«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.
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Capítulo 1
Me desperté con la garganta ardiendo y el sabor de la ceniza pegado a la lengua.
Di un respingo sobre el jergón de paja, clavando las uñas en las sábanas raídas. Tenía el pecho empapado en sudor y el corazón latiéndome contra las costillas con tanta fuerza que casi me mareaba. Otra vez ese sueño. Siempre el mismo.
Cerré los ojos con fuerza, intentando borrarlo de mi cabeza. Veía un palacio inmenso derrumbándose en llamas rojas. Veía cuerpos amontonados en escaleras de piedra blanca y charcos oscuros que no eran de agua. Y en medio de todo ese infierno, la espalda ancha de un hombre. Llevaba una túnica de seda negra manchada de sangre seca y una corona dorada torcida sobre su pelo largo. En el sueño, él no respiraba; rugía. Una sombra espesa, como humo vivo, trepaba por su cuello hasta devorarle los ojos.
—Lian...
La voz débil de mi madre me devolvió a la realidad del pequeño cuarto. La tenue luz del amanecer apenas se colaba por las rendijas de madera de nuestra choza.
Tragué saliva, pasándome el dorso de la mano por la frente para secarme el sudor frío. Me levanté en silencio, evitando que las tablas del suelo crujieran, y me acerqué a la cama baja donde mi madre descansaba envuelta en mantas gruesas. Su rostro estaba pálido, consumido por una tos seca que no la dejaba en paz desde que llegó el invierno.
—Fue otra vez, ¿verdad? —susurró ella, abriendo con pesadez unos ojos gastados por los años y el humo de las lámparas de aceite.
—No fue nada, madre. Solo el calor de la estufa —mentí, acomodándole las mantas alrededor de los hombros con cuidado de no apretar demasiado.
Mi madre no era tonta. Levantó una mano delgada y temblorosa, aferrando la mía con una fuerza que no sabía de dónde sacaba.
—No me engañes, Lian. Tus ojos todavía tienen ese brillo carmesí de cuando el velo se te rompe. Te lo advertí desde que eras una niña. El dragón ya rompió sus cadenas. El hombre que tiene la sangre de este imperio en las manos... está atado a tu propia alma.
Apreté los dientes. Sentí una punzada de rabia pura subiéndome por el estómago. Estaba harta. Completamente harta de esa historia.
—No hay ningún lazo, madre —dije, bajando la voz pero sin disimular el veneno en mis palabras—. Ese hombre es un carnicero. Dicen que decapitó a sus propios hermanos para sentarse en el trono. Que los pasillos de la capital huelen a muerte porque nadie se atreve a retirar los cadáveres sin su orden. Si ese monstruo se está quemando por dentro, que arda. No es asunto mío. Yo soy una artesana, no la salvadora de ningún asesino.
—El cielo no te dio la vista para que elijas a quién salvar —insistió ella, tosiendo con fuerza antes de volver a mirarme con desesperación—. Si no lo detienes, si no eres su ancla cuando la locura lo reclame, ese fuego no solo lo consumirá a él. Nos quemará a todos.
Iba a responderle, a decirle que el cielo podía quedarse con sus profecías y sus maldiciones, pero el estruendo de cascos de caballos sobre el barro de la calle me cortó la respiración.
El sonido no era el de los mercaderes que venían al mercado de la aldea. Era un galope pesado, sincronizado, de hierro chocando contra hierro.
—¡Abran paso por orden del Emperador! —rugió una voz áspera desde afuera.
Los gritos de terror de nuestros vecinos no tardaron en estallar. Sonaron maderas rompiéndose, cacharros de barro estrellándose contra el suelo y el llanto histérico de los niños.
Mi madre se incorporó de golpe, asustada, llevándose una mano al pecho.
—Quédate aquí —le ordené en un susurro cortante.
Caminé rápido hacia la entrada del taller, el espacio contiguo donde pasábamos los días tallando jade y puliendo adornos para los pocos nobles menores que pasaban por la provincia. Levanté la cortina de tela y me asomé apenas por la hendidura de la puerta.
