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EL IMPERIO DE HIERRO

EL IMPERIO DE HIERRO

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Mafia / Reencuentro / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: Territorio conquistado

La madera crujió bajo la espalda de Valeria cuando Damian intensificó la presión. Su boca no daba tregua: reclamaba cada rincón con una posesión salvaje, devorando el jadeo entrecortado de ella y transformándolo en un combustible oscuro que amenazaba con hacer arder el vagón entero.

Valeria no intentó zafarse de las manos que le apresaban las muñecas sobre la cabeza. En lugar de eso, flexionó los dedos, enredando las uñas contra los nudillos de él y tirando con fuerza hacia abajo, obligándolo a doblar los brazos hasta liberarse de la sujeción.

En cuanto sus manos quedaron libres, no retrocedió. Se aferró al cuello de la camisa empapada de Damian, tirando de la tela con tal violencia que dos botones de nácar saltaron por los aires y rebotaron contra la alfombra con chasquidos secos.

—Si vas a tocarme, Valmont —susurró ella contra sus labios hinchados, mordiéndole el labio inferior hasta sacarle una gota de sangre limpia—, no lo hagas como si fueras mi dueño.

Damian soltó un gruñido ronco, casi un rugido sofocado en el fondo del pecho. El sabor metálico de su propia sangre en la lengua no hizo más que dinamitar los últimos vestigios de su compostura de magnate. Con una mano firme como un grillete de hierro le sujetó la nuca, mientras la otra descendía por su cintura, levantándola del suelo con una facilidad insultante para sentarla de golpe sobre la mesa de caoba, entre las copas volcadas y los informes de aduana.

Los papeles se desparramaron bajo el cuerpo de Valeria. Las piernas de ella, ágiles y fuertes, se abrieron instintivamente para rodear las caderas de Damian, aprisionándolo contra su centro. El contacto fue una colisión de fuego líquido: el calor rotundo del cuerpo de él, duro y tenso bajo la tela del pantalón, presionó directamente contra la fricción del satén de ella.

A Valeria se le escapó un gemido involuntario que murió contra la mandíbula de Damian.

—No quiero ser tu dueño, Valeria —siseó él, con la voz rota por una necesidad que le raspaba la garganta como lija—. Quiero que me mires y admitas que esto no tiene nada que ver con tus estúpidos contratos ni con mi dinero.

—Esto es un error suicida —replicó ella, jadeando mientras sus dedos se hundían en el pelo oscuro y revuelto de él, tirando hacia atrás para obligarlo a mirarla a los ojos—. Eres todo lo que juré que jamás volvería a tener cerca.

—Entonces mátame después —dijo Damian, bajando la boca hacia el hueco de su cuello.

Sus labios eran una tormenta caliente sobre la piel helada por la nieve. Besó la curva de su mandíbula, mordisqueó el pulso frenético de su garganta y descendió con avidez hacia la clavícula. Valeria arqueó la espalda, incapaz de frenar el temblor que le sacudía las extremidades. Sus manos, que diez minutos antes sostenían una pistola con pulso de hielo en una cabina de control, ahora se aferraban a los hombros anchos de Damian, sintiendo las cicatrices bajo sus palmas, la piel ardiendo y los músculos contraídos como rocas.

Damian abrió la camisa de satén marfil de Valeria de un tirón seco.

La prenda resbaló por sus hombros, dejando al descubierto la curva pálida y firme de su pecho, contenido apenas por un sujetador de encaje negro. Damian se detuvo una fracción de segundo, con la respiración entrecortada, devorándola con los ojos. Sus pupilas ámbar estaban tan dilatadas que el dorado parecía un aro de fuego rodeando un abismo negro.

—Eres perfecta —murmuró él, y en su tono no había condescendencia corporativa, sino la reverencia brutal de un hombre que ha encontrado su propia perdición—. Y eres letal.

Deslizó las manos por sus costillas, acariciando la piel suave con las palmas encallecidas, antes de desabrochar el encaje. Cuando sus labios encontraron la piel desnuda de su pecho, Valeria soltó un grito ahogado y arqueó las caderas contra las suyas, clavándole las uñas en la espalda con una fuerza desesperada.

El contraste entre la frialdad del convoy cortando la noche alpina y el incendio que devoraba la mesa era insoportable. Damian no fue dócil, pero cada uno de sus movimientos buscaba una respuesta furiosa en ella. Le acariciaba el vientre plano con dedos largos y firmes, bajando con una lentitud tortuosa hacia el botón de sus pantalones, mientras sus ojos jamás abandonaban los de ella.

—Dime que pare —exigió Damian en un susurro áspero, con los labios rozando los suyos, dándole la última oportunidad de levantar los muros—. Dilo ahora, Valeria. Porque si sigo, no te voy a dejar marchar.

Valeria lo miró fijamente. En sus ojos castaños no había miedo, ni sumisión, ni duda; había una tormenta salvaje, la confirmación de que ambos estaban hechos del mismo barro peligroso y sangriento.

Con un movimiento fluido y descarado, Valeria llevó las manos a la cintura de Damian, desabrochó la hebilla de su cinturón con un clic metálico y empujó el pantalón de él hacia abajo.

—Cállate y hazlo, Valmont —ordenó ella, tirando de él hacia adelante con las piernas—. No te atrevas a hablar como si fueras el único que está ardiendo aquí.

Damian perdió el último gramo de cordura.

Se deshizo de la ropa que quedaba entre ellos con una urgencia feroz. Sus manos encontraron los muslos pálidos de Valeria, levantándola apenas lo necesario para alinear sus cuerpos. Cuando entró en ella, lo hizo de una sola embestida profunda, firme y despiadada que le arrancó a Valeria un sollozo seco contra el hombro.

