Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.
Hasta que choca con él.
Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.
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El despertar del poder
El sonido de cristal rompiéndose se repitió, más cerca esta vez, seguido de un golpe sordo contra la puerta de entrada que hizo temblar las estanterías y hacer caer un pequeño libro de un estante alto. Wonho se movió en un instante, cruzando la sala con una velocidad que Lucy no habría creído posible, y se detuvo frente a la puerta del pasillo, todo su cuerpo tenso como un arco listo para disparar.
—Quédate detrás de mí —le ordenó sin girarse, y su voz sonó diferente: más profunda, más antigua, con una autoridad que no había escuchado antes.
Lucy no discutió. Se acercó a él y se colocó a su espalda, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas con una fuerza que dolía. El miedo estaba ahí, frío y afilado en el estómago, pero también había algo más: una extraña determinación que crecía en su pecho, como si algo profundo dentro de ella estuviera despertando al sentir el peligro.
—¿Quiénes son? —preguntó en un susurro, aunque sabía la respuesta.
—Recolectores —respondió Wonho, y su voz sonó cargada de una amargura de siglos—. No se andan con rodeos. Quieren los libros. Y te quieren a ti, ahora que saben que has despertado.
Otro golpe, más fuerte esta vez, y la puerta de madera crujió visiblemente, dejando ver una grieta en el centro. Lucy vio cómo Wonho extendía una mano hacia ella sin mirar, buscando la suya. Cuando sus dedos se entrelazaron, ella sintió una corriente de energía fría y poderosa que le recorrió el brazo hasta el corazón, como si él estuviera compartiendo parte de su fuerza con ella.
—Escúchame muy bien —dijo él, girando la cabeza un instante para mirarla a los ojos, y Lucy vio en ellos una mezcla de miedo y orgullo que le partió el alma—. Tú llevas el poder de tu linaje dentro. No solo puedes sentir las historias. Puedes protegerlas. Puedes protegernos a ambos. Cierra los ojos. Siente el libro que compraste en la librería. Siente lo que hay dentro.
Lucy asintió, aunque no entendía del todo qué debía hacer. Cerró los ojos y se concentró en el bolso que colgaba de su hombro, donde guardaba el pequeño volumen de cuero marrón con el símbolo del árbol. Al principio no sintió nada, solo el latido de su propio corazón y los golpes cada vez más fuertes contra la puerta. Pero luego, al concentrarse más, empezó a percibir algo: un zumbido suave, cálido, como si el libro estuviera vivo, como si le hablara en un idioma que su alma entendía pero que su mente aún no lograba descifrar.
Vio imágenes: una mujer de cabello oscuro como el suyo, de pie en una biblioteca idéntica a la del refugio, sosteniendo el mismo libro y enfrentando a figuras oscuras que querían quitárselo. Sintió su valentía, su determinación, su amor por alguien que Lucy reconoció al instante como una versión antigua de Wonho. Y luego sintió el poder: una fuerza cálida que crecía desde el centro de su pecho, expandiéndose por todo su cuerpo como una ola de luz dorada.
La puerta cedió con un estruendo.
Figuras oscuras entraron en el pasillo, tres de ellas, vestidas con túnicas negras que ocultaban sus rostros, moviéndose con una rapidez antinatural. Wonho soltó la mano de Lucy y se interpuso entre ellas y ella, extendiendo ambas manos hacia adelante. Una barrera de luz fría y plateada se formó en el aire, deteniendo a los Recolectores en seco cuando intentaron avanzar.
—No pasarán —dijo Wonho, y su voz resonó en toda la habitación como si hubiera sido amplificada por mil ecos antiguos.
El Recolector del centro, más alto que los otros, levantó una mano y lanzó un rayo de energía oscura contra la barrera. Esta vibró, crujiendo como cristal a punto de romperse. Wonho gruñó, esforzándose por mantenerla, y Lucy vio cómo una gota de sudor frío le recorría la sien. Él no podía aguantar mucho tiempo contra los tres.
Sin pensarlo, Lucy dio un paso adelante. El poder que había sentido dentro seguía creciendo, caliente y brillante, pidiendo salir. Extendió una mano hacia la barrera de Wonho, concentrándose en esa sensación de valentía que había visto en la mujer de las visiones, en ese deseo de proteger lo que amaba.
—Déjame ayudarte —dijo, y su propia voz sonó extraña a sus oídos, más fuerte, más antigua.
Una luz dorada salió de sus dedos, mezclándose con la barrera plateada de Wonho. Esta se fortaleció al instante, brillando con una intensidad que hizo que los Recolectores retrocedieran, cubriéndose el rostro con las manos. Wonho giró la cabeza para mirarla, y sus ojos se abrieron de par en par con asombro y algo que pareció orgullo.
