"Dos apellidos enfrentados. Un amor prohibido. Una vida que lo cambiará todo."
Camila Santana siempre supo que su familia odiaba a los Santoro. Creció escuchando historias de traiciones, sangre y ruina. Por eso, cuando la envían al extranjero a los ocho años, cree que escapa de ese infierno. Pero el infierno la espera a su regreso.
Veintitrés años, fogosa y decidida, Camila vuelve a casa para encontrarse con su destino: el hijo de los Santoro. Lo que nace entre ellos es un torbellino de pasión y peligro, de caricias que saben a pecado y miradas que prometen guerra. Pero el odio de sus familias no es un rumor: es una sentencia.
Cuando un embarazo inesperado los une para siempre, Camila deberá enfrentarse a la pregunta más difícil: ¿puede el amor de dos personas vencer al odio de dos apellidos? ¿O su hijo estará condenado a heredar una guerra que no eligió?
Una historia de amor, lealtad y el valor de romper cadenas.
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Capítulo 6 El Disfraz y la Máscara
El teléfono de Camila vibró con el nombre de su madre en la pantalla. Su corazón dio un vuelco tan violento que casi se le sale por la boca.
—¡Ay, Dios! —susurró, mirando a Carola con ojos de venado acorralado—. Es mi mamá.
—Pues contesta, no la dejes esperando —dijo Carola, aunque su tono dejaba claro que también estaba nerviosa.
Camila tomó aire y deslizó el dedo por la pantalla.
—¿Mami?
—Hija, ¿dónde estás? Saliste muy temprano y no avisaste. —La voz de Martha sonaba preocupada, pero no alarmada—. Tus hermanos preguntaron por ti. Querían llevarte a almorzar.
—Estoy con Carola, mami. —Camila se esforzó por sonar natural, aunque sentía que su voz temblaba—. Nos quedamos hasta tarde anoche y decidí quedarme a dormir aquí. Ya sabes, ponernos al día.
—¿Ah, sí? —Hubo un silencio al otro lado de la línea que duró una eternidad—. ¿Y cómo es que no contestaste mis mensajes esta mañana?
—Es que... —Camila buscó una excusa desesperadamente—. Se me acabó la batería. Y Carola no tiene cargador para mi teléfono. Ya sabes cómo son estos teléfonos nuevos, cada uno necesita el suyo.
Carola rodó los ojos con tanta fuerza que casi se le salen de las órbitas. Su prima era una idiota para mentir. Era increíble que hubiera sobrevivido tantos años en el extranjero.
—Bueno, hija —dijo Martha, y Camila pudo oír el alivio en su voz—. Me alegra que estés con tu prima. Pero no te vayas a quedar mucho tiempo, ¿eh? Tu padre quiere verte esta noche. Dice que tiene algo importante que contarte.
Camila tragó saliva.
—Claro, mami. Esta noche voy para allá. Te prometo.
—Te quiero, hija. Cuídate.
—Yo también te quiero, mami.
Colgó y dejó caer el teléfono sobre la mesa como si quemara.
—Eso fue patético —dijo Carola, negando con la cabeza—. ¿Se te acabó la batería? ¿En serio? ¿Esa fue tu mejor excusa?
—¡No se me ocurrió nada mejor! —se defendió Camila, llevándose las manos a la cabeza—. Estaba en pánico. ¿Qué querías que dijera? ¿"Hola mami, anoche me acosté con Rocco Santoro y ahora soy su amante por un mes"?
Carola soltó una risa amarga.
—Bueno, cuando lo pones así... igual y hasta te lo creían. Tienes cara de haber hecho una locura.
—¡Caro!
—Es broma, es broma. —Carola levantó las manos en señal de paz—. Pero hablando en serio, ¿qué vas a hacer con lo de esta noche?
Camila se dejó caer en el sofá, con la mirada perdida en el techo. Los lamentos internos comenzaron a brotar como una fuente inagotable.
