Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.
Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.
Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.
Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.
¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?
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Capítulo 11
Una vez que el equipo policial redujo y esposó a los ocho delincuentes, se pusieron en marcha de inmediato para asegurar el lugar. Con rapidez aflojaron las cuerdas que ataban a Ariana y a nana Meche.
Por la puerta de la bodega, abierta de par en par, Renata entró corriendo junto a la fila de agentes, con el rostro descompuesto de angustia.
—¡Ariana...! —llamó, abriéndose paso entre los policías que trabajaban en la escena.
Ariana alzó la cabeza. Los ojos le brillaron de emoción bajo el resto de lágrimas que aún los anegaban.
—¡Rena...!
Sin perder un segundo, Renata la estrechó con fuerza, volcando en ese abrazo un alivio infinito. Ariana le respondió con el cuerpo todavía un poco tembloroso.
—¿Qué pasó en realidad, Ari? ¿Cómo es que terminaste secuestrada? —preguntó Renata, muerta de curiosidad, en cuanto la soltó.
—Después te cuento, Rena... pero no aquí —respondió Ariana en voz baja, acomodándose la ropa que las cuerdas le habían dejado en desorden.
El comisario Ramiro Duarte se acercó, apoyó el fusil contra el costado y miró a Ariana con una expresión cálida, pero sin perder la autoridad.
—Gracias a Dios llegamos a tiempo para salvarte —dijo con suavidad.
Ariana observó un instante a aquel oficial de complexión firme. Una leve arruga le cruzó la frente.
Su cara no me es desconocida..., pensó, tratando de ubicarlo.
Al ver la confusión en el rostro de su amiga, Renata sonrió apenas.
—Es Ramiro, Ari... ¡Es mi hermano!
—¿Ramiro? Dios mío... ¡con razón su cara me resultaba tan familiar! ¡Muchísimas gracias por la ayuda! —Ariana inclinó la cabeza profundamente en señal de respeto, y nana Meche la imitó, agachándose también para dar las gracias.
Ariana volvió a girarse hacia Renata, extrañada.
—Pero... ¿no me habías dicho que tu hermano trabajaba en Singapur, Rena?
Ramiro le dio a su hermana una palmada suave en el hombro antes de responder por ella.
—Ya se los explicaremos todo en la comisaría. Ahora, acompáñennos para dar parte y declarar sobre los sujetos.
Ariana y nana Meche asintieron. Las guiaron hacia el auto patrulla para llevarlas a la jefatura de policía: por seguridad y, a la vez, para completar el expediente.
*
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad ardía una tensión distinta. Edgar movilizaba sin tregua todos los recursos del Grupo Alcázar. Decenas de sus hombres se desplegaron por cada rincón: terminales de autobús, estaciones de tren, el aeropuerto internacional, hasta el puerto. Pero, aunque el sol subía cada vez más alto, el resultado seguía siendo nulo.
Edgar estaba de pie, apoyado en el capó de su auto, a las afueras de una de las grandes estaciones. Su rostro, por lo general rígido, aparecía ahora cubierto de una frustración profunda.
Sus dedos acariciaban con delicadeza la fotografía tamaño carné de Ariana que había tomado de la casa de Mariano.
—Ariana... ¿adónde te fuiste en realidad? —murmuró Edgar apenas, con la mirada cargada de un arrepentimiento y una añoranza que no reconocía en sí mismo—. Tengo tantas ganas de encontrarte... Yo... ¡quiero casarme contigo!
Bruno, de pie a su lado, contemplaba el rostro de su jefe con una lástima honda. Nunca había visto a Edgar Alcázar tan vulnerable y, al mismo tiempo, tan resuelto, y todo por una mujer.
En otro lugar, en la residencia del tío David, el ambiente se había volcado en un pánico feroz. El celular vibró estridente en su mano: era un número desconocido, uno de sus hombres que había logrado escapar de la redada en el puerto.
—Informo, jefe... ¡la policía asaltó el escondite! ¡Un equipo especial rescató a la señorita Ariana y a la vieja! —susurró la voz al otro lado antes de que se cortara la llamada.
¡Crac!
David estrelló la taza contra el escritorio y la hizo añicos. El rostro se le puso lívido, devorado por el pánico. Si Ariana llegaba a abrir la boca ante los investigadores y hablaba de sus amenazas y de sus intenciones, todo su poder y su sueño de arrebatarle el Grupo Alcázar se esfumarían de golpe.
—¡Maldición! ¿Cómo pudo moverse la policía tan rápido? —maldijo, caminando de un lado a otro con la respiración agitada.
Los ojos se le movían enloquecidos mientras su mente retorcida urdía una estrategia de emergencia.
—Tengo que actuar rápido... ¡Debo encontrar a alguien a quien echarle la culpa de todo esto! La policía no puede llegar a saber que fui yo quien está detrás del secuestro.
