Denmet es una joven soñadora que estudia gastronomía y lucha por construir un futuro lejos de las dificultades de su pasado. Cuando una oportunidad laboral la lleva a trabajar a la imponente mansión Kivilcim, jamás imagina que aquel empleo cambiará su vida para siempre.
En aquella casa vive Güner Kivilcim, un hombre atractivo, poderoso y profundamente solitario. Desde la muerte de su esposa, Fraize, Güner se ha convertido en un hombre frío y distante. Convencido de que fue traicionado por la mujer que amaba, decidió cerrar su corazón y dedicar toda su existencia al imperio empresarial de su familia.
Pero detrás de la aparente muerte accidental de Fraize se esconde una historia mucho más oscura.
Cuando Denmet llega a la mansión para trabajar en la cocina, su dulzura, sinceridad y carácter comienzan lentamente a derribar las murallas que Güner ha construido alrededor de su corazón.
Lo que ninguno de los dos imagina es que enamorarse será apenas el comienzo...
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capítulo 14
El abrazo entre Denmet y Güner duró apenas unos segundos.
Pero para ambos pareció detener el tiempo.
Denmet había apoyado la cabeza contra su pecho, intentando recuperar la tranquilidad después de aquella llamada. Podía escuchar los fuertes latidos del corazón de Güner.
Por primera vez desde que había llegado a la mansión, no sentía miedo.
O, al menos, no mientras permaneciera entre sus brazos.
Güner tampoco parecía dispuesto a apartarse.
Había sentido el cuerpo de Denmet temblar y algo dentro de él se había quebrado.
Durante tres años había evitado preocuparse por alguien.
Porque preocuparse significaba amar.
Y amar significaba tener algo que perder.
Pero ahora era demasiado tarde.
—Ya pasó —dijo suavemente.
Denmet levantó la cabeza.
—¿Cómo puede estar seguro?
Güner la miró.
—No lo estoy.
Aquella sinceridad la sorprendió.
—Entonces no me mienta.
—No quiero hacerlo.
Denmet bajó la mirada.
Güner levantó una mano y, lentamente, apartó un mechón de cabello de su rostro.
El corazón de la joven se aceleró.
Sus miradas se encontraron.
Por un instante, ninguno habló.
Güner se inclinó lentamente hacia ella.
Denmet cerró los ojos.
Pero antes de que sus labios pudieran encontrarse, la puerta de la cocina se abrió.
—¡Por fin!
Ambos se separaron inmediatamente.
Emre entró sin sospechar lo que había interrumpido.
—Los estaba buscando por toda la casa.
Güner lo miró con evidente molestia.
—¿No sabes tocar?
Emre levantó una ceja.
—¿Estoy interrumpiendo algo?
—Sí —respondió Güner.
Denmet abrió los ojos.
Emre sonrió ampliamente.
—Cada vez me gusta más trabajar aquí.
—¿Qué quieres? —preguntó Güner.
—Tenemos noticias.
La expresión de Güner cambió.
—¿Sobre Murat?
Emre asintió.
—Encontramos el lugar donde estuvo escondido.
—¿Dónde?
—En un almacén abandonado.
Güner se puso serio.
—¿Lo encontraron?
—No.
—Entonces no tenemos noticias.
—Pero encontramos algo.
Emre sacó una carpeta.
Güner la abrió.
En su interior había fotografías tomadas por la policía.
Una computadora.
Varios documentos.
Y una imagen que llamó inmediatamente su atención.
Era una fotografía de Denmet.
Güner levantó lentamente la mirada.
Denmet se acercó.
—¿Qué ocurre?
Emre dudó.
Güner le entregó la fotografía.
Denmet palideció.
—¿De dónde sacaron esto?
—Estaba en el almacén de Murat —respondió Emre.
La joven observó la imagen.
Era reciente.
Alguien la había fotografiado dentro de la mansión.
—Esto significa que me estaba vigilando.
Güner apretó la mandíbula.
—Sí.
Denmet sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Nadie respondió.
—¡¿Por qué?!
Güner tomó la fotografía.
—Eso es lo que vamos a descubrir.
A varios kilómetros de distancia, Murat observaba la ciudad desde la habitación de un pequeño hotel.
Había abandonado el almacén antes de que la policía llegara.
Ahora sostenía su teléfono.
En la pantalla había una fotografía antigua.
Una joven Leyla.
Denmet reconocería inmediatamente a su madre.
