Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.
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Capítulo 2
La cuerda le rozaba las muñecas cada vez que el carro daba un bache. Ayla no se quejaba. Nadie se quejaba ya. Las que lo habían intentado el primer día recibieron golpes en la boca y ahora caminaban con los labios hinchados.
Eran doce. Todas del mismo reino. Algunas se conocían de vista, otras ni eso. La más joven no pasaba de los catorce. Lloraba en silencio por las noches, con la cara escondida en las rodillas. Ayla la miraba de reojo y contaba. Contaba los pasos de los soldados. Contaba las veces que el de la cicatriz en la ceja se reía. Contaba cuántas horas faltaban para que el sol cayera otra vez.
El polvo de la carretera se les metía en los ojos, en la nariz, entre los dientes. Bebían cuando les daban de beber. Comían lo que les tiraban: pan duro, a veces un trozo de carne que olía mal. Ayla comía igual. El cuerpo necesitaba fuerza. La venganza también.
Al segundo día uno de los soldados se acercó a ella mientras descansaban a la sombra de unos olivos. Le agarró la barbilla y le obligó a abrir la boca.
—De verdad no habla —dijo, sorprendido—. Ni un sonido.
Otro se rió.
—Mejor. Así no molesta.
Le soltaron la cara. Ayla bajó la vista. Por dentro guardó el olor de ese hombre: sudor, cuero y ajo. Lo iba a necesitar después.
Por las noches las ataban a un mismo poste. Dormían apretadas. El frío entraba por debajo de las túnicas rotas. Ayla se quedaba despierta más tiempo que las otras. Miraba las estrellas. Pensaba en el jardín de los granados. En la voz de Tarek cuando le corregía la postura. En las manos de su madre bordando. Todo eso ya no existía. Solo quedaba el polvo y la cuerda y el cuchillo que le habían quitado.
Al cuarto día vieron las murallas.
Blancas. Altas. Con torres que brillaban aunque el cielo estuviera gris. El ejército gritaba victorias. Los caballos levantaban más polvo. Ayla sintió un nudo en el estómago. No era miedo. Era otra cosa. Como cuando uno se asoma a un pozo muy hondo y no sabe qué hay abajo.
Las hicieron bajar del carro frente a una puerta lateral. Una mujer gorda con la cabeza rapada las esperaba. Llevaba un látigo corto en la cintura y los ojos cansados de haber visto demasiadas caras nuevas.
—Desnúdense —ordenó.
Algunas dudaron. El látigo silbó en el aire. Se desnudaron.
La eunuca las revisó una por una. Manos frías. Dedos que no pedían permiso. Cuando llegó a Ayla le abrió la boca otra vez, le tocó los pechos, le separó las piernas.
—Sana. Sin marcas de nobleza. Muda. —Anotó algo en una tablilla—. A la sección de servicio. Cocina o limpieza. No vale para el sultán.
Ayla no reaccionó. Ya había decidido que ser invisible era mejor. Los que brillan mueren primero.
Las vistieron con túnicas grises de tela áspera. Les cortaron el pelo a la altura de los hombros a las que lo tenían muy largo. A Ayla le dejaron el suyo. “Para que no parezca un chico”, dijo la eunuca.
Las llevaron por pasillos estrechos que olían a incienso y a aceite caliente. Ayla memorizaba. Giro a la izquierda. Escalera abajo. Patio con una fuente. Otro pasillo. Puerta de madera tallada. Todo guardado detrás de los ojos.
El harén era un mundo dentro de otro mundo. Mujeres de todas las edades. Algunas con joyas, otras con las manos llenas de callos. Risas en voz baja. Miradas que medían. Una anciana les explicó las reglas sin sonreír:
No mirar a los hombres a los ojos.
No hablar a menos que te pregunten.
No salir del área marcada.
Obedecer a las eunucas.
Si el sultán te llama, vas. Si no te llama, no existes.
Ayla asintió como las demás. Por dentro ya estaba dibujando el mapa.
Esa primera noche la acostaron en un colchón delgado junto a otras cinco. El techo era bajo. Olía a cuerpos y a perfume barato. Alguien sollozaba en la oscuridad. Otra rezaba en un idioma que Ayla no conocía.
Ella se quedó quieta, mirando el techo. El cuchillo ya no estaba. La familia ya no estaba. El reino ya no estaba.
Solo quedaba ella.
Y el tiempo.
Y las caras que había aprendido a odiar.
Antes de cerrar los ojos, movió los labios sin sonido, solo para sí misma:
Todavía estoy viva.
Eso es suficiente por ahora.