A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 5
Desistí de ir a casa de los Alencar y terminé yendo a la mía, pero por más que intenté quedarme en casa y concentrarme en cualquier cosa que no fuera mi matrimonio, no lo logré, fracasé; porque no solo el matrimonio no se me iba de la cabeza, sino tampoco la idea de Beatriz de que me case con Joana.
Beatriz era un huracán: por donde pasaba derribaba todo a su alrededor, y aunque estoy acostumbrado al huracán que es mi hermana, todavía logra desestabilizarme y dejarme sin rumbo; y cuando me propuso la idea del matrimonio arreglado con Joana, así me dejó, sin rumbo. Yo miro a esa mujer desde hace mucho tiempo, desde hace muchos meses, y jamás pasó de eso, porque nunca pensé en llevarlo más allá, jamás contemplé ninguna idea que involucrara a Joana, porque meter a una mujer en mi mundo no me parece justo; pero ahora, ahora estoy pensando en ir a su casa y proponerle matrimonio. No puedo estar más que loco de la cabeza.
Después de conversar con la abuela sobre temas cualquiera, subir a mi cuarto y quedarme acostado pensando en aquella rubita, acabé decidiendo seguir adelante. Lo que tenga que ser, será.
Por lo general no soy impulsivo, me gustan las cosas ordenaditas, a veces hasta de más, pero, sinceramente, creo que a veces me falta un poco de eso, un poco de esa impulsividad, para tomar decisiones que ni sé si debo tomar.
Bajé las escaleras y fui hasta el garaje; pasé junto a mi padre, que estaba de espaldas, distraído, y ni siquiera me vio, cosa que fue perfecta, porque sinceramente no quería hablar con él ahora, no quería hablar con nadie, solo con Elano Alencar.
No tardé en llegar a su casa y, en cuanto llegué, toqué el timbre. La puerta tardó un buen rato en abrirse, lo que ya me estaba dejando sin la más mínima paciencia.
Apenas se abrió, ahí estaba ella, Joana, hermosa como siempre, o quizá aún más, sin ese uniforme horrible de la cafetería.
—¿Usted? ¿Qué hace aquí, señor Sócrates? —me preguntó con los ojos muy abiertos, completamente confundida. Ignoré el hecho de que volviera a llamarme señor. Espero que algún día pierda esa manía.
—¿Todo bien, bella? ¿Podemos hablar?
—¿Usted vino hasta mi casa a hablar conmigo? —Parpadeaba una y otra vez, como si creyera que estaba dormida y que yo no estaba realmente ahí.
—¿Quién está ahí, Joana? —preguntó un hombre con voz áspera desde el interior de la casa.
—Él… él quiere hablar conmigo, papá. —Apenas lo dijo, Elano Alencar le arrancó la puerta de la mano y me encaró.
—¿Y puedo saber quién es usted?
—Sócrates Grizantemo. —Los ojos del hombre se le triplicaron de tamaño.
—Niña boba, ¿por qué no lo invitaste a pasar? No le haga caso, señor, venga, entre. ¿Acepta un agua, un whisky, tal vez incluso un vino?
—No quiero nada, gracias.
—¿Está seguro? —Se volvió hacia Joana—. Ve a traerle algo de beber, Joana, ¿qué esperas, tarada?, además de gorda ¿eres tonta también?
¿Conocen esos momentos en que uno oye algo tan disparatado que parece no creer lo que sus oídos acaban de presenciar? Esa fue mi sensación al ver la forma en que su padre trata a Joana.
Yo pretendía hablar con Joana antes que con su padre, para saber si ella quería casarse conmigo, y así poder explicarle toda la situación, que necesito casarme con urgencia. En fin, toda esa cháchara. Pero en cuanto vi cómo la trataban, me sentí en la obligación de casarme con ella y sacarla de esa casa cuanto antes. Claro que sentí ganas de prenderle fuego a la casa con Elano atado adentro, pero controlemos las emociones; lo que le espera está bien guardado, por tratar a Joana de esa forma.
—De verdad no es necesario. ¿Podemos hablar, Elano?
