Cinco años atrás, ella destrozó su corazón. Hoy, él regresa convertido en el poderoso heredero de un imperio, listo para ver caer a quienes lo despreciaron.
Cuando la familia de ella cae en la ruina, su padre la obliga a comprometerse con el magnate que puede salvarlos, sin imaginar que es el mismo hombre al que ella humilló en el pasado. Él acepta la unión solo para cobrarse cada lágrima y pisotear su orgullo.
Sin embargo, una noche de irresistible pasión arrastra a su corazón a una tregua, aunque al despertar vuelve a tratarla con crueldad. Todo cambia cuando ella se desmaya por una amenaza de aborto y sale a la luz su embarazo.
¿Seguirá buscando venganza o protegerá la vida que los une?
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Capitulo 10
El salón principal de la residencia Fontán conservaba el lujo de antaño, aunque el polvo acumulado en las molduras delataba la falta de personal. Guillermo Fontán caminaba de un lado a otro con una copa de coñac en la mano, observando con indignación el vestido sencillo y sin etiqueta que llevaba su hija.
A un costado, Damián permanecía sentado en uno de los sillones de terciopelo, con la espalda recta y una pierna cruzada, mientras su padre, Augusto Rothschild, lo acompañaba en silencio.
—Esto es inaceptable, Damián —exclamó Guillermo, señalando la vestimenta de Camil con desprecio—. Camil es una Fontán. Que la tengas vistiendo esa ropa barata como si fuera una cualquiera es una humillación pública para mi familia.
Damián ni siquiera se inmutó. Sostuvo la mirada del viejo con una frialdad glacial.
—Eso no es asunto tuyo, Guillermo —respondió con tono seco.
—¡Damián! —lo reprendió Augusto de inmediato, arrugando el entrecejo—. Compórtate. No estamos aquí para faltar al respeto.
Damián soltó un suspiro ahogado y se reacomodó en el asiento sin perder la compostura.
—Ella es ahora mi esposa —sentenció, recorriendo a los dos hombres con una mirada desafiante—. Y la trataré como a mí me plazca.
Guillermo apretó el cristal de su copa con furia.
—Solo porque ahora tienes dinero crees que puedes andar tratando a la gente con desprecio —escupió Guillermo—. Te olvidaste rápidamente de lo que eras.
Una risa seca y carente de humor brotó de los labios de Damián. Se inclinó levemente hacia adelante, clavando los ojos en el padre de Camil.
—Me alegra mucho que recuerdes perfectamente de dónde vengo, Guillermo —dijo con una sonrisa socarrona y peligrosa—. De esa manera sabrás con absoluta certeza que tu hija va a aprender todo lo que yo tuve que aprender a las malas... por culpa de personas como tú.
—¡Basta, Damián! —alzó la voz Augusto, poniéndose de pie con severidad—. Ya fue suficiente. Compórtate de una buena vez.
Sin responder a su padre, Damián se levantó del sillón con un movimiento fluido. Avanzó hacia Camil, le sujetó el brazo con firmeza y la arrastró hacia la salida de la casa sin despedirse de nadie.
Apenas cruzaron el umbral de la mansión y llegaron al patio de la entrada, Camil se zafó bruscamente de su agarre. Se sobó la piel enrojecida de su muñeca mientras lo miraba con los ojos ardiendo por la rabia y la humillación.
Damián se giró hacia ella, acomodándose los puños de la chaqueta con una frialdad que le helaba la sangre.
—¿Qué pasa? —preguntó él con ironía—. ¿Acaso prefieres quedarte con tu padre para que te venda al mejor postor otra vez? Si es así, dímelo ahora mismo y te firmo el divorcio hoy antes de que caiga la noche.
Camil sintió un nudo amargo atascado en la garganta. Apretó los labios y tragó grueso para contener el llanto que amenazaba con traicionarla. Miró el rostro implacable de Damián y luego la fachada de la casa de su infancia, sintiendo que no pertenecía a ningún lugar.
—Ya me da igual con quién me quede —musitó ella con el hilo de voz que le quedaba, manteniendo la mirada fija en él—. Estando contigo o con él, da lo mismo. En ambos lugares me tratan solo como a un objeto.
La frase golpeó a Damián con una fuerza inesperada. Un destello de molestia pura cruzó su rostro. Sin pronunciar una sola palabra más, le dio la espalda, subió a su auto deportivo y aceleró a fondo, dejando una estela de humo y perdiéndose en la calle a toda velocidad.
Camil se quedó de pie en la entrada, sola y en silencio, abrazándose a sí misma contra el viento helado.
Segundos después, la puerta principal de la casa se abrió y Augusto Rothschild salió a pasos lentos. Miró la calle vacía por donde su hijo se había ido y luego dirigió una mirada serena y compasiva a la joven.
—Ven, Camil —dijo con suavidad—. Te llevaré a la mansión.
Subieron al sedán negro de Augusto. El vehículo avanzó de forma pausada por las avenidas de Nueva York. El silencio dentro del habitáculo duró varios minutos, roto únicamente por el murmullo del motor.
Augusto, que manejaba con tranquilidad, miró a Camil a través del espejo retrovisor. La joven mantenía la frente apoyada contra el cristal de la ventanilla, observando los rascacielos con la mirada completamente perdida.
—Camil... —comenzó a decir el viejo con voz pausada—. ¿Puedo hacerte una pregunta?
Camil no se movió de la ventana.
—Diga, señor Rothschild.
—El haber abandonado a Damián en el pasado... —hizo una breve pausa, midiendo sus palabras—. ¿Fue realmente una decisión tuya? ¿O alguien te obligó a hacerlo?
Camil guardó silencio. El recuerdo de las amenazas de su padre y el miedo a arruinar el futuro de Damián regresaron a su memoria con un dolor punzante. Cerró los ojos con fuerza y dejó salir un suspiro cansado.
—Sea lo que sea, señor Rothschild... ya no importa —respondió ella en un murmullo apagado—. El pasado no se puede cambiar.
Augusto negó ligeramente con la cabeza, manteniendo la vista en el camino.
—Te equivocas, hija. Sí puede importar —dijo con un matiz de misterio y seriedad—. Hay cosas del pasado de Damián que tú no conoces, decisiones y heridas que nadie más sabe... y te aseguro que la verdad detrás de tu partida podría cambiarlo absolutamente todo.
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