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La Vida Que Nos Falta

La Vida Que Nos Falta

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro / Amor prohibido
Popularitas:716
Nilai: 5
nombre de autor: Y.Valeri

Victoria tenía dieciocho años cuando conoció a Stefano.
Él tenía veintidós, una sonrisa imposible de ignorar y demasiadas verdades que decidió callar.

Para ella fue su primer gran amor. Para él, una historia que nunca debió comenzar.

Victoria creyó conocer al hombre del que se estaba enamorando, hasta que descubrió que Stefano guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo. Intentó alejarse. Volvió. Lo perdonó. Y cuando finalmente creyó haber aceptado la verdad, descubrió que apenas conocía una parte de ella.

Lo que siguió fueron años de encuentros, despedidas y decisiones que terminaron llevándolos por caminos distintos.

Victoria creció. Amó. Construyó una vida que ya no dependía de Stefano.

Pero algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.

A veces solo esperan el momento en que ambos tengan suficiente vida encima para entender lo que realmente perdieron.

NovelToon tiene autorización de Y.Valeri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Detrás del mostrador

Victoria ya había visto a Mateo muchas veces antes de saber cómo se llamaba.

Trabajaba en un centro de copiado y servicios digitales a pocas cuadras de la universidad, uno de esos lugares donde siempre había estudiantes entrando con una memoria en la mano, hojas dobladas y urgencias de último minuto.

Victoria iba seguido.

A imprimir trabajos.

A sacar copias.

A empastar.

A salvar exposiciones que había dejado para el día anterior.

Mateo casi siempre estaba detrás del mostrador.

—¿Otra vez vos? —le dijo una tarde, cuando Victoria apareció con una carpeta y cara de tragedia.

Ella dejó una memoria USB sobre el mostrador.

—No empecés.

—¿Cuántas páginas?

—Muchas.

—Eso no es una cantidad.

—Las suficientes para que no me juzgués.

Mateo sonrió.

Victoria lo había visto sonreír antes, pero nunca le había prestado verdadera atención.

—Abrí el archivo —dijo él.

Mientras la computadora cargaba, Victoria miró el reloj.

—Tengo clase en veinte minutos.

—Entonces no tenías que dejarlo para hoy.

—Gracias. Muy útil.

—Cobro extra por consejos.

Victoria resopló.

Mateo empezó a imprimir.

No parecía un estudiante trabajando unas horas para sobrevivir. Era mayor que la mayoría de los muchachos que entraban al local y se notaba en la forma tranquila con que resolvía todo.

Tenía veinticuatro.

Victoria lo supo semanas después.

Cuatro años más que ella.

También supo que llevaba un tiempo trabajando allí y que, fuera del horario, a veces ayudaba a su papá con papeles, llamadas o vueltas sencillas.

No habló de aquello como si tuviera un gran plan.

Era trabajo.

Era lo que hacía en ese momento.

La información se fue acumulando sin importancia aparente.

Como su nombre.

Mateo.

Como que tomaba café sin azúcar.

Como que odiaba cuando los estudiantes llegaban cinco minutos antes de cerrar con tesis completas para imprimir.

• • •

La primera conversación real ocurrió por culpa de una impresora.

Victoria llevaba casi media hora esperando.

Mateo abrió la máquina por tercera vez.

—Si explota, yo no estaba aquí.

—Yo tampoco.

—Vos sos la causa.

—Eso es mentira.

—Trajiste ciento ochenta páginas.

—No son mías.

—Peor. Estás encubriendo a alguien.

Victoria se rio.

Se quedó apoyada en el mostrador mientras él intentaba resolver el atasco.

—¿Vos estudiás aquí cerca? —preguntó Mateo.

—Sí.

—Ya me imaginaba.

—¿Por qué?

—Porque venís demasiado.

—Qué grosero.

—Es estadística.

Victoria cruzó los brazos.

—¿Y vos?

—Yo ya no estudio.

—¿Y solo trabajás aquí?

Mateo se encogió de hombros.

—Aquí y a veces le ayudo a mi papá con algunas cosas.

