Amanda fue regalada a la familia Smirnov para saldar las deudas de su padre, Vladimir Smirnov el patriarca intenta entregarla a su hijo para por fin tener un nieto, pero no todo sale como lo esperaban: un romance apasionado y el secreto del heredero de la familia.
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Capítulo 17: El secreto de Aleksandr y el primer beso
Amanda sostuvo la mano de Alek, apretando sus dedos para transmitirle apoyo. Podía sentir el temblor en las manos del poderoso hombre.
—Puedes decirme lo que sea, Alek —prometió ella con absoluta sinceridad—. Tu secreto estará seguro conmigo.
Alek fijó la vista en la chimenea antes de hablar, buscando las palabras en medio de la bruma del alcohol y la vergüenza acumulada durante años.
—He tenido novias, Amanda —comenzó a explicar con voz pausada y amarga—. Mujeres hermosas, modelos, hijas de aristócratas y socios. Mujeres que cualquier hombre desearía. Y cuando estaba con ellas... aprendí. Aprendí cómo tocar a una mujer, aprendí la anatomía del placer, aprendí cada truco para hacerlas llegar al clímax y hacerlas sentir bien. Sabía exactamente qué hacer para que volvieran a mí.
Amanda lo escuchaba con el corazón latiéndole a mil por hora en el pecho.
—Pero había un problema —continuó Alek, volviendo sus ojos atormentados hacia ella—. El placer nunca fue mutuo. Jamás.
Amanda parpadeó, confundida.
—¿A qué te refieres?
—A que ninguna de esas mujeres... ningún ser humano en este planeta ha logrado despertar a mi cuerpo —confesó Alek con la voz rota—. A mis veintiocho años, mi 'amiguito'... mi cuerpo simplemente no responde. Está muerto por dentro. Intente lo que intente, con quien sea... nada funciona. Incluso en mi desesperación, llegué a intentar con hombres para ver si mi orientación era distinta, pero el resultado fue el mismo: una frialdad absoluta, una falta de reacción física total.
Amanda se quedó sin aliento. La revelación cayó como un rayo en medio de la penumbra del estudio. El gran e intimidante mafioso, el hombre que dominaba los negocios y infundía terror en sus enemigos, llevaba sobre sus hombros la carga de una disfunción psicológica o física absoluta que lo había dejado impotente y aislado en su intimidad.
—Alek... —musitó Amanda, sintiendo una inmensa ola de empatía y ternura hacia él.
—Aprendí a dar placer porque era la única forma de enmascarar mi condición —continuó Alek con amargura—. Pero cuando el placer no es recíproco, las relaciones se vuelven una mentira vacía. Una comedia patética. Por eso desistí. Por eso eché a todas las mujeres de mi vida. Por eso me volví frío, distanciado y me me refugié en los números y en las armas. Preferí que el mundo pensara que soy un monstruo sin corazón a que descubrieran que no soy un hombre completo.
Alek se acercó aún más a ella, tomando el rostro de Amanda entre sus manos grandes. Sus pulgares acariciaron con infinita delicadeza los pómulos de la joven.
—Y entonces... llegaste tú —dijo Alek con una intensidad devoradora que le cortó la respiración a Amanda—. La noche que entré por esa puerta borrachos de rabia con mi padre, te vi sentada en ese sofá. En medio de toda esa mierda, vi al ser más hermoso, puro e inteligente que jamás haya pisado este mundo.
Amanda sintió que el corazón se le salía del pecho. Lágrimas de emoción contenida brillaron en sus ojos.
—Aquella noche, cuando te vi... por primera vez en toda mi vida, sentí un chispazo —confesó Alek, acercando su boca a la de ella hasta que sus labios prácticamente se rozaron—. Un calor en la sangre que creí muerto para siempre. Amanda... tú despertaste algo en mí que nadie jamás pudo.
—Alek... —alcanzó a susurrar Amanda antes de que el mundo se detuviera.
Alek no esperó más. Inclinó la cabeza y selló sus labios con los de Amanda en un beso apasionado, profundo y desesperado.
Fue un contacto electrizante. Los labios de Alek eran calientes, sabían a vodka, a deseo reprimido y a una necesidad salvaje de redención. Amanda cerró los ojos y se entregó por completo al beso, rodeando el cuello de Alek con sus brazos y tirando de él hacia ella. Sintió el choque de sus almas en esa penumbra, una explosión de fuego que quemó cada duda y cada miedo que ambos albergaban.
El beso se volvió más hambriento, más íntimo. Alek la estrechó contra su pecho con una fuerza protectora, mientras sus lenguas se encontraban en un baile pasional que hizo gemir a Amanda en medio de la estancia.
Sin embargo, el esfuerzo emocional y la enorme cantidad de alcohol finalmente cobraron su cuota.
Alek redujo el ritmo del beso, convirtiéndolo en una sucesión de caricias suaves sobre los labios de Amanda. Dejó caer su cabeza pesadamente sobre el hombro de la joven, dejando escapar un largo suspiro de paz.
—Spasibo... krasavitsa... —susurró Alek contra el cuello de Amanda, justo antes de perder el conocimiento y quedar profundamente dormido en sus brazos.
Amanda permaneció allí, en la penumbra del estudio, abrazando al poderoso hombre que dormía como un niño sobre su regazo. Pasó sus dedos con ternura por el cabello de Alek, escuchando el latido constante de su corazón.
Sabía que al día siguiente todo cambiaría. Pero esa noche, en medio de la tormenta, Amanda comprendió que ya no solo estaba luchando por su independencia; estaba irremediablemente enamorada del heredero Smirnov.