Pero había otra persona junto a ella.
Murat sonrió.
—Todo comienza a tener sentido.
Colocó varias fotografías sobre la mesa.
Leyla.
Fraize.
Güner.
Y una última fotografía.
Un hombre cuyo rostro había sido tachado con tinta negra.
Murat observó aquella imagen durante unos segundos.
Después tomó su teléfono.
Marcó un número.
—Tenemos que vernos.
Una voz respondió.
—No.
Murat sonrió.
—No es una invitación.
El silencio fue inmediato.
—¿Dónde?
—Donde empezó todo.
Murat colgó.
Su sonrisa desapareció.
—Tres años escondiéndote.
Guardó la fotografía de Leyla en su bolsillo.
—Pero ya no puedes esconderte.
En la mansión, Güner había reforzado la seguridad.
Nadie podía entrar sin ser revisado.
Las puertas principales permanecían vigiladas.
Incluso algunos empleados habían sido interrogados.
Denmet observaba todo aquello desde el gran salón.
—Esto es ridículo.
Güner la miró.
—No lo es.
—Parece que estoy viviendo en una prisión.
—Es temporal.
—¿Y cuánto tiempo durará?
—Hasta que Murat sea encontrado.
Denmet cruzó los brazos.
—No puedo dejar de vivir por culpa de alguien que ni siquiera conozco.
—Yo tampoco quiero eso.
—Entonces déjeme ir a la universidad.
Güner permaneció en silencio.
—Tengo clases.
—Puedes faltar unos días.
—No.
Denmet se acercó.
—No voy a abandonar mis estudios.
—No te estoy pidiendo que los abandones.
—Pero sí que los ponga en pausa.
—Denmet...
—Mi vida no comenzó cuando llegué a esta casa.
Aquellas palabras hicieron que Güner bajara la mirada.
Ella tenía razón.
—No quiero controlarte.
—Pues parece que lo intenta.
Güner suspiró.
—Solo quiero protegerte.
Denmet suavizó su expresión.
—Lo sé.
Durante unos segundos permanecieron frente a frente.
—Pero no puedes protegerme de todo.
Güner la miró.
—Déjame intentarlo.
Denmet casi sonrió.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Mientras tanto, Selin se encontraba en el jardín.
Había pasado toda la noche sin dormir.
La aparición de Fraize había destruido la tranquilidad que había construido durante tres años.
Pero había algo más que la atormentaba.
Murat.
Sabía que él estaba cerca.
Y eso significaba que nadie estaba a salvo.
Su teléfono comenzó a sonar.
Selin miró la pantalla.
Número desconocido.
Dudó.
Finalmente respondió.
—¿Qué quieres?
—Buenas tardes, Selin.
La voz hizo que su rostro perdiera el color.
—Murat.
—Me alegra que todavía me recuerdes.
—¿Dónde estás?
—Cerca.
Selin miró hacia los jardines.
—¿Qué quieres?
—Hablar.
—No tengo nada que decirte.
Murat soltó una carcajada.
—Eso dijiste hace tres años.
Selin apretó el teléfono.
—No vuelvas a llamarme.
—¿O qué?
—Güner lo sabrá todo.
—¿Todo?
Murat sonrió.
—Entonces también tendrá que saber lo que hiciste.
Selin cerró los ojos.
—No.
—Exactamente.
La llamada terminó.
Selin permaneció inmóvil.
El miedo regresaba.
Pero esta vez no podía escapar.
Denmet decidió salir al jardín para despejarse.
Necesitaba respirar.
La mansión comenzaba a resultarle sofocante.
Caminó lentamente entre los árboles.
El cielo estaba gris.
A lo lejos podía escucharse el sonido de los pájaros.
Por primera vez aquella mañana, se permitió pensar en algo diferente al peligro.
Güner.
Recordó el momento en la cocina.
El abrazo.
Su mano sobre su rostro.
Y aquel beso que no había ocurrido.
Denmet sonrió sin querer.
—No deberías estar pensando en eso.
La voz la hizo detenerse.
Güner estaba detrás de ella.
—¿Otra vez apareciendo de la nada?
—Es mi casa.
—Eso no te da permiso para asustarme.
Güner sonrió levemente.
Denmet lo miró sorprendida.
—¿Qué?
—Nada.
—Estabas sonriendo.
—No.
—Sí.
—No.
Ella se acercó.
—Lo vi.
