Lucca Meirelles Hernandes es frío, letal y no le teme a nada. Como nuevo Capo de la Cosa Nostra en Seattle, tiene el poder, el dinero y una sola regla inquebrantable: el amor es una debilidad que jamás se permitirá.
Hasta que una enfermera de metro y medio, brava y sin un centavo, le suelta una cachetada delante de todos sus hombres.
Ana Beatriz Olivares aprendió a sobrevivir sola. Cuida vidas de día, duerme con un cuchillo bajo la almohada de noche y no le baja la mirada a nadie… ni siquiera al hombre más peligroso de la ciudad. Lo que empieza como un choque de fuego cruzado termina arrastrándola a un mundo de casinos, secretos y balas, donde ser la mujer del Capo la convierte al mismo tiempo en la más protegida y en el blanco más codiciado.
Él juró no amar jamás. Ella juró no volver a ser de nadie. Pero cuando los enemigos empiezan a cerrar el círculo, ninguno de los dos podrá negar por cuánto sería capaz de matar… y de morir… por el otro.
Pasión ardiente, lealtad de sangre, venganza y una historia de amor que nace entre las balas. El Capo y la Enfermera: cuando el hombre que no debía sentir nada se enamora de la única mujer que se atrevió a plantarle cara.
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Capítulo 6
Lucca
Después de salir de la cafetería, me voy a una de las empresas. Es la principal, algo así como la central de todas: la contabilidad de cada negocio (casino, discoteca u hotel) pasa por aquí.
Pero no logro olvidarme de aquella mujer brava. Es tan hermosa que me dieron ganas de amansarla en mi cama.
Yo sé muy bien cómo dejar bien calladita a una mujer, con la boquita cerrada, abriéndola solo para gemir para mí.
Salgo de mis pensamientos sórdidos cuando Gustavo y Alex me llaman.
—Hermano, ¿por qué esa sonrisita? —dice Gustavo.
—Seguro hay una mujer de por medio —agrega Alex.
—Ustedes hablan demasiado, ¿no creen? —les digo.
—¿Estás pensando en Amanda, hombre? Asúmela de una vez —dice Gustavo.
—Solo para que nuestra madre la mate colgada. No estoy pensando en ella ni voy a asumir nada, porque no hay nada: solo andamos.
—¿Entonces en qué pensabas? —pregunta Alex.
—Estoy pensando en una cosita bien estresante a la que pronto le voy a descubrir el punto débil, para que me pague por abusadita.
—¿Hablas de la muchacha de esta mañana? Esa tiene agallas. Tenías que verla, Alex: ni tamaño tenía y le metió una cachetada a Lucca —dice Gustavo.
—¿Y salió viva? —pregunta Alex.
Entonces les cuento que solo lo permití porque mi padre me llamó y ella aprovechó y desapareció de mi vista, pero que pronto tendré la información necesaria para saber con quién estoy tratando.
Todos tienen un punto débil, y esa cara de niña buena no me engaña; seguro no vale nada.
La voy a aplastar como se aplasta a una cucaracha.
Entonces volvemos al trabajo. Está muy ajetreado, y ando recibiendo amenazas; todavía no descubro de quién, pero andan amenazando a mi familia y a mí.
Y esto no se va a quedar así. Voy a acabar con quien sea.
Ya pasaron unas horas. Tengo que adelantar las cosas rápido, porque hoy voy a mi discoteca. Es muy famosa y lujosa; de hecho, la más lujosa del estado.
Necesito resolver algunos problemas y voy a aprovechar la noche para divertirme.
Entonces tocan a la puerta y mi secretaria anuncia que mi hombre de seguridad está aquí.
Es el mismo al que le pedí que levantara información sobre la muchacha de esta mañana.
Deja el informe y empiezo a hojearlo.
Se llama Ana Beatriz Olivares…
23 años…
La madre murió cuando ella nació…
El padre murió de cáncer…
Estudió enfermería y trabaja en el hospital central…
No tiene novio…
Pero veo que sí tuvo uno…
Entonces empiezo a leer y se me empieza a calentar la sangre. ¿Cómo alguien es capaz de hacerle eso a una mujer?
Ese desgraciado debería morir de la peor forma posible. Estoy que ardo de rabia con lo que leo.
Voy a matar a ese desgraciado con mis propias manos.
Termino de leer y arrugo el papel con odio.
Empiezo a caminar de un lado a otro. Ni siquiera sé por qué me afectó tanto; si ni conozco bien a esa mujer.
Pero no dejo de pensar en formas de torturar al desgraciado.
Entonces Alex me llama.
—Lucca, ¿qué pasa? Se nota que estás alterado.
Le cuento la situación y no entiende por qué quedé en ese estado. Ni cuando intentaron secuestrar a Amanda me puse así, pero, la verdad, ni yo sé el motivo.
Salgo enseguida de la empresa; Gustavo y Alex también, porque iremos juntos a la discoteca.
Necesito despejar la cabeza.