En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.
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La Lluvia que lleno todo
Llegó aquel día sin que nadie lo esperara, anunciado solo por un cielo que se fue oscureciendo poco a poco hasta teñirse de un gris profundo y pesado. El viento empezó a soplar suave, moviendo las copas de los árboles y haciendo que las hojas susurraran entre sí. Y entonces, cayó la primera gota. Luego otra. Y de pronto, el cielo se abrió por completo y comenzó a llover con una fuerza que parecía que alguien estaba derramando cubos enteros de agua desde las nubes.
Era una lluvia de esas que no perdona: gruesa, cálida y torrencial, que caía con tanta furia que golpeaba las tejas como mil piedras pequeñas y se escurría por todas partes. En pocos minutos, el patio común se transformó en un charco enorme. El agua subía despacio pero sin detenerse, rodeando el pozo de flores de Don Beto, cubriendo las piedras del camino, y entrando por debajo de las puertas hasta formar pequeños charcos en el pasillo.
—¡Dios mío, qué lluvia tan feroz! —exclamó doña Eustaquia, asomándose con un pañuelo en la cabeza—. ¡Parece que se va a caer el cielo encima! ¡Si esto sigue así, vamos a tener que nadar para salir!
—¡El agua está entrando! —gritó el Charly, apareciendo con una escoba en la mano—. ¡Se nos va a inundar todo! ¡Rápido, saquemos baldes y trapeadores!
Don Beto salió también, abriendo su paraguas viejo que se volvió del revés en cuanto lo abrió. Centinela, su perrito guardián, corría de un lado a otro dando saltos entre los charcos, ladrando con su vocecita aguda como si estuviera regañando a las nubes por tanta agua. La señora Pérez salió con sus cuatro hijos, todos con sombreros improvisados hechos de cartón, y hasta la señorita Lidia se asomó, asombrada por la fuerza del aguacero.
Al principio, todos se apresuraron a recoger cosas, a secar pisos, a sacar el agua con baldes. Se quejaban un poco, se decían unos a otros que aquello era un desastre, que se iban a pudrir las paredes, que las tejas viejas no iban a resistir. Pero poco a poco, algo cambió. Los niños, que en cuanto vieron el agua se olvidaron de las preocupaciones, se quitaron los zapatos y empezaron a pisar los charcos con alegría, dejando que el agua les salpicara hasta las rodillas. Se reían a carcajadas, persiguiéndose unos a otros, chapoteando con tanta alegría que era imposible no contagiarse.
—¡Miren qué divertido! —gritó el mayor de los niños, dando un salto que lanzó agua por todos lados—. ¡Parece que tenemos un río en el patio!
El Charly, que estaba secando el pasillo, se detuvo un momento al verlos. Una gota de agua le cayó en la nariz y sonrió. Dejó el trapeador a un lado, se arremangó los pantalones y se acercó al charco más grande.
—¡Cuidado, que paso yo! —dijo, y dio un salto tan grande que salpicó a todos los presentes.
Los niños soltaron una carcajada y le devolvieron el chaparrón. Y así, sin que nadie lo planeara, la preocupación se transformó en alegría. Doña Eustaquia, que miraba con los brazos cruzados y fingiendo enojo, soltó una risita cuando una gota grande le cayó justo en la punta de la nariz. Se quitó los zapatos despacio, se remangó la falda y se acercó despacio al agua.
—Bueno… —dijo, pisando el charco con cuidado—. ¡Está tibia! ¡No hace daño!
Don Beto, que había estado luchando contra su paraguas, lo cerró de golpe y se dejó empapar por la lluvia. Se sacudió como un perro y soltó una carcajada que retumbó en todo el patio. Hasta la señorita Lidia, al verlos tan felices, salió con sus zapatos en la mano y se puso a caminar por el agua como si estuviera paseando por un río cristalino.
—¡Qué sensación tan maravillosa! —decía, con los ojos brillantes bajo la lluvia—. ¡Parece que el cielo nos está lavando las penas!
Y así, bajo aquella lluvia que debía ser motivo de quejas, todos terminaron riendo, chapoteando, lanzándose agua con las manos y empapándose hasta los huesos. Nadie se quejó más. Nadie dijo que estaba frío o que se iba a enfermar. Descubrieron que el agua, que parecía una molestia, era en realidad un regalo: les recordaba que la vida, a veces, se desborda y se llena de cosas que no esperamos… y que en lugar de quejarnos, podemos aprender a saltar en los charcos y reírnos juntos.
Cuando la lluvia por fin se detuvo y el sol volvió a asomar tímidamente entre las nubes, dejando un arcoíris hermoso que parecía descansar sobre los tejados, todos estaban empapados, chorreando agua por todas partes y con el cabello revuelto… pero con las caras iluminadas de felicidad. Se sentaron en el borde del pozo de flores, secándose con paños que se pasaban unos a otros, tomando el calor del sol que regresaba.
—Bueno… —dijo Don Beto, mirando el patio todavía lleno de charcos—. El agua entró, se mojaron las paredes y hay mucho que limpiar. Pero… ¿alguien se divirtió hoy?
—¡Yo sí! —gritaron todos al unísono.
Y entonces comprendieron una verdad hermosa: que no hay lluvia que dure para siempre, ni problema que no se pueda soportar si se ríe uno junto a los demás. Que las molestias se hacen pequeñas cuando se comparten, y que hasta el agua que inunda todo puede convertirse en una fiesta, si hay alegría en el corazón.
Desde aquel día, cada vez que llovía con fuerza, nadie se quejaba ni cerraba las ventanas con miedo. Al contrario, se miraban unos a otros y decían con una sonrisa: “¡A sacar los zapatos! ¡Que empieza la fiesta de la lluvia!”.