Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.
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Capítulo 20
Capítulo 20: Ocho millones y la tormenta
Beto llegó a la Timba sudando, se llevó a Camila a una oficina del segundo piso, y ahí, entre la espada y la pared, no supo qué hacer. Si le negaba el dinero a la mujer del patrón, quedaba mal con ella. Si se lo daba sin avisar, quedaba peor con Dante. Optó por lo que le pareció menos suicida: dárselo, y rezar.
—Aquí tiene, señora —dijo, señalando cuatro maletas que sus hombres subieron—. Ocho millones. Sin fecha de pago. Cuando pueda, y si no puede, no pasa nada.
—No —dijo Camila, firme—. Yo no acepto regalos. Quiero un pagaré de verdad, con plazo, con intereses, como a todo el mundo. Que quede por escrito que se lo debo. Si no, no lo tomo.
Beto, resignado a que esa muchacha era tan terca como el patrón, le hizo un pagaré. Camila lo firmó, tomó las maletas, y antes de irse dijo, casi para sí misma, mirando el dinero:
—Ojalá con esto la persona que quiero deje de hacer el mal. Ojalá pueda comprarle otra vida.
Beto no dijo nada. Pero cuando ella salió con las cuatro maletas, se quedó mirando la puerta con una cara rara, entre la ternura y el terror por lo que iba a pasar. En quince años había visto pasar por el lado del patrón a muchas mujeres bonitas, todas buscando algo: dinero, protección, estatus. Ninguna, nunca, había ido a empeñarse para darle dinero a él. Ninguna había querido comprarlo para volverlo bueno. Beto no era hombre sentimental, pero esa noche pensó que si el patrón dejaba ir a esta, era más idiota de lo que cualquiera creía.
Esa noche, Camila esperó a Dante en su departamento con las cuatro maletas apiladas. Cuando él llegó —porque llegó, en cuanto Beto le contó, con una cara que Camila no supo leer—, ella le señaló el dinero.
—Son ocho millones —dijo—. Sé que no es mucho para ti. Pero es todo lo que pude reunir. —Le tembló la voz—. Deja lo ilegal, Dante. Lo que sea que haces. Sal de eso. Con esto empiezas de nuevo, montas algo limpio, un negocio de verdad. No me importa deber esta deuda diez años, veinte, toda la vida. No me importa. Nada más… nada más deja de hacer el mal. Por favor.
Dante miró las maletas. Miró a la muchacha que había ido a empeñarse a una casa de apuestas, que había firmado un pagaré imposible, todo para "comprarlo" a él y sacarlo del infierno. A él, que era dueño de esa misma casa de apuestas y de cien más. El dinero que ella creía una fortuna se lo había prestado su propia gente, con su propio dinero. Y ella no lo sabía, y le ofrecía eso como quien ofrece el corazón entero en las manos.
Se rió, bajito, y no fue una risa de burla. Fue otra cosa. La abrazó, la apretó fuerte contra su pecho.
—Camila —le dijo al oído, con una gravedad rara—. Tienes que quedarte a mi lado. ¿Me oyes? Pase lo que pase. Tienes que quedarte.
Y la besó. Pero no le prometió dejar el crimen. No se lo prometió.
—¿Por qué no? —Camila se apartó, con los ojos llenos—. Yo quiero una vida en paz. Contigo, pero en paz. Poder caminar por la calle con la frente en alto, sin miedo de que un día me traigan tu cuerpo. ¿Es mucho pedir? ¿Tan poco valgo?
—No es eso. —Dante se pasó la mano por la cara, y por un momento pareció cansado, viejo—. Es que en este lugar, gata, hace mucho que no soy libre. Yo no llegué aquí por gusto. Y una vez que estás dentro… nadie te deja salir entero. Nunca pensé siquiera en salir. No sé cómo se hace.
Fue lo más sincero que le había dicho. Y no fue suficiente.
—Entonces aprende —dijo Camila, con las lágrimas rodándole—. Yo te enseño. Yo aprendí a estudiar entre turnos, a vivir con nada, a levantarme cada vez que la vida me tiró. Se puede aprender a empezar de nuevo, Dante. Se puede. Nada más tienes que quererlo.
—No es querer, gata. —Dante negó con la cabeza, y por un instante Camila vio en él no al Tigre, sino a un hombre acorralado—. Hay gente arriba de mí. Gente a la que le debo lo que soy. Don Genaro. Otros. Si yo digo "me salgo", no me despiden con un apretón de manos. Me entierran. Y a todos los que dependen de mí, también. No es una chamba de la que uno renuncia. Es una condena.
—Todo tiene salida —insistió ella.
—No esta.
Y se quedaron los dos ahí, cada uno en su orilla, queriéndose y sin poder cruzar el río que los separaba: ella no podía bajar a su infierno, él no sabía subir a su cielo.
Esa noche empezó la guerra fría. Casi dos semanas sin verse, sin hablarse, los dos heridos por la misma grieta: ella no podía amar lo que él hacía, él no sabía cómo dejar de hacerlo. Camila devolvió intactas las cuatro maletas a Beto, que rompió el pagaré delante de ella para que quedara claro que no le debía nada. En esos días, el comandante Adrián Beltrán volvió a buscarla, con más preguntas, y Camila supo, de rebote, que un tal Marcelo Ibáñez —que la versión oficial daba por ahogado— en realidad había sido asesinado, y que había una carpeta especial abierta, y que los hilos apuntaban hacia arriba, hacia el mundo de Dante.
La tarde del final de esas dos semanas, cayó sobre Ciudad Bravo una de esas tormentas bíblicas. Camila salió tarde de la biblioteca de la Central, sin paraguas, sin ganas de volver a su departamento vacío, con el ánimo por los suelos. Y sus pasos, casi sin permiso, la llevaron a la casita que Dante tenía cerca de la Central, esa donde habían pasado la primera noche. Todavía tenía la llave. Se metió, empapada, solo por no estar bajo la lluvia, solo por estar en un lugar que oliera a él.
Se dejó caer en el sillón donde había sido feliz una noche, se abrazó las rodillas, y por primera vez en dos semanas se permitió extrañarlo sin pelear consigo misma. Lo extrañaba. Extrañaba su voz, su calor, hasta su terquedad. Y odiaba extrañar a un hombre que mataba, y odiaba amarlo, y no sabía cómo dejar de hacer ninguna de las dos cosas. "Quédate a mi lado", le había dicho él. Y una parte de ella, la que llevaba toda la vida sola, gritaba que sí, que se quedara, aunque fuera en el infierno, con tal de no volver a estar sola.
Lo que no sabía —lo que nunca había sabido— era que esa casa, como su departamento, tenía una cámara discreta conectada a la mansión de Dante en Lomas de Cristal.
En cuanto Camila cruzó el umbral y encendió la luz del salón, en una pantalla, al otro lado de la ciudad, se encendió su imagen. Dante la vio: empapada, hecha un ovillo en el sillón, en su casa, después de dos semanas de silencio.
Se levantó sin decir palabra. Para cuando Camila terminaba de exprimirse el pelo, le sonó el teléfono. Era él. Contestó con el corazón golpeándole.
—Estoy abajo —dijo la voz de Dante, ronca, del otro lado—. ¿Bajas tú, o subo yo?