Cuando U-jin partió al extranjero para convertirse en una abogada impecable y Jeong decidió quedarse a construir desde cero su sueño entre harinas y hornos, ambas creyeron que el tiempo se encargaría de diluir lo que sentían. Durante años, sus vidas transcurrieron en universos paralelos: U-jin conquistando el exigente mundo de las leyes con elegancia y determinación; Jeong convirtiendo su pequeña pasión en la cafetería y repostería más aclamada de la ciudad, mientras intentaba descifrar un vacío en su corazón que ningún éxito lograba llenar.
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La ley de las pupilas
El sol comenzaba a ocultarse tras los tejados del barrio viejo, tiñendo el cielo de tonos dorados y violetas. Las luces principales de Lumière ya estaban apagadas, y solo un par de lámparas de luz cálida sobre la barra mantenían el espacio iluminado de forma tenue e íntima.
El sonido de los tacones de U-jin resonó contra el piso de mármol cuando cruzó la puerta de entrada, que Jeong mantenía entreabierta para ella. U-jin llevaba un vestido ajustado de cuello alto en tono vino y una chaqueta ligera, luciendo una elegancia sofisticada que resaltaba la delicadeza de su figura.
—Puntual como todo un expediente judicial —dijo Jeong desde el fondo, ofreciéndole una sonrisa pausada mientras cerraba el pestillo de la puerta principal.
Jeong vestía de forma más relajada pero impecable: una camisa de manga corta en color verde oscuro que dejaba al descubierto sus antebrazos firmes y unos pantalones oscuros de talle alto. Con su cabello corto peinado hacia atrás y esa postura sólida, emanaba una masculinidad sobria que hacía que el amplio local se sintiera de pronto más pequeño.
—Un buen abogado nunca llega tarde a un juicio importante —respondió U-jin, acercándose a la barra con paso firme pero sereno—.
Especialmente si el acusado es un postre con antecedentes de ser adictivo.
Jeong dejó escapar una risa baja que retumbó con suavidad en el local vacío. Le indicó con un gesto respetuoso que tomara asiento en la barra, donde dos platos de porcelana negra, dos cubiertos de plata y una cafetera de prensa francesa aguardaban perfectamente dispuestos.
—Aquí está la evidencia —dijo Jeong, sirviendo el café caliente en dos tazas finas—. Hojaldre artesanal de mantequilla, crema suave de avellana y reducción de frutos rojos salvajes.
U-jin tomó el pequeño tenedor. Sintió la mirada atenta y profunda de Jeong fija en cada uno de sus movimientos. Cortó una porción del pastelillo; la capa crujiente cedió con un chasquido suave antes de revelar el centro cremoso. Se llevó el bocado a la boca y cerró los ojos un instante para apreciar los sabores. La combinación de la acidez de los frutos con la dulzura rica de la avellana era Sencillamente perfecta.
Al abrir los ojos, se encontró con la cara de Jeong inclinada ligeramente hacia ella sobre la barra, con los codos apoyados en la madera y una chispa de expectativa en su mirada.
—Y bien... ¿cuál es el veredicto, abogada? —preguntó Jeong con voz grave y pausada, a escasos centímetros de distancia.
U-jin sostuvo el contacto visual, sintiendo un vuelco brusco en el pecho y una calidez repentina en las mejillas. El recuerdo de las palabras de su abuela la noche anterior volvió a cruzar su mente con fuerza.
—Declaro al acusado... culpable en todos los cargos —murmuró U-jin, manteniendo una sonrisa refinada pero con los ojos brillando de complicidad—. Es un delito que sirvas algo tan delicioso. Debería ser ilegal.
Jeong sonrió con satisfacción, sin apartar la mirada.
—Me alegra saberlo. Aunque, si te soy sincera... la verdadera razón por la que te pedí que vinieras no era el postre.
U-jin entreabrió los labios en silencio, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba.
—Quería verte sin la prisa de las obras ni el ruido del público —continuó Jeong, erguiéndose despacio pero manteniendo la calidez en sus gestos—. Quería asegurarme de que la abogada brillante que regresó del extranjero no se olvide de hacer pausas para disfrutar de la vida... o de su vieja amiga.
La tensión en el aire se volvió espesa, cargada de una dulzura y una cercanía que ninguna de las dos podía seguir ignorando.