—Claro, ahora mismo. —Parecía animado, demasiado animado para alguien que acaba de insultar a mi futura esposa.
Lo seguí hasta el despacho, donde dijo que estaríamos más tranquilos para conversar.
—Bueno, dígame, ¿qué lo trae por aquí, Don? —preguntó en cuanto se sentó en su silla, conmigo ya sentado frente a él.
—Voy directo al grano, porque no tengo tiempo que perder, y menos contigo. —Lo solté de golpe, haciendo que se acomodara en la silla—. Debes una cantidad extremadamente alta en nuestros casinos y vine personalmente a cobrar esa deuda. —Lo vi tragar saliva.
—Se… señor, yo… yo no tengo la cantidad en efectivo ahora, pero yo…
—Ahórrate la saliva, Elano, tu dinero no me interesa. Quiero otro pago.
—¿Y qué pago sería ese? —La sonrisa le volvió al rostro rápidamente, aunque más contenida y hasta confundida.
—Quiero casarme con tu hija, Joana. Ese es el precio que cobro para saldar toda tu deuda.
—¿Usted quiere qué? —Parecía realmente incrédulo.
—Lo que oíste: me gustaría casarme con Joana y, a cambio, salda tus deudas en mis casinos. Es tómalo o déjalo. —Espero que entienda que no está en posición de negarse; voy a salir de aquí con esa mujer, quiera él o no.
—Verá, señor, es una propuesta muy buena, pero creo que quizá podamos mejorarla. Joana es mi única hija mujer; sin ella aquí, perderemos toda la feminidad que hay en este hogar, además de que es ella quien cuida de toda la casa, y, como sabrá, contratar a alguien cuesta caro. —Cínico hasta la última hebra de pelo.
—Corta el rollo. ¿Cuánto quieres? —Ya no me quedaba nada de paciencia; ¿de verdad cree que está en posición de ofrecerme una contrapropuesta?
—Un millón. —Lo miré atónito ante su audacia y estuve a punto de mandarlo a que se metiera el millón por el trasero, pero entonces recordé la forma en que trató a Joana y empecé a imaginar cómo la tratarían día a día. Y por eso, y solo por eso, decidí aceptar la contrapropuesta de este canalla. No porque no fuera a llevármela de todos modos, pero quiero hacer las cosas con calma; al menos le avisé al consejo que haría este acuerdo, tengo que ser cauto.
—Acepto. —Los ojos se le encendieron; de verdad no se lo esperaba—. Nos casamos en dos semanas.
—Cla… claro, Don. Ella estará lista para la boda.
—Hasta entonces, quiero salir con ella, para ir conociéndola mejor. Quiero que conozca a mi familia y que se vaya adaptando a la vida que llevará después de la boda.
—Claro, siempre que vayan acompañados de mi hijo. Espero que lo entienda; hasta la boda es necesaria cierta distancia entre los novios.
Solo asentí y le estreché la mano, muriéndome por largarme de ese lugar.
—Recibirás tu dinero cuando se celebre la boda.
Le tocó a él asentir y adularme, pero lo ignoré y me dirigí a la puerta por la que había entrado.
De camino a la salida me topé con Joana, que limpiaba la sala.
—Adiós, bella. Nos vemos mañana.
—Adiós, Sócrates. —me respondió, todavía confundida.
—¿Qué modales son esos, niña insolente? ¿Quién te dio el derecho de llamar al Don por su nombre?
Ella se puso blanca, completamente pálida al oír las palabras de su padre; le vi los ojos saltones y la boca entreabierta.
—Per… perdóneme, señor.
—Por favor, no me pidas perdón. Y tú, Elano, espero que entiendas que la forma en que Joana me trata no es asunto tuyo. Si me llama por mi nombre es porque yo le di esa libertad, muy distinta de la libertad que te di a ti para actuar como se te antoja.
Me miró serio, pero no dijo una palabra.
Salí por la puerta y avancé junto a los guardias hasta mi auto. No miré atrás, porque sabía que si lo hacía volvería y me llevaría a Joana conmigo, aun contra la voluntad del maldito padre. Así que preferí seguir mi camino; pronto estará libre de ese lugar.