Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
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Capítulo 24: Días de Luz y Sombras
La semana de prueba comenzó al día siguiente. Para evitar las miradas inquisitivas de la corte imperial, Emanuel reservó una pequeña villa privada en las colinas que rodeaban la ciudad, un lugar rodeado de pinares y arroyos de agua cristalina.
El primer día, Emanuel llegó vistiendo ropa sencilla de civil: una camisa de lino gris y pantalones oscuros de montar. Trajo consigo una cesta con frutas, pan artesanal y quesos.
Víctor lo esperaba con timidez. Las primeras horas fueron tensas, llenas de silencios incómodos mientras caminaban por los senderos del bosque. Sin embargo, a medida que el sol avanzaba, la conversación comenzó a fluir de manera natural.
Emanuel descubrió que detrás de la apariencia delicada de Víctor había una mente brillante. El joven escriba conocía la historia antigua de Aethelgard y Solaria con un detalle fascinante, dibujaba mapas con una precisión artística asombrosa y poseía un sentido del humor fino y dulce.
—Jamás imaginé que los archivos de la biblioteca guardaran a un erudito tan talentoso —admitió Emanuel mientras almorzaban sobre una manta bajo la sombra de un gran roble.
Víctor sonrió con timidez, bajando la mirada.
—Pasaba horas leyendo los manuscritos que usted enviaba desde el frente de batalla, canciller. Sus informes estratégicos no solo hablaban de tropas; hablaban de proteger a los campesinos y de evitar la ruina de los pueblos. Fue entonces cuando supe que usted era un hombre extraordinario.
Emanuel se quedó helado. La forma en que Víctor lo miraba, con una devoción pura y transparente, hizo que una calidez profunda se extendiera por su pecho.
El tercer día, Emanuel llevó a Víctor a un paseo en bote por el lago de las colinas. El canciller remaba despacio mientras el agua tranquila reflejaba los colores del atardecer.
En un momento, una ráfaga de viento helado hizo que Víctor diera un leve tiritón. Emanuel dejó los remos, se quitó la capa de lana y se acercó a Víctor para colocarla sobre sus hombros. Al hacerlo, sus rostros quedaron a escasos centímetros de distancia.
Emanuel contempló los labios finos de Víctor, la suavidad de su piel y las pestañas doradas que temblaban de anticipación. El instinto de acortar la distancia y besarlo allí mismo fue tan abrumador que Emanuel tuvo que hacer un esfuerzo supremo para contenerse, recordando el pacto del séptimo día.
Víctor notó la duda en los ojos del canciller y le sonrió con ternura, rozando con timidez los dedos de la mano de Emanuel sobre la madera del bote. Emanuel no retiró la mano; en su lugar, entrelazó sus dedos con los del joven, sintiendo una corriente eléctrica que le abrasó la sangre.
Durante el quinto y sexto día, la barrera del canciller severo colapsó por completo. Emanuel ya no asistía a las reuniones del palacio; su mente y su cuerpo pertenecían a la pequeña villa en las colinas.
Habían construido una complicidad íntima y mágica. Cenaban a la luz de las velas, compartían vino y leían poesía junto al fuego de la chimenea. Emanuel se sorprendió a sí mismo riendo abiertamente, relajando los hombros y disfrutando del presente como jamás lo había hecho en su vida.
Sin embargo, a medida que la noche del sexto día llegaba a su fin, el temor comenzó a invadir a Emanuel.
Estaba enamorado. Ya no cabía duda en su mente. Se había enamorado no de una mujer, sino de la ternura, la inteligencia, el alma y la figura hermosa de Víctor. Pero el miedo al prejuicio social, a lo que dirían el imperio y la corte, y a romper con las estructuras de toda su vida, creaba un nudo sofocante en su garganta.
Víctor notó la distancia en la mirada de Emanuel mientras observaban las estrellas desde el balcón de la villa.
—Tiene miedo, ¿verdad? —preguntó Víctor con voz suave, reclinándose contra la balaustrada de piedra.
Emanuel suspiró, pasando una mano por su cabello oscuro.
—Tengo miedo de no ser el hombre que mereces, Víctor. Toda mi vida he sido una armadura de piedra. Contigo me he sentido más vivo que nunca, pero no sé cómo enfrentar al mundo mañana.
Víctor sonrió con una melancolía que rompió el corazón del canciller.
—Mañana es el séptimo día, Emanuel. No piense en el mundo. Mañana solo seremos usted y yo.