Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Capitulo 8: La noche de las mascaras
FERNANDO
Hay casas donde uno puede escuchar hasta el silencio.
La mansión Blackwood era una de ellas.
Aquella mañana recorrí nuevamente los pasillos antes de que Victoria despertara. Revisé cámaras, accesos, ventanas, puertas y los puntos ciegos que había encontrado durante los últimos días.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Y eso era precisamente lo que me preocupaba.
Había aprendido algo durante mis años de servicio: cuando todo parece tranquilo después de una amenaza, no significa que el peligro haya desaparecido.
Significa que está esperando.
—¿Dormiste algo?
La voz de Victoria me hizo girar.
Estaba en lo alto de las escaleras.
Llevaba un vestido sencillo, el cabello recogido y esa expresión que había comenzado a reconocer demasiado bien.
Parecía tranquila.
Pero sus ojos no.
—Lo suficiente.
—Eso significa que no.
Sonreí apenas.
—¿Y tú?
Ella bajó lentamente las escaleras.
—Tampoco.
Cuando llegó frente a mí, noté algo.
Una pequeña marca rojiza en su muñeca.
—¿Qué pasó?
Victoria bajó la mirada inmediatamente.
—Nada.
—Victoria.
—Me golpeé con una puerta.
No le creí.
Ella tampoco esperaba que lo hiciera.
Pero antes de que pudiera preguntarle nuevamente, escuchamos pasos.
Alexander apareció en el corredor.
Traje impecable.
Reloj de lujo.
La misma sonrisa perfecta que utilizaba frente a todo el mundo.
—Buenos días.
Victoria se tensó.
Yo lo noté.
Alexander también.
—Tenemos un evento esta noche —dijo él, mirando a su esposa—. La gala de la fundación.
Victoria palideció.
—Lo había olvidado.
—No puedes olvidarlo.
La sonrisa de Alexander desapareció.
—Es importante para la empresa.
—Lo sé.
—Entonces irás.
No fue una invitación.
Victoria bajó la mirada.
—Está bien.
Alexander entonces me observó.
—Y tú vendrás con nosotros.
—Por supuesto.
Se acercó a mí.
—Quiero que mantengas a mi esposa cerca toda la noche.
—Es mi trabajo.
Alexander sonrió.
—Exactamente.
Pasó junto a nosotros.
Pero antes de alejarse, se detuvo.
—Ah, Fernando.
—¿Sí?
—Esta noche habrá mucha gente poderosa.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No quiero errores.
—Yo tampoco.
Alexander continuó caminando.
Victoria esperó hasta que desapareciera.
Entonces soltó el aire.
—No quiero ir.
—¿Por qué?
Ella me miró.
—Porque la última vez que asistimos a esa gala ocurrió algo.
—¿Qué ocurrió?
Victoria guardó silencio.
—Victoria.
—No puedo contártelo aquí.
—Entonces dime dónde.
Ella miró hacia las cámaras.
Después hacia las puertas.
Finalmente se acercó un poco más.
—En el jardín trasero. A las ocho.
Y se marchó.
A las ocho menos cinco estaba esperándola.
Victoria apareció con un vestido negro.
Elegante.
Sobrio.
Perfectamente elegido para una mujer que debía representar a uno de los hombres más poderosos de la ciudad.
Pero cuando se acercó, comprendí que algo había cambiado.
Estaba asustada.
—¿Qué pasó aquella noche? —pregunté.
Victoria miró hacia la mansión.
—Hace un año hubo un accidente.
—¿Un accidente?
Asintió.
—Alexander dijo que fue un accidente de tránsito.
Sentí que algo dentro de mí se encendía.
—¿Y tú no lo crees?
—Yo estaba allí.
—¿Qué viste?
Victoria abrió la boca.
Pero no llegó a responder.
Un ruido detrás de nosotros la hizo girar.
Marcus.
El jefe de seguridad estaba a pocos metros.
Nos observaba.
—El señor Blackwood los está buscando —dijo.
Victoria se quedó inmóvil.
—Vamos —respondí.
Marcus se marchó.
Lo seguí con la mirada.
Y entonces lo vi.
