Fernando García Sánchez lo tiene todo: un imperio tecnológico, un apellido que hace callar las conversaciones y el título de Don de la organización criminal más temida de España. Lo único que no puede comprar es la certeza de que alguien lo quiera por quien es y no por lo que tiene.
Así que, durante unas semanas, se quita el traje, se pone un delantal y se esconde detrás de la barra de su propio club con un nombre falso: Jorge, el bartender.
Una noche de lluvia, una chica brasileña cruza la calle para ayudar a un desconocido que no sabe abrir un paraguas. Carolina trabaja en una cafetería, estudia con beca y no le pregunta cuánto gana, dónde vive ni cómo se apellida. Solo le seca la cara con una toallita y le ofrece compartir su auto.
Fernando debería irse. En cambio, la sigue.
Lo que ninguno de los dos sabe es que la mentira que los une es pequeña comparada con los secretos que los esperan: un pasado que alguien se tomó el trabajo de borrar, una promesa que una madre le hizo a Carolina en sueños, enemigos que llevan años esperando un descuido y un mundo de poder, sangre y lealtades donde amar es la forma más peligrosa de debilidad.
Cuando la verdad por fin salga a la luz, Carolina tendrá que elegir entre la paz y el caos. Y Fernando tendrá que descubrir si el hombre que quiso ser para ella es capaz de cargar con todo lo que realmente es.
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Ella jamás se fijaría en mí
Me llamo Miguel Martínez Pérez, tengo treinta y un años y soy hijo único. Crecí dentro de la familia Sánchez, aunque no llevaba el mismo apellido ni había nacido en esa casa. Mi padre, Rafael Martínez Pérez, fue durante muchos años el brazo derecho de Javier Sánchez, el padre de Fernando, y dedicó gran parte de su vida a proteger a esa familia. Mi madre, Isabel Navarro Martínez, siempre estuvo a su lado, incluso sabiendo que la vida que había elegido no sería sencilla.
Yo tenía poco más de diez años cuando perdí a mi padre.
No recuerdo con exactitud el día en que me dieron la noticia, porque algunos recuerdos se vuelven borrosos con el tiempo, pero sí recuerdo perfectamente el silencio de mi madre después de su muerte. Nunca fue una mujer de muchas palabras, pero en aquella época parecía haber perdido hasta la capacidad de conversar. Mi padre murió cumpliendo una misión para Javier y, desde entonces, la familia Sánchez pasó a formar parte de mi vida de una manera todavía más profunda.
Javier nunca nos dejó desamparados ni a mi madre ni a mí. Fernando creció conmigo, Santiago también, y Valentina siempre estuvo cerca. Para ellos yo no era solo el hijo del hombre que había servido a la familia durante años. Era Miguel, el que creció a su lado, el que aprendió a pelear, a obedecer, a proteger y, sobre todo, a guardar secretos.
Mi madre todavía vive conmigo. Después de la muerte de mi padre, nunca quiso irse de la ciudad ni alejarse de la familia Sánchez. Hoy, aun sabiendo que trabajo en un mundo peligroso, sigue intentando cuidarme como cuando yo era niño: me pregunta si comí, si dormí bien, y se queja cuando paso días trabajando sin aparecer por casa.
Conoce a Fernando, a Santiago y a Valentina prácticamente desde que nacieron.
Tal vez por eso se dio cuenta antes que yo de que estaba enamorado de Valentina.
Nunca se lo conté, pero las madres perciben cosas que los hijos intentan esconder.
Yo amaba a Valentina desde mucho antes de entender qué significaba ese sentimiento. Cuando éramos más chicos, me gustaba estar cerca de ella, seguía sus pasos por los pasillos de la casa y buscaba excusas para ayudarla cuando necesitaba algo. A medida que fuimos creciendo, me di cuenta de que aquello había cambiado.
Valentina dejó de ser solo la niña que conocía desde pequeño.
Se convirtió en la mujer a la que buscaba con la mirada dondequiera que estuviera.
El problema siempre fue creer que ella jamás me miraría de la misma manera.
Valentina era hija de Javier y de María del Pilar Sánchez, hermana de Fernando y de Santiago, criada dentro de una familia poderosa y rodeada de hombres que darían la vida por protegerla. Yo era solo Miguel, el hijo del antiguo brazo derecho de su padre, un hombre que se había ganado su lugar en esa familia a través de la lealtad y el trabajo.
Nunca pensé que fuera suficiente para ella.
Por eso preferí callar.
Durante años me conformé con estar cerca de ella sin cruzar ninguna línea. Cuando me sonreía, me lo guardaba. Cuando me rozaba el brazo mientras hablábamos, fingía que no significaba nada. Cuando decía mi nombre de esa manera que me aceleraba el corazón, simplemente cambiaba de tema.
Me convencí de que era mejor amarla en silencio que arriesgarme a perderla por completo.
Hasta ese viernes.
Fernando había salido temprano de Vértice. Yo sabía que estaba en casa preparándose para salir con Carolina, y hasta pensé en molestarlo un poco cuando apareciera al día siguiente, porque todos sabíamos que Fernando estaba completamente metido en esa relación, aunque intentara mantener algunas cosas en secreto.
Yo estaba en la oficina de la empresa, terminando unos asuntos, cuando sonó mi teléfono.
Era el jefe de seguridad.
Contesté de inmediato.
—Miguel, necesito hablar contigo.
El tono de su voz me hizo abandonar cualquier pensamiento que no tuviera que ver con el trabajo.
—¿Qué pasó?
—No logro localizar a Valentina.
Me levanté de la silla.
—¿Cómo que no la localizas?
—Perdimos su señal. Intentamos contactarla por teléfono y nadie logra hablar con ella. Los hombres que deberían acompañarla tampoco la encuentran.
Todo mi cuerpo se tensó.
—¿Desde hace cuánto?
—Aproximadamente veinte minutos.
Recogí mis cosas y salí de la oficina.
—Sigue intentando localizar la señal. Voy para la central de seguridad.
Colgué y, antes de llegar al elevador, llamé a Fernando.
Contestó rápido.
—¿Miguel?
—Fernando, es Valentina.
Al otro lado de la línea, el silencio fue inmediato.
—¿Qué pasó?
—El jefe de seguridad acaba de llamarme. No logra localizar a Valentina. El teléfono no contesta y perdimos su señal.
—Voy para la empresa.
—Yo también.
Colgamos.
No necesité decir nada más.
Conocía a Fernando lo suficiente para saber que en ese momento dejaría todo lo demás de lado. Carolina podía estar esperándolo, pero Valentina era su hermana y nada sería más importante.
Cuando llegué a la central de seguridad, Santiago ya estaba ahí. Unos minutos después entró Fernando, todavía con la ropa que había elegido para salir con Carolina. Por cómo entró, se notaba que había salido de casa sin pensar en cambiarse ni un detalle.
El jefe de seguridad puso la información sobre la mesa.
—Logramos recuperar la última señal del chip de emergencia.
Todos conocíamos ese sistema. Los miembros de la familia y algunas personas consideradas esenciales para la seguridad de los Sánchez llevaban un pequeño dispositivo implantado bajo la piel, creado para situaciones extremas.
La señal apareció en el mapa.
Santiago se acercó.
—¿Dónde es eso?
El jefe de seguridad amplió la imagen.
Se me revolvió el estómago.
Conocía ese lugar.
—Es un almacén viejo.
Fernando me miró.
—¿Quién controla esa zona?
Respondí antes de que el jefe de seguridad pudiera hablar.
—Uno de nuestros mayores enemigos: Alejandro.
que historia 🤗🤗🤗