—Estoy perdida, Caro. Completamente perdida. ¿Cómo pude ser tan estúpida? ¿Cómo pude aceptar esa apuesta? ¿Cómo pude...
—¿Acostarte con él? —Carola terminó la frase sin piedad.
—¡Exacto! —Camila se incorporó, gesticulando con desesperación—. Y ahora tengo que verme con él otra vez. Y no sé qué va a pasar. ¿Y si es un asesino? ¿Y si me hace desaparecer? Nadie sabe que estoy con él, podría...
—¡Cálmate! —Carola la agarró por los hombros y la sacudió un poco—. Respira, Cami. No vas a desaparecer. Rocco Santoro puede ser muchas cosas, pero no es un asesino. Es arrogante, frío, despiadado en los negocios, pero no es un criminal. Al menos no de ese tipo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si lo fuera, ya habría hecho desaparecer a tus hermanos. Y no lo ha hecho. —Carola soltó un suspiro—. Mira, sé que estás asustada. Y con razón. Pero no puedes ir con miedo a esa cita. Él lo notará y te comerá vivo.
Camila asintió lentamente. Sabía que su prima tenía razón.
—Entonces... ¿qué hago?
—Primero, sácate esa resaca de encima. —Carola fue a la cocina y regresó con tres vasos y una botella de agua—. Toma, esto es para la resaca física. —Le ofreció un vaso de agua con aspirina—. Esto es para la resaca de conciencia. —Le dio un chocolate amargo—. Y esto es para la resaca sexual. —Le puso una bolsa de hielo en el cuello, donde los chupetones aún estaban visibles.
Camila hizo pucheros.
—No es gracioso, Caro. Tengo todas esas resacas juntas y no sé cuál es peor.
—Todas son malas, pero la última es la más divertida —dijo Carola con una sonrisa pícara—. Vamos, date un respiro. Luego te preparo un café bien cargado y pensamos en qué vas a hacer.
Camila bebió el agua, mordió el chocolate y se puso la bolsa de hielo en el cuello. Durante unos minutos, el silencio fue su único compañero. Pero su mente no se detenía.
—Caro —dijo al fin—. Esta noche... préstame ropa negra. Una gorra negra y una mascarilla negra.
Carola la miró con una ceja levantada.
—¿Una mascarilla? ¿En serio? ¿Vas a ir disfrazada de ladrona?
—No voy a ir "matadora" —explicó Camila, con los ojos brillantes de determinación—. Voy a ir de incógnita. Quiero ver si puedo romper esta apuesta. No sé cómo, pero quiero deshacerme de esto. Y si él me ve así, tal vez no me reconozca, tal vez...
—¿Tal vez qué? —Carola negó con la cabeza—. Cami, él te reconoció en un bar lleno de gente y con media botella de whisky encima. Crees que no te va a reconocer con una gorra y una mascarilla? Por favor.
—Es que no sé qué más hacer —admitió Camila, derrotada—. No sé cómo enfrentarlo. No sé qué decirle. No sé...
Carola se sentó a su lado y tomó sus manos.
—Escúchame bien. Vas a ir a esa cita, pero no vas a ir con miedo. Vas a ir con cuidado. Vas a hablar con él, pero no vas a discutir. Vas a ser firme, pero no terca. —La miró directamente a los ojos—. Rocco Santoro no es un mujeriego. Lo he visto con mujeres, pero nunca en plan romántico. Es la primera vez que me entero de que ese témpano de hielo le hace una apuesta así a una chica. Y eso significa algo.
—¿Qué significa? —preguntó Camila, confundida.
—No lo sé —admitió Carola—. Pero significa que no es solo un capricho. Significa que hay algo más. Y tú tienes que descubrir qué es.
Camila asintió, aunque no estaba segura de entender del todo. Pero sabía que su prima tenía razón en algo: no podía ir con miedo.
Se levantó, aún cojeando un poco (Rocco no había sido nada suave la noche anterior), y fue al armario de Carola a buscar su outfit de incógnita.