Su reloj.
La pequeña marca roja.
La misma que había visto aquella noche en las cámaras.
Pero esta vez había algo diferente.
La correa estaba rota.
Como si alguien hubiera intentado arrancárselo.
La gala estaba llena.
Políticos.
Empresarios.
Celebridades.
Personas que sonreían mientras escondían secretos detrás de copas de champagne y máscaras elegantes.
Victoria permanecía junto a Alexander.
Yo estaba a pocos metros.
Observando.
Esperando.
Entonces un hombre se acercó a Victoria.
—Señora Blackwood.
Ella sonrió por educación.
—Buenas noches.
El hombre inclinó la cabeza.
—Ha pasado mucho tiempo.
Victoria perdió el color del rostro.
—No sé de qué habla.
—Claro que lo sabe.
Alexander apareció inmediatamente.
—¿Hay algún problema?
El hombre sonrió.
—Ninguno.
Se alejó.
Victoria respiró profundamente.
Yo me acerqué.
—¿Quién era?
—No lo sé.
Mentía.
—Victoria.
—No aquí.
Alexander nos observaba desde el otro lado del salón.
Y su mirada no era precisamente amable.
Minutos después, Victoria pidió ir al baño.
La seguí a distancia.
Pero cuando dobló el pasillo, desapareció.
Aceleré el paso.
—¿Victoria?
Nada.
Entonces escuché una voz.
—Fernando.
Me giré.
Era Marcus.
—¿Qué haces aquí?
—Te estaba buscando.
—Pues ya me encontraste.
Marcus miró alrededor.
—No confíes en nadie esta noche.
—¿Ni siquiera en ti?
Sus ojos se endurecieron.
—Especialmente en mí.
Antes de que pudiera responder, se marchó.
Me quedé observándolo.
Y entonces escuché un grito.
Venía del pasillo.
Corrí.
Encontré a Victoria contra la pared.
Frente a ella había un hombre vestido completamente de negro.
Lo sujeté del brazo.
—Suéltala.
El hombre me golpeó.
Bloqueé el ataque y lo derribé contra el suelo.
Victoria retrocedió.
El hombre consiguió liberarse y escapó por una puerta lateral.
Corrí detrás de él.
Pero cuando llegué al exterior, ya no estaba.
Solo había una cosa en el suelo.
Un teléfono.
Lo recogí.
La pantalla estaba encendida.
Había una fotografía.
Victoria.
Dormida.
La misma fotografía que habían dejado en su habitación.
Pero esta vez había un mensaje debajo.
«PREGÚNTALE QUÉ HIZO AQUELLA NOCHE.»
Sentí un escalofrío.
Volví al interior.
Victoria seguía donde la había dejado.
Cuando me vio, supo inmediatamente que había encontrado algo.
—¿Qué decía?
No respondí.
—Fernando.
Le mostré el teléfono.
Victoria lo miró.
Y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No...
—¿Qué ocurrió aquella noche?
Ella negó con la cabeza.
—No puedo.
—Tienes que hacerlo.
—Si te lo cuento, también estarás en peligro.
—Ya estoy en peligro.
Victoria me miró fijamente.
—No entiendes.
—Entonces haz que entienda.
Ella dio un paso hacia mí.
—Alexander no provocó aquel accidente.
Me quedé inmóvil.
—Entonces, ¿quién?
Victoria tragó saliva.
—Yo.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué?
—Yo estaba conduciendo.
Sus lágrimas comenzaron a caer.
—Y alguien murió.
No tuve tiempo de procesarlo.
Porque detrás de nosotros apareció Alexander.
—¿Qué están haciendo?
Victoria se quedó paralizada.
Yo guardé el teléfono en mi bolsillo.
Alexander nos miró.
Primero a ella.
Después a mí.
Y finalmente sonrió.
Una sonrisa que no tenía absolutamente nada de amable.
—Victoria —dijo suavemente—. Creo que tenemos que hablar.
Ella retrocedió.
Y por primera vez desde que había comenzado a trabajar para los Blackwood, comprendí algo.
Alexander no estaba sorprendido.
Ya sabía que Victoria había hablado.