—¿Y trabajás aquí porque te encanta reparar impresoras?

—Exactamente. Era mi sueño de niño.

Victoria soltó una carcajada.

La impresora finalmente reaccionó.

—Milagro.

—Respetá mi talento.

A partir de ahí empezaron a hablar cada vez que Victoria entraba.

No siempre.

A veces el local estaba lleno.

Otras ella iba con prisa.

Pero Mateo comenzó a dejar de ser simplemente el muchacho detrás del mostrador.

• • •

Una tarde Victoria llegó sin nada que imprimir.

Mateo levantó una ceja.

—¿Te perdiste?

—Vengo a comprar una carpeta.

—Ah.

—No pongás esa cara.

—¿Cuál?

—Esa.

Mateo le alcanzó varias.

Victoria escogió una.

No se fue enseguida.

Hablaron un rato.

Después otro.

Cuando entró un cliente, Victoria se hizo a un lado.

Mateo atendió.

Ella pudo haberse marchado.

No lo hizo.

Al salir del local, Mateo caminó con ella hasta la parada.

—¿Siempre te vas en bus?

—Sí.

—Yo también.

Mateo no tenía carro.

Se movía en bus, caminando o en taxi cuando el horario se complicaba.

A Victoria le parecía normal.

Él nunca intentaba aparentar otra cosa.

—¿Y trabajás todos los días? —preguntó ella.

—Casi.

—Qué vida.

—La suya parece peor, señorita ciento ochenta páginas.

—No eran mías.

—Eso dijiste.

Llegó el bus de Victoria.

—Nos vemos.

—Probablemente mañana —dijo Mateo.

—No tengo nada que imprimir.

—Entonces pasado mañana.

Victoria subió riéndose.

• • •

El sábado Mateo le escribió.

Había conseguido su número de la manera menos romántica posible: Victoria se lo había dejado para que le avisara cuando estuviera listo un trabajo de impresión.

¿Tenés clases hoy?

Victoria respondió:

No.

Un momento después:

Milagro. ¿Querés tomar café?

Victoria miró el mensaje.

No tuvo que pensar demasiado.

Bueno.

Se encontraron cerca del centro de copiado.

Mateo había salido de trabajar.

Llevaba una mochila pequeña y parecía más joven sin el mostrador de por medio.

Caminaron hasta una cafetería.

Hablaron de la universidad.

Del trabajo.

De familias.

De cosas pequeñas.

Victoria descubrió que Mateo vivía con su familia.

No solo.

Nunca había sentido necesidad de irse todavía.

—¿Y no te desesperás? —preguntó Victoria.

—A veces.

—Yo me desesperaría.

—Mi mamá cocina.

—Buen argumento.

—El mejor.

Mateo se rio.

No había misterio en él.

No parecía estar escondiendo ninguna parte de su vida.

Si hablaba de su casa, hablaba de su casa.

Si mencionaba a su hermana, decía su nombre.

Si tenía que trabajar al día siguiente, lo decía.

Todo era sencillo.

• • •

Empezaron a verse con más frecuencia.

No como pareja.

Todavía no.

Victoria pasaba por el local incluso cuando no necesitaba nada.

A veces compraba una hoja, una carpeta o cualquier tontería para justificarlo.

Hasta que Mateo se dio cuenta.

—No necesitás comprar nada.

Victoria lo miró.

—¿Perdón?

—Podés venir a saludar.

—Qué seguridad.

—Ya compraste tres carpetas esta semana.

Victoria bajó la vista hacia la que tenía en la mano.

—Son útiles.

—Claro.

Ella terminó riéndose.

Mateo también.

Tenía una forma de estar que no exigía demasiado.

No perseguía.

No empujaba.

No convertía cada conversación en una declaración.

Simplemente aparecía detrás del mostrador, levantaba la cabeza cuando Victoria entraba y sonreía como si le alegrara verla.

Y poco a poco, sin que Victoria se diera cuenta del momento exacto, empezó a alegrarle verlo a él también.

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Yara
/Proud/
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