*
Al llegar a la comisaría, condujeron a Ariana y a nana Meche a una sala de interrogatorios, segura y aislada. Allí, Ariana por fin volcó ante Renata y el comisario Ramiro todo el peso que le oprimía el pecho: desde la trampa de aquella noche aciaga y la prueba de embarazo de esa mañana, hasta el hombre que estaba detrás de todo.
—¿Qué? ¿Así que estás embarazada y el hombre de esa noche era el mismísimo Edgar Alcázar? —chilló Renata histérica, los ojos desorbitados, tragando saliva con dificultad. En esta ciudad, ¿quién no conocía el gran apellido de la familia número uno entre los conglomerados?
Ariana bajó la vista y se pasó la mano por el vientre todavía plano.
—Yo tampoco puedo creer que el hombre de esa noche fuera él... Y quien nos secuestró a nana Meche y a mí es su tío. Se llama David.
Al oír ese nombre, Ramiro esbozó una sonrisa fina, una sonrisa fría, propia de un agente de inteligencia.
—Lo más difícil, justamente, es lidiar con gente poderosa como esa. Seguro saben escurrirse, y dentro de poco intentarán buscar a alguien para hacerlo pasar por chivo expiatorio.
Ramiro le pidió entonces los detalles de la conversación en la bodega. Ariana se lo contó todo sin ocultar nada: la coacción de David para que declarara en falso que Edgar era impotente, y la amenaza de muerte que la equiparaba al destino de Desi.
—Lo mejor es que tú y nana Meche estén en un lugar muy seguro, pero desde luego no en esta ciudad —resolvió Ramiro con firmeza.
Nana Meche intervino en voz baja:
—Tenía pensado llevar a la niña Ariana a mi pueblo, allá en la montaña, oficial. Es un sitio tranquilo, apartado de todo.
Ramiro reflexionó un momento y luego miró a Ariana con gesto reflexivo.
—De acuerdo, pero Ariana tendrá que cambiar de identidad. Su nombre actual ya es blanco de gente sedienta de poder.
—¿Así que... tengo que cambiar de identidad? —preguntó Ariana, inquieta, estrujándose los dedos.
—Sí, Ariana. Pero quédate tranquila, yo te voy a proteger —dijo Ramiro con dulzura. Su mirada irradiaba una compasión profunda; había escuchado de labios de su hermana muchas de las penas de Ariana—. Por ser la mejor amiga de mi hermana, ya te considero como una hermana más. Lo mejor es que partas cuanto antes con nana Meche a su pueblo. Allá dejarás de ser Ariana... Yo despistaré a todos y cambiaré tu identidad por la de Azucena. ¿Qué dices, estás de acuerdo?
Por su propia seguridad y por la del pequeño ser que apenas empezaba a crecer en su vientre, Ariana asintió con firmeza.
—Estoy de acuerdo, Ramiro. Muchísimas gracias...
Para evitar las sospechas de terceros y burlar tanto a los espías de David como a los de Edgar, Ramiro dispuso un vehículo oficial sin identificación de la policía para escoltar la partida de Ariana y nana Meche rumbo a la montaña.
Cuando Ariana se disponía a subir al auto, Renata le sujetó el brazo a su hermano con gesto suplicante.
—Hermano, ¿puedo ir con ustedes?
—No, Rena —rechazó Ramiro, firme pero sereno—. Deja que yo lleve a Ariana. Tú tienes que quedarte aquí para vigilar la situación. Ya asigné a algunos hombres para que te cuiden en secreto. Recuerda: tú serás el próximo blanco de Edgar. Ese hombre sin duda va a rastrearte e interrogarte.
—¿Y qué le contesto, hermano? —preguntó Renata, alarmada.
—Di lo que puedas, hazte la que no sabe nada y compórtate como si esto nunca hubiera pasado —le indicó Ramiro.
Renata tomó aire y asintió con firmeza.
—Está bien, hermano. Lo voy a intentar. Ojalá ese hombre se crea que no tengo idea de dónde está Ariana.
Ramiro sonrió con calidez y le acarició suavemente la cabeza.
—Muy bien. Tú siempre has sido la hermana más lista.
Desde el otro lado del vidrio del auto, Ariana observaba aquel intercambio lleno de cariño entre Ramiro y Renata. Una envidia callada empezó a trepar por los rincones de su corazón. Añoraba esa clase de calor de familia, una caricia tierna en la cabeza que solo había recibido de su difunta madre, antes de que su casa se transformara en un infierno.
El auto policial arrancó despacio y se internó en las calles de la ciudad, llevando a la Ariana que ahora se llamaba Azucena hacia un nuevo refugio, en una tierra desconocida.
Continuará...