Valentina Montenegro tenía una vida perfecta en París, hasta que una noche se dejó llevar por un desconocido que le robó el corazón… y desapareció a la mañana siguiente.
Meses después, tras sobrevivir a un atentado, su padre la obliga a regresar al país y le asigna un escolta.
Gael Santoro.
El hombre que Valentina reconoce como aquel desconocido de París.
Solo hay un problema:
Gael nunca estuvo en París.
Ahora, escondida en una finca que guarda más secretos de los que imagina, Valentina tendrá que convivir con el hombre que asegura no conocerla.
Pero mientras intenta descubrir quién le mintió aquella noche, podría terminar enamorándose del hombre equivocado… otra vez.
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Capitulo 11
Thiago
Llegué a la finca poco después de las once de la mañana.
Antes de bajar de la camioneta, miré hacia la casa.
Mi hermano me había dado una sola instrucción.
Cuida a Valentina.
Fácil.
O eso pensé.
—¿Dónde está la princesa? —pregunté al primer trabajador que encontré.
—En la terraza.
—¿Y está sola?
—Sí.
Asentí y caminé hacia la casa.
Mientras avanzaba, no pude evitar sonreír.
Había escuchado bastante sobre ella durante las últimas semanas.
Valentina Montenegro.
La hija de Augusto Montenegro.
La modelo que había regresado de París después de recibir amenazas.
La mujer a la que mi hermano debía proteger.
Y, por supuesto...
La mujer que no tenía la menor idea de quién era yo realmente.
Ese detalle era bastante incómodo.
Porque yo sí sabía perfectamente quién era ella.
Tres meses atrás había conocido a Valentina en París.
Aunque aquella noche no me había presentado como Thiago.
Había utilizado el nombre de mi hermano.
Gael.
Todavía recordaba aquella noche con demasiada claridad.
La música.
Las copas.
Su risa.
La manera en que hablaba de sus sueños como si pudiera conquistar el mundo entero.
Y aquel beso que había terminado llevándonos a su apartamento.
También recordaba la mañana siguiente.
Había despertado con una sensación horrible.
No porque me arrepintiera de haber estado con ella.
Sino porque sabía que no podía quedarme.
Mi vida era un desastre.
La deuda.
Los problemas.
La gente equivocada que me estaba buscando.
Y, sobre todo, mi hermano.
No podía involucrarla.
Así que había dejado aquella nota.
Lo siento, no puedo.
Había sido cobarde.
Lo sabía.
Pero había creído que era lo mejor.
Ahora la mujer de aquella noche estaba en la finca de mi hermano.
Y lo peor era que ella creía que Gael era el hombre que la había abandonado.
La ironía era casi cruel.
Entré a la terraza.
Ella estaba de espaldas a mí.
Llevaba ropa sencilla, completamente diferente a la imagen que había visto de ella en revistas y redes sociales.
Aun así, era imposible no reconocerla.
—¿Valentina?
Se giró.
Sus ojos se encontraron con los míos.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Yo sentí que se me cerraba la garganta.
Ella, en cambio, simplemente inclinó la cabeza.
—¿Sí?
Sonreí.
—Soy Thiago.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿El hermano de Gael?
—El mismo.
Se acercó.
—Mucho gusto.
Extendió la mano.
La estreché.
Y tuve que hacer un esfuerzo enorme para no quedarme mirándola demasiado.
—El gusto es mío.
—Gael me habló de ti.
Eso me sorprendió.
—¿Qué dijo?
—Que eres menor que él.
—Una descripción bastante precisa.
Ella soltó una risa.
—También dijo que eres impulsivo.
—Eso no es cierto.
Valentina me miró.
—¿No?
—Bueno... quizá un poco.
Se rio.
Y por un instante fue exactamente como aquella noche en París.
La misma sonrisa.
La misma mirada.
Tuve que apartar los ojos.
—¿Gael te dejó aquí?
—Sí. Dijo que debía cuidarte.
—¿Él siempre da órdenes?
—Constantemente.
—Entonces sí es mi hermano.
Sonrió.
Me apoyé contra la baranda.
—¿Cómo te sientes?
—Mejor.
—¿El brazo?
—También.
—Bien.
Ella me observó.
—Te pareces un poco a él.
—Eso dicen.
—Pero eres más simpático.
Solté una carcajada.
—Voy a tomar eso como un cumplido.
—Lo es.
Me quedé mirándola.
Era extraño estar frente a ella y escucharla hablar de mi hermano.
Pero todavía más extraño era saber que, en su cabeza, yo no era nadie.
Solo el hermano menor del hombre que odiaba.
—¿Gael te cae bien? —pregunté.
