Heloísa aprendió a levantarse antes del amanecer, a tomar dos trenes con la vianda en el bolso y una hija dormida en la memoria, a sonreír con la dignidad de quien no le debe nada a nadie. Seis años atrás, un matrimonio se le deshizo entre las manos y una familia poderosa la borró del mapa como quien limpia una mancha. Ella sobrevivió. Se reconstruyó. Enterró aquel nombre para siempre.
Hasta la mañana en que ese nombre volvió a aparecer en la pantalla de su computadora: Vicente Vasconcelos, el nuevo presidente de la empresa. Su exmarido. Su jefe. Y a su lado, una prometida embarazada del brazo y una sonrisa afilada.
Pero hay algo que no encaja. Un osito de peluche gastado que Heloísa juraría reconocer. Una niña de ojos oscuros que la huele y susurra que "huele a mamá". Un hombre de hielo que, de repente, guarda el aroma de un jabón descontinuado y pide "por favor" por primera vez en su vida. Cuanto más intenta Heloísa mantener las distancias, más se derrumban los muros que tardó seis años en levantar… y más cerca queda de una verdad que alguien enterró junto con todo lo demás.
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Capítulo 1
POV: Heloísa
—Helô, llegó la carpeta del nuevo presidente. Está sobre tu escritorio. —Larissa pasó a la carrera por el pasillo de Recursos Humanos, el celular en la mano, los ojos brillándole de puro chisme—. Y oye, dicen que llega hoy. ¡Hoy mismo!
Larissa Andrade trabajaba conmigo desde hacía dos años, compartía conmigo el cafecito aguado del quinto piso y era incapaz de guardar un secreto ni aunque la vida se le fuera en ello.
—Buenos días a ti también —respondí, sin levantar los ojos de la planilla.
Eran las siete y media de la mañana de un lunes y yo ya llevaba ahí cuarenta minutos. Había salido de casa a las cinco. Dos horas de tren y autobús desde la periferia hasta la Faria Lima, con la vianda en el bolso y un recibo vencido en el bolsillo del abrigo, ese que no había logrado pagar el viernes y que iba a acumular intereses hasta el día de cobro. Conté mentalmente lo que quedaba en la cuenta. No quedaba nada.
El tren venía repleto desde la segunda estación. Hice todo el trayecto de pie, la agarradera de cuero agrietada torcida en el puño, la cara de un hombre grandote encajada cerca de mi hombro, el olor a café recalentado y al desodorante de todo el mundo revueltos en el vagón sin aire. En un frenazo más brusco, la esquina de la vianda se me clavó en la costilla, y aguanté la risa pensando que iba a llegar a la oficina con la marca del almuerzo tatuada en el cuerpo. Bajé en la Faria Lima y el mundo cambiaba de cara en dos cuadras: piso lavado, fachadas de vidrio, gente con credencial caminando rápido con audífonos en los oídos. Yo pasaba del revés al derecho en ese trayecto todos los benditos días.
Pero en aquella empresa, de ocho a seis, yo era la licenciada Ribeiro, la de Recursos Humanos. Blazer planchado, el pelo recogido, sonrisa profesional. Nadie tenía por qué saber que había despertado a mi hija en lo oscuro y la había dejado con Dandá antes de que saliera el sol, para que Dandá llevara a la niña a la guardería junto con los demás. Me pasé el dedo por la solapa del blazer, alisando una arruga que había hecho el tren. El blazer era del año pasado, azul marino, el único que todavía pasaba por nuevo si me mantenía lejos de la luz de la ventana.
Acerqué la carpeta que Larissa había dejado sobre mi escritorio. Aurora Tech, filial del Grupo Vinci. Alta de un directivo. Mi trabajo era simple: verificar documentos, armar la ficha, preparar la credencial. Ya lo había hecho mil veces.
Abrí la tapa.
—Vamos a tener que preparar el paquete de alta de él y de una más —siguió Larissa, asomándose por encima de la mampara—. De la prometida. Viene con él. Embarazada, por lo que dijeron. ¿Te imaginas? El tipo asume la presidencia y trae a la mujer embarazada a la empresa el primer día.
—Cada quien sabe lo suyo —murmuré.