La calle parecía una zona de guerra. Había al menos una veintena de soldados con armaduras completas de hierro negro y capas oscuras. Llevaban lanzas y látigos de cuero. El estandarte que ondeaba al frente llevaba bordado un dragón imperial rodeado de espadas: la guardia personal de Li Yan. El nuevo soberano. El tirano recién coronado cuya sola sombra hacía que la gente prefiriera morderse la lengua antes de pronunciar su nombre.
Un oficial corpulento, con una cicatriz cruzándole la mejilla, pateó la reja baja de nuestro patio y entró con tres guardias pisándole los talones.
—¡Artesana Shen! —gritó el hombre, sacando un pergamino sellado con cera roja—. ¡Por decreto de Su Majestad Imperial, el taller de los Shen debe entregar a su maestro tallador de inmediato! Se requieren cincuenta artesanos para concluir el altar de jade de la coronación antes de la luna llena.
El estómago se me cayó a los pies.
Todos en el gremio sabían lo que significaba trabajar en las obras del emperador Li Yan. Si una pieza se astillaba, te cortaban los dedos. Si el trabajo se retrasaba un solo día, te cortaban la cabeza. Nadie que fuera llevado al palacio imperial regresaba entero.
Detrás de mí, escuché pasos arrastrados. Me di la vuelta y vi a mi madre, apoyándose en la pared, temblando pero intentando dar un paso al frente.
—Yo... yo soy la maestra del taller... —comenzó a decir con la voz rota por la tos.
Si esos soldados se la llevaban, no sobreviviría ni al viaje en carreta hasta la capital. Con el frío del camino y el trabajo forzado, estaría muerta en menos de tres días.
No lo pensé. Ni un solo segundo.
Me adelanté, abrí la puerta de par en par y me paré en el umbral, bloqueando la vista de mi madre a mis espaldas.
—Mi madre ya no trabaja el jade —dije en voz alta, clara y firme, mirando directamente a los ojos del oficial—. Sus ojos ya no ven los cortes finos. Yo he hecho todo el trabajo del taller durante el último año. Conozco el corte de la piedra verde, el pulido al agua y los sellos ceremoniales mejor que cualquiera en esta provincia.
El oficial se detuvo en seco, frunciendo el ceño con desprecio mientras me recorría de arriba abajo con la mirada. Yo no llevaba sedas ni joyas; mi túnica de lino estaba manchada de polvo de piedra y tenía las manos ásperas de sostener el cincel. Pero no bajé la cabeza. Mantuve la barbilla en alto, apretando los puños a los costados para no mostrar ni una pizca de miedo.
—¿Una mujer? —se burló uno de los guardias a su espalda, soltando una risa corta—. ¿Crees que el palacio es un mercado de aldea?
—Si quieren que el altar esté listo a tiempo, me necesitan a mí —respondí, sin pestañear—. Si se llevan a mi madre, tendrán un cadáver antes de cruzar las puertas de la ciudad y el emperador les cortará el cuello a ustedes por llegar con las manos vacías.
El silencio que siguió fue denso y peligroso. El oficial me sostuvo la mirada unos segundos, masticando mi insolencia, pero la lógica del miedo al emperador pesó más que su orgullo.
—Aten a la muchacha —ordenó el oficial con un ademán seco de su mano enguantada—. Si tus manos son tan buenas como tu boca, tal vez conserves la cabeza un par de semanas más.
Un soldado se adelantó con cuerdas gruesas.
—¡Lian, no! —gritó mi madre desde la sombra del cuarto, cayendo de rodillas sin fuerzas para alcanzarme.
—Estaré bien, madre —le dije sin mirarla, porque sabía que si la miraba me quebraría—. Cuídate.
Cuando el soldado me sujetó las muñecas con fuerza para amarrarme, su piel áspera rozó la mía. Por una fracción de segundo, la visión no fue un sueño. Fue un chispazo rápido, violento: vi las puertas rojas del palacio imperial abriéndose frente a mí, y una espada ensangrentada apuntando directo a mi garganta bajo la mirada de unos ojos oscuros, fríos como la escarcha, que parecían estar esperando exactamente mi llegada.
Tragué el nudo que se me formó en la garganta y me dejé arrastrar hacia el carruaje de los reclutas. El destino que tanto había jurado evitar acababa de venir a buscarme a la puerta de mi casa.