Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.
Hasta que choca con él.
Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.
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El adiós que no se dijo
El lunes amaneció con un cielo gris plomizo que parecía reflejar el estado de ánimo de Lucy. Era su último día en la ciudad antes de partir. Mañana mismo, al amanecer, se encontraría con Wonho en las afueras para emprender el viaje hacia el norte. Y aunque sabía que era necesario, que el destino de todos los guardianes dependía de ello, el corazón le dolía como si estuviera a punto de perder algo irrecuperable.
Fue a la universidad con paso lento, observando cada detalle como si quisiera grabarlo en su memoria: los árboles que bordeaban la avenida, la panadería donde siempre compraba medialunas en las mañanas de prisa, los estudiantes que reían en la parada del autobús. Todo seguía igual, y sin embargo para ella todo había cambiado. Mañana no estaría aquí. Mañana estaría en un camino que nadie más de su mundo cotidiano siquiera sabía que existía.
En el aula, Mara la esperaba en su lugar de siempre con una sonrisa. Pero cuando Lucy se sentó a su lado, su amiga la miró con atención y su expresión se serió al instante. Llevaban años siendo amigas; conocía cada gesto, cada cambio de humor, cada mirada que Lucy intentaba ocultar.
—Oye, ¿qué te pasa? —preguntó en voz baja, inclinándose hacia ella para que nadie más las escuchara—. Estás más distraída que de costumbre. Y tienes la mirada triste. ¿Algo salió mal con tu madre? ¿O son los exámenes?
Lucy forzó una sonrisa, aunque sentía que se le rompía el corazón. No podía decirle que se iba. No podía decirle que quizás no volviera a tiempo para las pruebas, ni que se adentraba en un mundo de peligros y secretos que su amiga jamás podría imaginar. Solo podía ocultarlo, una mentira más que se sumaba a las que ya cargaba en el pecho.
—Nada grave —respondió, evitando su mirada un instante—. Solo… estoy un poco abrumada. Muchas cosas en la cabeza, ya sabes. Estudio, cosas de casa… no sé, me siento un poco sola últimamente.
No era una mentira del todo. Se sentía sola. Cargar con un secreto tan grande, sin poder compartirlo con la persona que más quería en el mundo, le pesaba más de lo que imaginaba.
Mara la miró durante largo rato, como si intentara leerle el pensamiento. Luego metió la mano en su mochila y sacó una pequeña caja de cartón azul, atada con una cinta de raso del mismo color. Se la extendió a Lucy con una sonrisa tímida y cariñosa.
—Te hice esto —dijo—. No es nada del otro mundo, pero lo encontré el otro día y pensé en ti. Para que cuando te sientas abrumada, lo mires y recuerdes que no estás sola. Que siempre estaré aquí para ti, pase lo que pase.
Lucy tomó la caja con manos temblorosas. La abrió despacio y encontró dentro un dije pequeño de plata, con la forma de dos corazones entrelazados. Junto a él había una nota escrita con la letra inconfundible de Mara: “Las almas gemelas no necesitan estar juntas para saber que se pertenecen. Cuenta conmigo siempre”.
Las lágrimas se le escaparon sin poder evitarlo. Abrazó a su amiga con fuerza, aferrándose a ella como si ese abrazo pudiera detener el tiempo, como si pudiera quedarse allí para siempre en su vida de estudiante, sin secretos ni peligros ni destinos escritos hace siglos. Mara no sabía que este era un adiós. No sabía que Lucy estaba a punto de desaparecer de su vida por un tiempo, quizás para siempre. Y esa ignorancia hacía que el momento fuera aún más doloroso.
—Gracias —susurró al oído—. Eres la mejor amiga que alguien podría desear. Jamás te olvidaré.
Mara le devolvió el abrazo, riendo un poco con emoción y confundida por la intensidad de la reacción de Lucy.
—Oye, no te pongas así —dijo, dándole una palmadita en la espalda—. Solo es un regalo chiquito. No es para llorar. ¿Segura que todo está bien?
Lucy asintió, limpiándose las lágrimas rápidamente antes de que alguien más las notara.
—Todo está bien —respondió, forzando una sonrisa más convincente esta vez—. Es que… nadie me había dado algo tan bonito en mucho tiempo. Gracias de verdad.
Guardó el dije en el bolsillo interior de su abrigo, cerca del corazón, junto al colgante que Wonho le había dado. Dos regalos de dos mundos diferentes, dos amores que ahora formaban parte de quien ella era.
Esa tarde regresó a casa temprano para ayudar a su madre a preparar la cena. No hablaban mucho, pero el silencio entre ellas era cálido, cómodo, el silencio de quienes se conocen lo suficiente como para no necesitar palabras. Su madre la miraba de reojo de vez en cuando, con esa expresión de preocupación contenida que Lucy conocía tan bien. A diferencia de Mara, ella sí sabía que Lucy se iba de viaje. Y aunque no conocía la verdad detrás de ese viaje, intuía que había algo más que un simple taller de estudios.
Cuando terminaron de cenar, su madre se levantó y fue a su habitación. Regresó minutos después con una pequeña caja de madera en las manos, tallada con flores que Lucy reconocía de su infancia. Se la entregó con una ternura que le partió el alma.