—¿No estás ni un poquito curiosa? —Larissa se enroscó un mechón de pelo en el dedo—. Dicen que la familia de él tiene holding y todas esas cosas. Faria Lima de pura cepa. Un hombre así, por lo general, está casado con el espejo.
—Con lo único que estoy curiosa es con saber si esta cafetera todavía hace café o nada más agua caliente con olor. —Acerqué la carpeta—. A trabajar, Lari.
Empecé a llenar el formulario de alta en el sistema. Nombre completo. Cargo. Identificación, documento fiscal, fecha de nacimiento. Mis dedos corrían por el teclado en automático, y mi cabeza ya estaba en el recibo vencido, en la consulta médica de Bel la semana entrante, en el dinero que no iba a alcanzar.
Entonces mis ojos pasaron por el campo del nombre.
Y se detuvieron.
Vicente Vasconcelos.
El bolígrafo se me quedó quieto en el aire, a pocos centímetros del papel. Releí el nombre, como si las letras fueran a cambiar de tanto insistir. Como si fuera una coincidencia, un homónimo, cualquier cosa. Vicente Vasconcelos, nacido en un marzo que me sabía de memoria, hijo de quien yo sabía, con un apellido que un día había sido mío durante dieciocho meses y una firma de registro civil.
Hacía seis años que no veía ese nombre escrito en ningún lado. Lo había borrado de todo. Del celular, de las fotos, de la boca. Hasta había dejado de decirlo en voz alta, como quien deja de hurgarse una herida para que cierre como sea, torcida, pero cerrada.
Y ahora el nombre estaba ahí, en un campo de sistema que yo misma había abierto, esperando que tecleara el resto de sus datos. Que le armara la credencial. Que lo recibiera en la puerta con esa sonrisa de credencial.
Sentí el estómago cerrarse. Las yemas de los dedos se me helaron sobre las teclas. La sala seguía igual, el aire acondicionado zumbando, el teléfono de alguien sonando tres cubículos más allá, Larissa hablando sin parar. Solo que todo se había vuelto lejano, borroso, detrás de un vidrio. Tragué en seco y el café aguado que había tomado me subió un dedo por la garganta.
—¿Helô? —Larissa frunció el ceño—. Te pusiste blanca. ¿Te sientes mal?
—Estoy bien —mentí. Guardé el bolígrafo en el cajón con una calma que no tenía. Cerré el cajón despacio, como si dentro hubiera algo que pudiera despertar—. Es solo que todavía no he tomado café.
En una esquina del escritorio, encima de una de las cajas con el material que ya había empezado a llegar para el despacho de la nueva presidencia, alguien había dejado un osito de peluche. Un oso pardo, sin marca, con una oreja más gastada que la otra, de esos que ya fueron muy apretados por manos pequeñas. No era un obsequio de empresa ni un adorno de recepción. Era un oso de niño, desgastado por el uso, olvidado entre cajas de oficina, y yo no lograba quitarle los ojos de encima. El peluche estaba raído justo en el punto donde un pulgar de niño lo habría frotado mil veces.
Nino.
No. Era solo un oso. Había millones de ellos en el mundo. Estaba viendo fantasmas donde no los había.
Estiré la mano hacia la caja y me detuve a medio camino. Recogí los dedos, cerré el puño sobre el regazo. Respiré hondo y obligué a mis pulmones a trabajar. Tenía una hija en casa esperándome. Tenía un recibo vencido y una consulta que pagar. No importaba quién estuviera en aquel formulario. Iba a teclear los datos, armar la ficha, entregar la credencial e irme a las seis a tomar el tren. Que el pasado se quedara donde yo lo había enterrado.
Volví a poner los dedos sobre el teclado.
Fue entonces cuando el ascensor del fondo del pasillo se abrió.
Oí primero los tacones. Después una voz de mujer, dulce, arrastrada, de esas que saben que las están escuchando.
—Amor, ¿es aquí Recursos Humanos? También tenemos que resolver mis documentos.
Levanté los ojos.
Ella entró primero, una mano apoyada en el vientre redondeado bajo el vestido claro, el otro brazo enganchado al codo del hombre que iba a su lado. Y el hombre que iba a su lado se detuvo en mitad del pasillo, a pocos metros de mi escritorio, y me miró.
Ninguno de los dos se movió.
Y el mundo entero cupo en el espacio entre el vientre de aquella mujer y los ojos de él.
Heloísa