Güner se puso serio nuevamente.
—Tenemos que hablar.
Denmet soltó una pequeña risa.
—Ahí está el Güner que conozco.
Él permaneció en silencio.
—¿Qué ocurre?
—Quiero que me digas la verdad.
Denmet frunció el ceño.
—¿Sobre qué?
—Tu madre.
La sonrisa desapareció.
—¿Mi madre?
—Sí.
—¿Qué tiene que ver ella con Murat?
Güner no respondió.
Denmet lo observó.
—¿Tú sabes algo?
Güner guardó silencio.
—¡Güner!
—Hace años, tu madre trabajó para mi familia.
Denmet bajó lentamente la mirada.
Emre ya le había dicho aquello.
—Lo sé.
Güner se sorprendió.
—¿Quién te lo dijo?
—Emre.
Güner cerró los ojos.
—Por supuesto.
—¿Qué más no me han contado?
Güner dudó.
—Tu madre no era una simple empleada.
Denmet sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
Antes de que pudiera responder, el teléfono de Denmet comenzó a sonar.
Ambos miraron la pantalla.
Número desconocido.
Denmet no quería contestar.
Güner tomó el teléfono.
—¿Quién es?
La voz al otro lado permaneció en silencio.
—Habla.
Finalmente, una voz masculina respondió.
—Tú eres Güner.
Él se puso serio.
—¿Quién eres?
Denmet comprendió inmediatamente.
Murat.
—¿Dónde estás?
La voz soltó una pequeña risa.
—Muy cerca.
Güner miró hacia los alrededores.
—Si quieres hablar conmigo, da la cara.
—No.
—¿Qué quieres?
—Que Denmet escuche.
Güner apretó el teléfono.
—Ella no tiene nada que ver contigo.
—Te equivocas.
Denmet sintió miedo.
Murat continuó.
—Ella tiene más que ver conmigo de lo que imaginas.
Güner miró a Denmet.
—¿Qué significa eso?
—Pregúntale a Leyla.
La llamada terminó.
Denmet permaneció inmóvil.
Aquella frase.
Otra vez su madre.
Siempre su madre.
—¿Qué sabe Murat de ella? —preguntó Denmet.
Güner guardó silencio.
La joven lo miró.
—¿Qué sabe?
—No lo sé.
—Mientes.
Güner bajó la mirada.
—Denmet.
—¿Qué relación tiene mi madre con tu familia?
Güner no respondió.
—¡Dímelo!
Él levantó la mirada.
Sus ojos estaban llenos de una preocupación que Denmet no comprendía.
—Tu madre estuvo aquí la noche del accidente de Fraize.
El mundo pareció detenerse.
Denmet dio un paso atrás.
—No.
—Sí.
—Eso es imposible.
—Lo siento.
—¡No!
Denmet negó repetidamente.
—Mi madre jamás me dijo nada.
Güner se acercó.
—Quizá quería protegerte.
—¿Protegerme de qué?
Pero Güner no tenía una respuesta.
Denmet sintió que las lágrimas comenzaban a llenar sus ojos.
—¿Mi madre sabe por qué intentaron matar a Fraize?
—No lo sé.
—¿Y por qué nunca me lo dijo?
Güner no respondió.
Denmet dio otro paso hacia atrás.
Necesitaba alejarse.
De Güner.
De la mansión.
De todos.
—Denmet.
—No me sigas.
—Espera.
—¡Necesito estar sola!
Güner se detuvo.
La joven comenzó a caminar rápidamente.
No vio que, a varios metros de distancia, alguien la observaba.
Oculto detrás de los árboles.
Murat.
Había logrado entrar a los terrenos de la mansión.
Y ahora estaba más cerca que nunca.
Sacó una fotografía de su bolsillo.
Leyla aparecía junto a él.
Murat observó la imagen.
Después miró a Denmet.
—Tu madre me debe una explicación.
Susurró.
Guardó la fotografía.
Y comenzó a seguirla.
Denmet no sabía que alguien estaba detrás de ella.
No sabía que el hombre que amenazaba su vida se encontraba dentro de la propiedad.
Y tampoco sabía que, antes de terminar el día...
Murat dejaría de esconderse.
Porque había llegado el momento de revelar una parte del secreto que Leyla había ocultado durante toda su vida.
Un secreto que podía destruir no solo a Denmet...
Sino también el corazón de Güner.
CONTINUARÁ...