—No sabía que podías hacer eso —murmuró, casi para sí mismo.
—Tampoco yo —respondió Lucy, y sonrió a pesar del peligro.
El Recolector principal rugió de frustración, una voz rasposa y sin humanidad que heló la sangre de Lucy. Hizo un gesto con la mano, y los otros dos atacaron por los flancos, rodeando la barrera. Wonho tuvo que dividir su atención para reforzar los lados, y la parte central se debilitó. El líder aprovechó el descuido y lanzó otro rayo, esta vez más potente, que rompió la barrera en mil fragmentos de luz que se desvanecieron en el aire.
Wonho fue lanzado hacia atrás por la fuerza del impacto, chocando contra una estantería y haciendo caer media docena de libros. Lucy gritó su nombre, impulsada por un terror que no conocía, y corrió hacia él sin pensar en su propia seguridad.
El Recolector líder avanzó hacia ella, moviéndose con una lentitud deliberada y amenazante. Lucy retrocedió un paso, sintiendo cómo el poder dorado dentro de ella se agitaba, pero también cómo el miedo intentaba apagarlo. No tenía práctica. No sabía controlarlo. ¿Y si no era suficiente?
—La guardiana renacida —dijo la criatura, y su voz sonó como piedras rozándose entre sí—. El jefe querrá verte personalmente. Entregame los libros y vendrás conmigo sin sufrir.
Lucy miró hacia atrás, hacia Wonho que se incorporaba con dificultad, con un corte en la frente que le manchaba la sangre la mejilla. Miró hacia los libros que los rodeaban, historias y promesas que habían sobrevivido siglos gracias a guardianes como él. Miró hacia adentro de sí misma, hacia ese poder que acababa de despertar. Y tomó una decisión.
No se rendiría.
—No tendrás nada —respondió ella, y esta vez su voz no tembló.
Extendió ambas manos hacia adelante, concentrando todo lo que sentía, todo lo que era, todo el amor que ya sentía por Wonho y por este mundo de secretos que acababa de descubrir. La luz dorada estalló de ella con una intensidad que la cegó por un instante, expandiéndose por toda la habitación como una ola. Los Recolectores gritaron, una mezcla de dolor y rabia, al ser alcanzados por la luz, y retrocedieron tambaleándose, como si el poder de Lucy les quemara.
Wonho aprovechó el momento. Se puso de pie de un salto, ignorando la herida en la frente, y extendió ambas manos hacia el techo. Una ráfaga de viento frío y poderoso barrió la habitación, levantando polvo y páginas sueltas, y una puerta secreta se abrió en la pared del fondo, revelando un pasillo oscuro.
—¡Lucy, ven! —gritó él, extendiéndole la mano.
Ella no dudó. Corrió hacia él, agarró su mano, y ambos se lanzaron por el pasillo secreto justo cuando los Recolectores se recuperaban y lanzaban nuevos ataques que chocaban contra la pared justo detrás de ellos. La puerta se cerró de golpe tras ellos, encerrando el ruido y el peligro afuera, dejándolos en una oscuridad suave y relativa seguridad.
Corrieron por el pasillo en penumbras, agarrados de la mano, sin mirar atrás. Lucy sentía cómo el poder dorado se apagaba poco a poco dentro de ella, dejándola agotada pero extrañamente viva, consciente de que ya no era la misma chica que había entrado en aquel refugio unas horas antes. Había despertado. Y nada volvería a ser como antes.
Finalmente llegaron a una pequeña habitación subterránea iluminada por una sola lámpara de aceite. Wonho se detuvo allí, apoyándose en la pared para recuperar el aliento, y Lucy lo miró con preocupación al ver la sangre que le corría por la mejilla.
—Estás herido —dijo ella, acercándose para tocarle la frente con delicadeza.
Wonho atrapó su mano entre las suyas y la besó los nudillos con una ternura que le hizo olvidar todo el peligro, todo el cansancio, todo el miedo.
—Estoy bien —respondió él, mirándola a los ojos con una intensidad que le quitó el aliento—. Tú… lo que hiciste allá atrás… Lucy, no tienes idea de lo increíble que eres.
Ella sonrió, aunque sentía cómo las lágrimas se le acumulaban en los ojos de la emoción y el agotamiento.
—Aprendí de los mejores —respondió.
Wonho la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza, y Lucy se dejó llevar, sintiendo su corazón latir al unísono con el de él. Sabían que el peligro no había pasado. Sabían que los Recolectores los buscarían por toda la ciudad. Sabían que la guerra había comenzado oficialmente.
Pero en ese momento, abrazados en la penumbra, con la certeza de que estaban juntos y que su poder era más fuerte cuando se unían, también sabían otra cosa: nada ni nadie podría separarlos jamás. No esta vez.