Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.
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LA ACTRIZ Y EL MONSTRUO
Las puertas del ascensor se abrieron con un sonido metálico, y Valeria salió como una tormenta desatada. No llamó. No esperó. Avanzó directo hacia la recepción, ignorando a todos los empleados que intentaron detenerla, y llegó hasta la puerta del despacho de Dante, la abrió de un empujón con fuerza suficiente para golpear contra la pared.
— ¡¿Cómo puedes?! —gritó, con la voz quebrada por la indignación fingida, las manos temblando, los ojos llenos de lágrimas que no eran de dolor, sino de rabia contenida—. ¡¿Qué clase de hombre eres?! ¡Tu primo se muere! ¡Está en un hospital público, sin medicinas, sin nada, luchando por respirar y tú… tú estás aquí sentado como si nada! ¡Frío! ¡Calculador! ¡Sin corazón!
Dante estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a la puerta. Se giró lentamente, sin prisa, sin sobresalto. La miró de arriba abajo, mientras ella seguía con su espectáculo: alzando las manos, caminando de un lado a otro, soltando cada frase preparada con dramatismo exagerado. Todo el chantaje moral, toda la manipulación emocional, todo el discurso de bondad y familia… lo soltó como si fuera la verdad misma.
Cuando terminó, se quedó jadeando, esperando. Esperando que él se inquietara. Que dudara. Que cediera. Que cayera en la trampa.
Pero Dante no dijo nada. Empezó a aplaudir.
Clap, clap, clap.
Lento, pausado, irónico.
— ¡Bravo! —exclamó, con una sonrisa burlona que la dejó petrificada—. ¡Bravo, de verdad! Sinceramente, Valeria, creo que te desperdicias como esposa y como mujer de sociedad. Deberías estar firmando contrato con una agencia de publicidad y ser la actriz principal de sus dramas. En mentira, en sofisticación, en hipocresía… nadie te gana.
Valeria se quedó desencajada, con la boca entreabierta, sin saber cómo reaccionar.
— ¡No estoy actuando! —gritó, herida en su orgullo—. ¡Es la verdad! ¡Es tu primo! ¡¿Cómo lo vas a dejar así?! ¡Es sangre de tu sangre!
Dante dio un paso hacia ella, y su sonrisa desapareció, dejando paso a una frialdad que heló el aire de la habitación.
— ¿Mi primo? —repitió, con tono cortante—. Es mi primo, no es mi hijo. Y para ser exactos… es un pariente lejano. Es sobrino de mi madre, nada más. Digo que es lejano porque no vive en mi casa, no lleva mi apellido, no tiene mis orígenes. Es un simple arribista que vivió de mi generosidad hasta que se le subió a la cabeza. Por eso es lejano. Muy lejano.
Se acercó más, hasta quedar a un paso de ella, y la miró con desafío.
— Ya que te gusta tanto la caridad… ve tú. Págale el tratamiento. Paga la habitación privada. Compra los medicamentos. ¿No que son muy unidos? ¿No que te interesa tanto su salud? ¿No que dejarías todo por él? Pues corre. Ve a terminar tu buena obra. Sé la heroína que pretendes ser.
— ¡Eres un monstruo! —le escupió ella, con los ojos llenos de odio verdadero por fin—. ¡Un monstruo sin alma!
— Claro que soy un monstruo —respondió él, con absoluta calma, como si estuviera comentando el clima—. Creo que había quedado establecido ese hecho. ¿O no quisiste darte cuenta? ¿O simplemente lo olvidaste cuando te convenía?
Hizo una seña hacia la puerta y los guardias entraron de inmediato.
— Sáquenla —ordenó Dante, sin dejar de mirarla—. Y arrójenla. Si es posible, tírenla a algún charco de agua. Que se enfríe.
— ¡No me puedes hacer esto! —gritó ella, luchando contra los guardias que la tomaban de los brazos—. ¡No puedes! ¡Yo no me merezco esto!
— Claro que puedo —dijo él, impasible—. Y no solo al charco de agua. También tírenle basura encima. Y síganme molestando, Valeria… y la siguiente vez que vengan a mi propiedad… haré que la lancen en plena vía vehicular. A ver si no te aplasta algún carro.
Ella salió arrastrada, gritando maldiciones, insultos, amenazas que ya no le importaban a nadie. Dante se quedó solo, se ajustó el saco con calma, se miró en el espejo y sonrió con satisfacción.
— Ah —dijo en voz alta, como si acabara de recordar algo—. Prohíbo el ingreso de esa mujer a todas mis instalaciones. Si vuelve a entrar a cualquiera de mis empresas… despido a todo el área de seguridad. Incluso al jefe. Que quede claro.
Se sentó en su sillón, abrió un expediente, y siguió trabajando. Como si nada hubiera pasado. Porque para él, efectivamente… no había pasado nada. Solo una actriz más que se quedó sin público.