—Esto era de tu abuela —dijo suavemente—. Ella siempre decía que protegía a quienes lo llevaban consigo. Creo que ahora te pertenece.
Lucy abrió la caja y encontró un pañuelo de seda azul, con bordados de hilos dorados que formaban el mismo símbolo del árbol que ella llevaba en el pecho. Dio un vuelco al corazón. Su abuela… ¿había sido también una guardiana? ¿Había llevado ese mismo poder que ahora despertaba en ella?
—Es precioso —dijo, con la voz quebradiza.
Su madre le acarició el cabello con suavidad.
—Ten cuidado, Lucy —le dijo, y por primera vez hubo un temor real en su voz—. No importa dónde vayas, no importa lo que hagas… tu hogar siempre estará aquí. Y yo siempre estaré esperándote. Llámame todos los días, ¿me prometes? Aunque sea un minuto. Necesito saber que estás bien.
Lucy la abrazó con todas sus fuerzas, dejando que las lágrimas cayeran libremente esta vez. Quería decirle la verdad. Quería pedirle perdón por mentirle, por ocultarle quién era realmente, por el peligro que corría. Pero no pudo. Sabía que protegerla significaba mantenerla alejada de esa verdad.
—Volveré —prometió, una y otra vez, como si repetirlo pudiera hacerlo más cierto—. Volveré, mamá. Lo prometo.
Por la noche, cuando toda la casa quedó en silencio, Lucy terminó de preparar su maleta. Metió el pañuelo de su abuela en el fondo, junto al colgante de Wonho y el dije de Mara. Tres objetos, tres amores, tres razones para volver con vida. Guardó el libro de cuero en un compartimento secreto de la mochila, asegurándose de que estuviera bien protegido. Y finalmente, miró alrededor de su habitación una última vez, grabando cada detalle en su memoria.
Salió de casa sin hacer ruido, cerrando la puerta con una suavidad que dolió en el alma. La calle estaba desierta, iluminada solo por las farolas que proyectaban halos de luz amarilla sobre el pavimento mojado. Caminó hacia las afueras de la ciudad, sintiendo cómo cada paso la alejaba más de todo lo que conocía, de todo lo que amaba.
Wonho la esperaba en el lugar acordado: un viejo puente de piedra que cruzaba el río a la salida de la ciudad. Estaba de pie apoyado en la barandilla, mirando el agua correr en la oscuridad, con una mochila grande a sus pies y el libro principal bajo el brazo. Al escuchar sus pasos, se giró y una sonrisa suave iluminó su rostro, aunque sus ojos seguían cargados de esa seriedad que el peligro le había dado.
—Llegaste —dijo, acercándose a ella.
—Aquí estoy —respondió Lucy, aunque su voz sonó más débil de lo que esperaba.
Wonho notó su estado de ánimo de inmediato. Le tomó las manos entre las suyas, mirándola a los ojos con una ternura infinita.
—Duele dejarlo todo atrás —dijo, no como una pregunta, sino como una constatación. Él sabía de lo que hablaba. Había estado dejando cosas atrás durante siglos—. Pero recuerda por qué lo hacemos. Por tu madre, por Mara, por todas las personas que viven sus vidas sin saber que alguien las protege. Por la oportunidad de estar juntos sin tener que escondernos nunca más.
Lucy asintió, limpiándose una lágrima con el dorso de la mano. Él tenía razón. No se iba por gusto. Se iba para proteger todo lo que amaba, para asegurar que esas vidas cotidianas que tanto valoraba pudieran seguir existiendo sin miedo.
—¿Estás lista? —preguntó Wonho, después de un momento de silencio.
Antes de que ella pudiera responder, la marca en su pecho dio un vuelco fuerte y doloroso. Wonho se tensó al instante, todo su cuerpo en alerta, y miró hacia la oscuridad del bosque que bordeaba el camino.
—Están aquí —dijo en un susurro, tomando la mochila y agarrando la mano de Lucy con fuerza—. Los Recolectores. Nos siguieron.
Lucy sintió cómo el miedo le recorría la espalda, pero esta vez no se dejó paralizar por él. Apretó la mano de Wonho con fuerza, sintiendo el colgante de plata latir cálido contra su pecho.
—¿Qué hacemos? —preguntó, con una calma que la sorprendió a sí misma.
Wonho miró hacia el norte, donde el camino se perdía entre los árboles oscuros. Luego miró a Lucy, y en sus ojos oscuros brilló una determinación de acero.
—Corremos —dijo simplemente—. Corremos y no nos detenemos hasta que estemos seguros. Juntos.
Y antes de que las figuras oscuras pudieran emerger de la sombra de los árboles, ambos echaron a correr de la mano, dejando atrás la ciudad, la luz de las farolas, la vida cotidiana que Lucy amaba. El viento le golpeaba el rostro, el corazón le latía a mil por hora, y sin embargo, mientras corría de la mano de Wonho hacia la oscuridad del norte, Lucy supo que no estaba huyendo. Estaba avanzando. Estaba luchando. Y lo más importante de todo: no estaba sola.
El viaje había comenzado oficialmente.