta. Harta de ser la que paga, la que cose, la que se calla. Harta de que me quieran vender al mejor postor como si fuera una vaca. Ya conseguí a dónde irme. Me voy.
Nadie dijo nada durante un segundo, y en ese segundo Lucía siguió, porque veinticinco años de silencio no se vacían en una frase.
—¿Se acuerdan de cuándo empezó todo esto? Yo sí. Tenía dieciocho años y mi primer sueldo, y en vez de guardarlo lo puse aquí, en esta casa, porque me dijeron que la familia era primero. ¿Cuántas veces he pagado la luz? ¿El gas? ¿Las medicinas de mi papá? ¿La ropa del bebé que ni ha nacido? —Fue mirándolos uno por uno—. Nunca pregunté cuándo me tocaba a mí. Ni una vez. Y hoy, la única vez que pido lo mío, resulta que soy yo la mala.
—Hija… —empezó doña Rosa, pero Lucía no se detuvo.
—A Gerardo, cuando quiso su moto, se la compraron. A mí, cuando gané el concurso, me dijeron "guárdalo para la casa". Todo lo que entra por él es suyo. Todo lo que entra por mí es de todos. ¿Cómo se llama eso, mamá? Porque familia no es.
Doña Rosa cambió de táctica. Se le llenaron los ojos de lágrimas —estas sí, más creíbles que las de Brenda, aunque igual de interesadas— y se llevó el delantal a la cara.
—Después de todo lo que hice por ti… Nueve meses te cargué. Te crie. ¿Y así me pagas? ¿Abandonando a tu madre en su vejez? Dios te va a castigar, Lucía. Una hija no deja a su familia tirada.
Y ahí, por un instante, Lucía sintió el viejo tirón. El de siempre. El que la había hecho callar mil veces, doblarse mil veces, quedarse mil veces. Porque una parte de ella, la niña que todavía vivía adentro, quería creer que si aguantaba un poco más, un día la iban a querer bien.
Pero esa niña ya estaba muy cansada.
—No las estoy abandonando —dijo, y le tembló apenas la voz, una sola vez—. Me estoy yendo. Es distinto. Ustedes tienen casa, tienen entre todos con qué. Yo también me merezco un lugar donde no me cobren el aire que respiro.
—¿Cómo que te vas? —Doña Rosa se levantó—. ¡Tú de aquí no te mueves! ¿Con qué dinero, según tú?
—Con el mío. —Lucía la miró de frente—. Y ya que estamos hablando de dinero, hay una cuenta pendiente. El enganche de esta casa. Cien mil pesos. Los puse yo. Con el premio del concurso, con mis ahorros, con lo que me prestó la maestra Ofelia. Devuélvanmelos y me voy en paz. No pido intereses. Pido lo mío.
El silencio cambió de temperatura. Se puso frío.
Gerardo fue el primero en reaccionar, y lo hizo con una risita que a Lucía le revolvió el estómago.
—¿Cuál dinero? —Cruzó los brazos—. Eso fue un regalo. Un regalo para nuestros papás. Nadie aquí te debe nada, hermanita.
—No fue un regalo. Fue un préstamo que ustedes nunca pensaron pagar.
—¡Ay, por Dios! —Brenda soltó una carcajada nerviosa—. ¿Ahora resulta que la señorita costurera es prestamista? Nadie firmó nada, Lucía. ¿Dónde está tu papel? ¿Tu contrato? No tienes nada.
—Tengo la fecha. Tengo el monto. Tengo la cuenta de dónde salió y la cuenta a dónde llegó. —Lucía habló despacio, sin subir la voz—. Y tú, Brenda, tienes muy mala memoria para alguien que se acuerda con lujo de detalle de cuánto gano cada quincena.
Brenda se puso pálida y miró a Gerardo, que ya no se reía.
—Baja la voz —le ordenó él—. Los vecinos.
—Ah, ahora sí les importa el qué dirán. —Lucía casi sonrió—. Qué raro. Cuando se trata de casarme con el primero que traiga cartera, el qué dirán no existe. Cuando pido lo mío, de repente hay vecinos.
—Ay, hija, no seas interesada. —Doña Rosa torció la boca—. La familia se ayuda y ya. ¿Ahora le vas a cobrar a tu propia madre? ¿Eso te enseñé?
—Me enseñaste a callarme. —La voz de Lucía no tembló—. Y ya no me voy a callar.
Don Salvador, que hasta entonces había mirado la tele apagada como si diera un partido, habló por fin, sin voltear.
—Estás armando un escándalo por dinero. Qué feo, Lucía. Qué feo. El dinero va y viene. La familia es para siempre.
—El dinero va y viene cuando es de ustedes, papá. Cuando es mío, se queda aquí para siempre. Ya me di cuenta.
Nadie tuvo con qué responderle a eso. Y el silencio que siguió no fue de arrepentimiento. Fue el silencio incómodo de quien fue descubierto y solo espera a que el otro se canse.
Miró alrededor. A las caras. A la manera en que se habían acomodado todos del mismo lado, con la historia ya inventada, la versión ya ensayada, el "fue un regalo" saliéndoles a coro como si lo hubieran practicado. Y entendió, con una claridad que dolía y liberaba al mismo tiempo, que ese dinero no lo iba a ver jamás por las buenas. Que para esta familia ella nunca había sido una hija. Había sido una cuenta de banco con patas.
—Está bien —dijo, muy despacio—. Entonces esto ya no es mi casa.
Se dio la vuelta y caminó hacia su cuarto para empezar a empacar. A su espalda, oyó el sillón crujir, oyó a Brenda murmurarle algo a Gerardo, oyó a su hermano soltar una última frase con toda la burla del mundo, seguro de que la tenía acorralada, seguro de que sin papeles ella no era nada.
—¿Cien mil? —dijo Gerardo, dándole la espalda—. Demuéstralo.
Lucía se detuvo en el pasillo. Metió la mano en la bolsa, sacó el celular y lo apretó en la palma. Ahí, en la galería, guardada desde hacía años por una precaución que ni ella sabía que iba a necesitar, seguía la captura de la transferencia. Fecha. Monto. Cien mil pesos. De su cuenta a la de su padre.
La había guardado sin saber por qué. Un impulso, años atrás, cuando entregó el dinero y algo en la sonrisa demasiado rápida de su hermano le dijo que se cuidara. En ese entonces se sintió mala hija por desconfiar. Hoy, esa desconfianza era lo único que la protegía.
No dijo nada. Todavía no.
Porque hay batallas que no se ganan gritando en una sala, con toda la familia coreando la misma mentira. Se ganan después. Con la prueba en la mano, en el momento justo, cuando el otro ya se cree a salvo.
Apretó el teléfono como quien aprieta un arma que el enemigo no sabe que existe, y se metió a su cuarto a empacar.