NovelToon NovelToon
Los Días Que No Viviste

Los Días Que No Viviste

Status: En proceso
Genre:Venganza
Popularitas:62
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: El refugio

Caminan durante más de una hora por calles secundarias, evitando las avenidas principales y las cámaras de seguridad. Elena lleva el ritmo, firme, como si hubiera recorrido ese camino cientos de veces. Leo la sigue, con la mochila al hombro y el peso de los documentos recién encontrados en su interior.

El barrio cambia a medida que avanzan. De las calles empedradas del centro histórico pasan a zonas industriales, con naves abandonadas y talleres cerrados. El olor a salitre se mezcla con el de aceite quemado y hierro oxidado.

—¿Dónde está ese refugio? —pregunta Leo, con la respiración entrecortada.

—Cerca —responde Elena sin mirarlo—. En una antigua fábrica de conservas. Nadie la usa desde hace años. Tú la compraste con un nombre falso hace mucho tiempo, antes de la misión.

Llegan a una verja metálica cubierta de maleza. Elena saca una llave pequeña y abre un candado oxidado. La verja se abre con un chirrido que parece desgarrar el silencio de la noche.

Al otro lado, un edificio de ladrillo visto, con ventanas tapiadas y un cartel casi borrado que dice "Conserveras del Norte". Elena lo guía hacia una puerta lateral, oculta entre dos contenedores de basura.

—Aquí —dice, girando la llave.

La puerta se abre a un espacio amplio, lleno de sombras. Elena enciende una linterna y la luz revela un antiguo almacén, con estanterías vacías y máquinas cubiertas por lonas. Pero al fondo, hay una puerta de metal que parece más moderna que el resto del edificio.

—Eso es nuevo —dice Leo.

—Tú lo pusiste —responde Elena—. Después de la misión. Cuando planeaste todo.

Entran. La puerta de metal conduce a una pequeña habitación con un colchón en el suelo, una mesa, una silla y una estantería con latas de comida, botellas de agua y un botiquín. Hay también un generador portátil y un teléfono satelital.

—Es pequeño —dice Leo—, pero suficiente.

—Sí —dice Elena, dejando la mochila en el suelo—. Es seguro. Nadie sabe que existe, excepto nosotros dos. Y ahora que tú no recordabas, solo yo.

Leo se sienta en la silla, agotado. El dolor en su brazo, donde la inyección del reactivador entró, se ha convertido en un latido constante. Pero también siente que su mente está más clara que antes. Los fragmentos de memoria empiezan a asentarse como piezas de un rompecabezas que lentamente va tomando forma.

Saca la carpeta marrón y la abre sobre la mesa. Los informes, los mapas, las fotografías. Comienza a revisarlos uno por uno.

—¿Qué buscas? —pregunta Elena, sentándose frente a él.

—Pistas —responde Leo—. El yo del pasado dejó esto para el yo del presente. Tiene que haber algo aquí que me guíe hacia el siguiente fragmento.

—El árbol de hierro —dice Elena—. Ya sabes dónde está.

—Lo sé, pero no sé exactamente qué buscar allí. "Donde te convertiste en quien eres." ¿Qué significa eso? ¿La base de entrenamiento? ¿O algo más?

Elena guarda silencio. Mira la carpeta con atención, y Leo nota que sus dedos se tensan sobre la mesa.

—La base de entrenamiento fue donde te enseñaron a ser un agente —dice finalmente—. Pero también fue donde ocurrió algo importante. Algo que cambió tu vida.

—¿Qué?

Elena levanta la mirada. Sus ojos verdes parecen más oscuros en la penumbra.

—No puedo decírtelo —responde—. Eso es algo que tú mismo tienes que recordar. Pero puedo darte una pista: no fue un entrenamiento lo que ocurrió allí. Fue un encuentro.

—¿Un encuentro con quién?

—Con la única persona que sabía todo sobre ti. La única que conocía tus miedos, tus deseos, tus debilidades. Alguien que ya no está.

Leo frunce el ceño. ¿Alguien que ya no está? ¿Otro fantasma que emerge de su pasado?

—¿Estás hablando de la rubia? —pregunta—. ¿Irene?

—No —dice Elena, y hay un destello de dolor en su voz—. Hablo de alguien anterior. Alguien que murió antes de que todo esto empezara. Alguien que tú... que tú no pudiste salvar.