El impacto la llenó por completo. El mundo exterior —las vías de tren, la nieve de Domodossola, la sangre del sicario en las escaleras y el nombre falso en su pasaporte— se borró de golpe. Solo existía el calor asfixiante de Damian invadiéndola, el ritmo pesado y constante con el que él comenzó a moverse dentro de ella, y la forma en que sus cuerpos encajaban con una precisión dolorosa y adictiva.

Damian cerró los ojos un instante, apoyando la frente contra la de ella mientras sus caderas marcaban un compás implacable.

—Maldita sea, Valeria... —gruñó él entre dientes, con las venas del cuello marcadas por el esfuerzo de no perder el control absoluto—. Me vas a volver loco.

—Muévete... —le exigió ella, clavando los talones en la parte baja de su espalda para obligarlo a profundizar aún más—. No te detengas.

El sonido rítmico del tren balanceándose sobre las vías se mezcló con los jadeos rotos, el roce frenético de la piel contra la piel y los murmullos ahogados de dos personas que se negaban a perder el control pero no podían evitar entregarse por completo. Damian la tomó por las caderas, levantándola en cada embestida, devorándole la boca cada vez que ella intentaba articular una queja o un insulto, transformando su furia en gemidos puros que hacían temblar las paredes del vagón.

Valeria se aferró a él con una necesidad que la asustó hasta la médula. Quería odiarlo, quería recordar que él representaba todo de lo que había huido en Boston; pero el fuego que le quemaba las entrañas era demasiado intenso, una marea ascendente de calor eléctrico que comenzó a contraerle los músculos del vientre en espasmos agudos y deliciosos.

—Damian... —gimió ella, y su voz sonó por primera vez vulnerable, despojada de toda armadura.

Al escuchar su nombre en los labios de ella, Damian apretó los dientes, acelerando el ritmo con una intensidad desesperada. Hundió una mano en su cabello oscuro, tirando suavemente hacia atrás para exponer su cuello mientras sus caderas se movían con una cadencia brutal y perfecta.

Valeria se quebró primero. El orgasmo la golpeó como una ola de choque, tensándole cada músculo del cuerpo mientras una marea ardiente la envolvía por completo. Apretó las piernas alrededor de él, soltando un grito sofocado contra el hueco de su garganta.

La contracción salvaje de ella fue el detonante final para Damian. Con un último empuje profundo y desgarrador, el magnate hundió el rostro en el hombro de Valeria y se vació dentro de ella con un gemido largo y gutural, temblando con una violencia que jamás había permitido que nadie presenciara.

Durante largos minutos, el único sonido en el vagón fue la respiración agitada y sincronizada de ambos.

Damian permaneció inmóvil, apoyando la mayor parte de su peso en los brazos sobre la mesa para no aplastarla, con el rostro escondido en la curva del cuello de ella. Su piel estaba empapada en sudor, caliente y marcada por los arañazos de las uñas de Valeria.

Valeria tenía los ojos cerrados, con los brazos aún envueltos alrededor de la espalda ancha de él. Su pecho subía y bajaba con lentitud, intentando recuperar el ritmo cardíaco normal.

El silencio posterior a la batalla no trajo paz; trajo una certeza gélida y aterradora.

Acababan de cruzar la frontera. No la de Suiza con Italia, sino una mucho más peligrosa: la línea invisible que separaba el desprecio profesional de una intimidad que no admitía vuelta atrás.

Damian levantó despacio la cabeza. Sus ojos ámbar, serenos ahora pero con una posesividad que brillaba más fuerte que nunca, barrieron el rostro de Valeria. Con el pulgar de su mano sana, apartó un mechón de pelo húmedo que se le pegaba a la mejilla, trazando la línea de su mandíbula con una lentitud casi tierna que contrastaba de forma brutal con la violencia de los últimos minutos.

—Ahora sí estamos en problemas, señorita Taylor —murmuró él, con una media sonrisa oscura y cansada.

Valeria abrió los ojos despacio. Lo miró con esa frialdad recuperada a duras penas, aunque sus mejillas aún conservaban el rubor del calor compartido.

—Usted siempre estuvo en problemas, señor Valmont —respondió ella, dándole un empujón leve en el pecho para que se apartara—. Solo que hasta esta noche no tenía idea de qué tan profundos eran.

Damian se incorporó con calma, acomodándose la ropa deshecha sin una pizca de vergüenza, observándola mientras ella se ponía de pie y comenzaba a abotonarse la camisa de satén con dedos firmes que ya no temblaban.

A lo lejos, el silbato de la locomotora anunció la entrada a los suburbios industriales del norte de Milán. Las luces amarillentas de las terminales de carga comenzaron a reflejarse en los ventanales blindados.

En la puerta que conectaba con el vagón delantero sonaron dos golpes discretos.

—Señor —la voz amortiguada de Kassian llegó desde el otro lado—. Entramos a la estación de Rogoredo en diez minutos. El convoy de recepción de los Moretti está en el andén privado. Giancarlo está esperando en persona.

Damian no apartó los ojos de Valeria mientras se abrochaba el botón del cuello.

—Dile a Giancarlo que espere —ordenó Damian con su habitual voz de mando, fría e implacable—. La señorita Taylor y yo tenemos que revisar unas cláusulas antes de bajar a cobrarle lo que nos debe.

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Ada Zulma Lopez
El no la va á dejar salir ni comprar pan😅ella es una estratega EXELENTE invaluable para sus negocios 💛
Ada Zulma Lopez
🙊 Va ser una guerra sin cuartel, van a pelear a capa y espadas, balas 😂si queda alguien vivo a festejar bebé a bordo más casamiento jajaja 😂
Ada Zulma Lopez
Creó que para seguir leyendo necesito una graan dossis de mafia camorra jajaja 😂 🙊 😅
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