Eiden Marín Vidal tiene 24 años y es E.C. Vane, el escritor de novelas BL anónimo más leído en español.
Es millonario, admirado y nadie conoce su rostro. Desde niño vive con vitíligo en todo el cuerpo, condición que ocultó por inseguridad y que le provocó ansiedad social. En su rostro solo tiene pecas.
Su anonimato termina cuando una reportera filtra su identidad. De ser un ídolo invisible, pasa a ser objeto de burlas virales. Incapaz de escribir y en medio de una crisis de ansiedad, decide huir a lo único que le dejó su abuelo Esteban: una casa de madera en Punta Cocos, la zona más remota y virgen de Isla Holbox, México.
Allí vive Gael Canul, de 29 años, pescador, lanchero y carpintero de botes. Es el nieto del mejor amigo de su abuelo y quien cuidó la casa durante años. Gael no lee novelas románticas, pero aprenderá a leer cada marca de su piel.
Una historia sobre el amor que no necesita esconderse.
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CAPÍTULO 16: EL RECLAMO
No dormí nada después de lo de la foto.
Gael me dijo que no fuera. Me dijo: déjalo así, mapa, ya borró la mía, ya estuvo.
Pero no podía dejarlo así. No por la foto mía, por la de él. Por la cicatriz que él llevaba años tapando y que ahora estaba en el Instagram de un vato de la Roma con dos mil likes.
Me puse mi playera menos fea, la que no tiene hoyos, y me fui al centro en el carrito que maneja horrible. Gael se quedó en Punta Cocos, lijando la misma madera de ayer.
El hostal donde estaba Bruno era de esos bonitos, con hamacas blancas y gente tomando matcha. Pura gente que viene a Holbox a encontrarse a sí misma y se encuentra a Bruno.
Bruno estaba en la recepción, con su laptop abierta, editando fotos. Traía los mismos lentes amarillos.
Me vio y sonrió como si nada.
Me dijo: llegó la estrella. ¿Viste cómo subió tu foto? Ya va en cinco mil.
Le dije: bájala toda.
Me dijo: ¿cuál toda?
Le dije: la mía y la de los dos juntos. La tienes que bajar.
Se quitó los lentes, como para verme mejor. Como si yo fuera el exagerado.
Me dijo: Eiden, es arte. Te ves hermoso. La gente necesita ver cuerpos reales. Tú siempre dices que quieres representación.
Le dije: representación con permiso, no robada. Tú nos tomaste fotos a las seis de la mañana mientras nadábamos sin ropa. Sin preguntar. Eso no es arte, es invasión.
La gente del hostal empezó a voltear. Una gringa con trenzas dejó de hacer yoga para escuchar.
Bruno bajó la voz y me dijo: te estoy haciendo un favor. Mariana me dijo que estabas muerto en redes. Yo te reviví. Tu engagement estaba por el suelo.
Le dije: no quiero engagement. Quiero respeto.
Se rió, pero ya no bonito. Como burlándose.
Me dijo: no te hagas el ofendido. Te gustó. Vi que no la borraste luego luego. Te gustó que dijeran que eras hermoso. Porque Gael no te dice esas cosas como yo te las digo, ¿verdad? Él no sabe hablar de tu piel como concepto.
Ahí sí me prendí.
Le dije: Gael me dice que brillo. Sin concepto. Sin cámara. Me lo dice mientras me pone la mano en el pecho. Tú me dices que soy concepto mientras me pones anillos fríos en la rodilla.
Se quedó callado.
Le dije: baja las fotos. Hoy. Si no las bajas, le digo a Mariana que tú viniste a tomar fotos sin permiso y que usaste mi imagen para tu libro sin contrato.
Bruno se puso serio. Cerró la laptop.
Me dijo: va, las bajo. Pero te vas a arrepentir. Cuando quieras volver a CDMX nadie se va a acordar de ti si no es por mí.
Le dije: que no se acuerden. Prefiero que no se acuerden a que me recuerden como tu cosa.
Bajó las fotos ahí mismo, enfrente de mí. Vi cómo le picaba a borrar. Tres veces. La mía, la de los dos.
Me dijo: ya está. Feliz.
Le dije: no estoy feliz, estoy tranquilo.
Y me fui. Manejando el carrito todavía peor que Gael, porque tenía las manos temblando.
Cuando llegué a Punta Cocos, Gael estaba en la puerta de su cuartito, sin playera, esperando. Como si supiera a qué hora iba a llegar.
Me dijo: ¿las bajó?
Le dije que sí.
Me dijo: ¿estás bien?
Le dije: sí. Pero me dijo que me iba a arrepentir.
Gael se acercó y me abrazó. Olía a madera y a sudor limpio.
Me dijo al oído: que se arrepienta él. Tú ya no necesitas que te vean cinco mil. Con que te vea yo basta.
Y me quedé abrazado ahí, con la cara metida en su cuello, temblando todavía, pero ya no de coraje. De alivio.
Esa noche borré el Instagram de mi celular. No la cuenta, solo la app. Para no ver si las fotos seguían por ahí en screenshots.
Gael me prestó su celular para jugar serpientita en su Nokia viejito. Y así nos quedamos, jugando serpientita hasta que nos dolieron los ojos.