Valentina hizo una mueca.
—A veces.
—¿Solo a veces?
—Es complicado.
—¿Por qué?
Ella se cruzó de brazos.
—Es demasiado serio. Demasiado rígido. Parece que nació con cara de pocos amigos.
Me reí.
—Eso sí es cierto.
—Y cree que puede decidir todo por mí.
—También es cierto.
—Pero...
Se quedó callada.
—¿Pero?
Bajó la mirada.
—Me ha protegido.
Sonreí ligeramente.
—Mi hermano es bueno en eso.
Valentina levantó la mirada.
—¿Siempre ha sido así?
La pregunta me tomó desprevenido.
—¿Así cómo?
—Protector.
Pensé en nuestra infancia.
En todas las veces que Gael había puesto su cuerpo delante del mío.
En las veces que había resuelto problemas que yo había provocado.
En cómo había entregado prácticamente todo lo que tenía para salvarme.
—Sí —respondí—. Siempre.
Ella sonrió.
—Se nota.
Sentí una punzada de culpa.
Porque si ella supiera quién era yo realmente...
Probablemente esa sonrisa desaparecería.
—¿Y tú qué haces? —preguntó.
—Ayudo a mi hermano con algunos asuntos.
—¿En la finca?
—Entre otras cosas.
—¿Eres vaquero?
—No exactamente.
—¿Entonces?
—Digamos que hago un poco de todo.
Ella soltó una risita.
—Eso suena muy misterioso.
—No soy misterioso.
—Claro que sí.
La observé durante unos segundos.
No podía contarle la verdad.
Todavía no.
No mientras existieran amenazas.
No mientras mi hermano siguiera intentando descubrir quién estaba detrás de todo.
Y, sobre todo, no mientras ella siguiera creyendo que el hombre de París era Gael.
—¿Te gusta vivir aquí? —preguntó.
—Sí.
—¿Y París?
Me quedé quieto.
Ella había mencionado París.
No sabía si era una coincidencia.
Probablemente sí.
—Nunca he vivido allí —respondí.
—Ah.
Volvió a mirar el paisaje.
—Yo sí.
Hubo un silencio.
—¿Lo extrañas?
—Muchísimo.
Su voz cambió.
—Allí estaba mi vida.
Sentí algo extraño en el pecho.
—¿Y hay alguien que extrañes?
Ella negó con la cabeza.
—No.
Demasiado rápido.
La observé.
—¿Segura?
—Completamente.
No dije nada.
Entonces ella suspiró.
—Bueno... quizá hubo alguien.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
—¿Alguien importante?
—No.
—Entonces no era importante.
Me miró.
—Eso pensé.
La forma en que lo dijo me dolió más de lo que esperaba.
—¿Qué pasó?
—Conocí a un hombre.
Bajé la mirada.
—¿En París?
—Sí.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Y?
Ella hizo una pequeña mueca.
—Fue una noche.
Una sola noche.
—Al día siguiente desapareció.
No supe qué decir.
—Ni siquiera me dio una explicación —continuó—. Solo dejó una nota.
Tragué saliva.
—¿Qué decía?
Valentina respondió sin mirarme.
—“Lo siento, no puedo”.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Aquella frase.
Mi frase.
La misma que había dejado junto a su cama.
—¿Y todavía piensas en él? —pregunté intentando mantener la voz estable.
—No.
Mentía.
Se notaba.
—Aunque...
Me miró.
—A veces me pregunto por qué lo hizo.
No pude sostenerle la mirada.
Porque por primera vez entendí que mi cobardía no había terminado aquella mañana en París.
Había cruzado el océano conmigo.
Y ahora estaba sentada frente a mí.
—Quizá tenía una buena razón —dije.
Valentina soltó una pequeña risa amarga.
—Eso es lo que dicen las personas cuando quieren justificar a alguien.
—Tal vez.
—Yo prefiero pensar que simplemente fue un idiota.
No pude evitar sonreír.
—Eso también es una posibilidad.
Ella me miró divertida.
—¿Tú qué habrías hecho?
La pregunta me golpeó directamente.
—Probablemente habría hecho lo mismo.
—Entonces también eres un idiota.
—Probablemente.
Se rio.
Y yo también.
Pero por dentro estaba pensando en otra cosa.
Mi hermano no sabía toda la historia.
Valentina tampoco.
Y por ahora, el secreto seguiría siendo mío.
Aunque había algo que no podía dejar de pensar.
Si algún día ella descubría que el hombre que había conocido en París no era Gael...
sino yo...
no sabía si volvería a mirarme de la misma manera.
Thiago Santoro, 24 años