La frase cae entre ellos como una piedra en un lago. Leo siente que el aire se vuelve más denso. No sabe de quién está hablando, pero su pecho se contrae como si su cuerpo sí lo supiera. Como si el dolor estuviera grabado en sus huesos, esperando a ser liberado.

—¿Su nombre? —pregunta, casi sin aliento.

—No —dice Elena, y se levanta—. No ahora. Cuando llegues al árbol de hierro, lo recordarás. O no. Pero yo no puedo decírtelo. No es mi historia.

Leo la mira, y ve que no está mintiendo. Hay algo en su rostro que no es engaño, sino respeto. Un respeto por el dolor que él mismo se infligió al olvidar.

—Está bien —dice, aunque no lo está—. Mañana iremos a la base de entrenamiento.

—No —dice Elena—. Iremos dentro de dos días. Necesitas descansar. Y yo necesito conseguirnos un coche que no pueda ser rastreado. El Renault está marcado. Vergara ya lo tiene en sus sistemas.

—¿Cómo vas a conseguir un coche?

—Tengo contactos —responde—. Personas que aún me deben favores. Tú también las conoces, pero no las recuerdas. Confía en mí.

Leo asiente. La palabra "confía" vuelve a aparecer, y él la acepta como la única moneda que tiene.

Elena se prepara para salir. Antes de irse, se detiene en la puerta.

—Hay algo más que deberías saber —dice.

—¿El qué?

—Vergara no es el único que te busca. Hay alguien más. Alguien que quiere el archivo para usarlo en su propio beneficio. No sé quién es, pero sé que está más cerca de lo que crees.

—¿T?

—Quizás —dice Elena—. O quizás no. Pero ten cuidado. Incluso conmigo, ten cuidado. No todo el que te dice que te está ayudando, realmente te está ayudando.

Y con esa advertencia, sale por la puerta de metal, dejando a Leo solo en la penumbra.

Se queda sentado un largo rato, mirando la carpeta abierta sobre la mesa. Las fotos, los informes, las pistas. Todo está ahí, esperando a ser descifrado. Pero también está la duda, como una sombra que se extiende por su mente.

¿Por qué Elena no quiere decirle quién es esa persona que no pudo salvar? ¿Qué le ocurrió? Y, sobre todo, ¿por qué él eligió olvidarla?

Se levanta y camina hacia la ventana tapiada. Hace un pequeño hueco entre las tablas y mira hacia afuera. La noche sigue oscura, pero el este comienza a clarear.

No puede dormir. No con todas estas preguntas ardiendo en su cabeza.

Así que vuelve a la mesa, abre la carpeta y comienza a leer. Documento por documento. Nombre por nombre. Intentando encontrar la pieza que le falta.

Y después de casi una hora, la encuentra.

Una fotografía antigua, amarillenta por el tiempo, pegada con cinta adhesiva a la última página de un informe. En ella, un grupo de personas uniformadas, con el rostro serio, frente a un edificio que reconoce: la base de entrenamiento.

Pero lo que le llama la atención no es el edificio. Es la persona que está en el centro de la foto. Una mujer joven, con el cabello oscuro recogido y una sonrisa que parece fuera de lugar en medio de tanta seriedad.

No es Elena. No es Irene.

Es otra mujer. Y cuando sus ojos se posan en su rostro, una punzada de dolor le atraviesa el pecho, tan intensa que tiene que apoyar las manos en la mesa.

La conoce. No recuerda su nombre, pero su cuerpo sí la reconoce. Su corazón, su respiración, sus manos que tiemblan al tocar la foto.

—¿Quién eres? —susurra.

La mujer lo mira desde el papel, con esa sonrisa que parece saber algo que él no sabe.

Y en su pecho, una respuesta que no puede expresar con palabras.

Alguien que amaste.

Alguien que perdiste.

Alguien que juraste no olvidar jamás.

Pero olvidaste. Y ahora, el eco de ese olvido duele más que cualquier bala.

Leo guarda la foto en el bolsillo de su chaqueta, junto a las otras notas y recuerdos. Siente que está más cerca de la verdad, pero también más lejos de la paz.

Mira hacia la puerta de metal, esperando que Elena regrese.

Pero ella no vuelve.

Y la noche se alarga, fría y silenciosa, mientras Leo espera, con la foto de la mujer desconocida contra su pecho, y la promesa de que, pase lo que pase, llegará hasta el árbol de hierro.

Aunque le cueste la vida.

1
valeska garay campos
se lee interesante 🤔👀
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play