n plena boda, la mejor amiga de Lucía Herrera expone sus fotos íntimas. Su prometido la llama zorra, la golpea y le arranca el vestido de novia… para casarse con la traidora.
Cinco años después, Lucía regresa con sus mellizos, Mateo y Sofía, sin saber quién es su padre. Hasta que se cruza con Adrián Valdés, un poderoso CEO que parece la versión adulta de Mateo.
—Quiero a mis hijos conmigo.
—No voy a separarme de ellos.
Mateo se planta frente a él. Sofía se aferra a la mano de su madre.
—¡No se meta con mi mami, imbécil! ¡Primero tendrá que vérselas conmigo!
Pero el padre de los mellizos también es el tío de su ex. Y para no perder a sus hijos, Lucía acepta casarse con él por contrato.
Esta vez, vuelve a la familia Valdés por la puerta grande.
El hombre que la echó de su propia boda tendrá que llamarla tía.
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Capítulo 1
Capítulo 1. La boda queda cancelada
—¡Qué descarada! Es una puta…
El salón, que hasta hacía un momento albergaba una boda romántica y acogedora, estalló en murmullos y exclamaciones.
Lucía Herrera levantó la vista hacia la pantalla siguiendo las miradas de los invitados. Estaban proyectando varias fotos íntimas muy explícitas.
La mujer de las imágenes era ella. Pero el hombre que estaba en la cama con ella no era el novio, Nicolás Valdés.
Lucía se quedó paralizada.
¿Qué estaba pasando? ¿De dónde habían salido esas fotos?
En todas aparecía debajo de un hombre, sobre la cama. Los ángulos dejaban ver perfectamente su rostro; de él solo se distinguían la espalda o el perfil.
De algo estaba segura: no conocía a ese hombre.
Buscó a Nicolás con la mirada. Él la observaba con el rostro desencajado y los ojos ardiendo de rabia.
—¡Maldita zorra! ¡Te atreviste a engañarme!
No le dio tiempo de abrir la boca. Le soltó una bofetada con tanta fuerza que la derribó.
La mejilla de Lucía se enrojeció y empezó a hincharse al instante. Se cubrió la cara y, desde el suelo, alzó los ojos hacia él.
—Nicolás, no es lo que piensas. ¡Tiene que haber un malentendido!
—¿Un malentendido? ¿Te atreves a decirme que esa mujer, la que está debajo de ese hombre, no eres tú? —rugió, fuera de sí por la humillación.
Lucía se estremeció.
—Yo… no sé qué pasó.
No podía pensar. Ella no se había acostado con otro hombre. Excepto aquella noche…
Nicolás le agarró el mentón y se lo apretó con fuerza.
—¿Puedes jurarme que no te acostaste con otro?
—Yo…
Antes de que terminara, intervino Natalia Rivas, su mejor amiga.
—Luci, el mes pasado, el día del cumpleaños de Nicolás, no volviste en toda la noche. ¿Con quién estuviste?
Lucía vaciló. Esa noche se había emborrachado. Recordaba, de forma borrosa, haber estado con Nicolás en un hotel.
Había sido su primera vez, y ella creía haberla compartido con él.
—¡Esa noche la pasé con Nicolás en el hotel!
Él soltó una risa helada.
—Me emborraché y me fui temprano a mi casa. ¿Cómo iba a estar contigo en un hotel?
Lucía se quedó en blanco. El color abandonó su rostro poco a poco.
Si no había sido él, ¿con quién había estado?
Se quedó sin fuerzas y se desplomó en el suelo. La verdad la golpeó de lleno.
Al verla así, Nicolás pareció dar por confirmadas sus sospechas.
—Bien. Muy bien, Lucía. ¡Te luciste! ¡La boda queda cancelada!
—¡No!
Lucía reaccionó de golpe.
—Nicolás, no te engañé. Alguien me hizo esto. Créeme, por favor, alguien me tendió una trampa…
Las palabras le salían atropelladas. ¿Quién quería hacerle tanto daño?
Pero él ya había perdido la razón de pura rabia.
—¡Deja de fingir, Lucía! ¡Me das asco!
La apartó de una patada. Después se inclinó sobre ella y empezó a quitarle el vestido de novia a tirones. Cada movimiento fue brutal, sin rastro de la ternura de antes.
—¡Nicolás! ¿Qué haces? —Lucía temblaba de pies a cabeza.
—¡Quítatelo! ¡No tienes derecho a llevar ese vestido!
Ella se resistió. No sirvió de nada. Delante de todos, él le quitó el vestido que habían hecho a su medida.
Solo le quedaron unas pequeñas prendas de ropa interior para cubrirse. Su cuerpo delgado quedó expuesto a las miradas de los invitados. La vergüenza la abrasaba.
Nicolás la miró con desprecio. Luego se volvió hacia Natalia con el vestido en las manos.
—Natalia, ¿quieres casarte conmigo?
—¡Sí, quiero! —respondió ella, incapaz de ocultar su alegría.
Lucía no podía creer lo que veía. Su mejor amiga se puso su vestido de novia delante de ella.
Y Nicolás le colocó la alianza en el dedo anular.
—¡No! ¡Natalia, cómo puedes…! ¡Él es mi esposo! —La miraba con los ojos enrojecidos.
Natalia la contempló desde arriba.
—A ver si te queda claro, Lucía. Ahora Nicolás es mi esposo.
Le mostró deliberadamente el enorme diamante de su anillo. Después se acercó a su oído con una sonrisa y susurró, tan bajo que solo ella pudo escucharla:
—¿Te gustó mi regalo de bodas?
Lucía se quedó helada. En ese instante comprendió que las fotos eran obra de Natalia.
La rabia le subió a la cabeza. Quiso abalanzarse sobre ella y arrancarle aquella sonrisa falsa.
—¡Natalia! ¡Tú…!
No pudo terminar la acusación. Natalia levantó la mano y llamó a los guardias de seguridad.
—¡Saquen a esta zorra de aquí!
Ya daba órdenes como la señora Valdés.
—¡Suéltenme!
Lucía forcejeó, pero los guardias la sujetaron por los brazos y la arrastraron fuera.
La furia le llenaba el pecho. Jamás había imaginado que su mejor amiga pudiera tenderle una trampa así.
Y el hombre que tantas veces había prometido casarse con ella se limitaba a observar, impasible.
La arrojaron a la entrada del hotel. Ni siquiera tuvo tiempo de asimilar lo ocurrido: sonó su teléfono. Llamaban del hospital.
—Señorita Herrera, su padre sufrió una crisis. Ha fallecido.
—¿Qué…?
La mano le tembló y el teléfono cayó al suelo. Sintió una punzada feroz en el corazón.
Intentó levantarse para ir al hospital, pero un dolor le atravesó el vientre. La sangre empezó a correrle entre las piernas.
Aterrada, se llevó las manos al abdomen, consumida por el dolor y la impotencia.
—Mis bebés…