Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.
Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.
Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.
Hades.
El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.
Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.
Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.
Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.
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Una sonrisa coqueta y un dios tembloroso
Los días se convirtieron en semanas, y la rutina, antes extraña y tensa, se volvió suave y natural, como el ritmo pausado del río Estigio a lo lejos. Cada mañana, Perséfone entraba a la sala del trono con la infusión recién preparada, y cada tarde, regresaba con la segunda dosis. No eran solo momentos de curación: eran horas de conversación, de silencios compartidos, de descubrir que el dios de la muerte tenía mucho más que decir de lo que nadie se había atrevido a escuchar.
Hades empezó a esperar esos momentos. Cuando ella tardaba unos minutos más, su mirada se dirigía sin querer hacia la puerta, preguntándose si habría encontrado algo interesante en los jardines, si se habría detenido a hablar con alguna sombra, si… si acaso no vendría. Y cuando la veía aparecer, con el manojo de hierbas en la mano y esa luz suave en los ojos, algo dentro de él se relajaba, como si el mundo entero hubiera encontrado su centro.
Una tarde, el aire del palacio se sentía especialmente cálido, como si el Inframundo mismo supiera que algo cambiaba. Perséfone entró con paso ligero, la taza de cerámica humeante entre sus manos, y al verlo sentado allí, esperándola con esa expresión de quien ya no intenta ocultar que la espera, se detuvo un instante en el umbral. No entró de inmediato. Se quedó ahí, apoyada en el marco de la puerta, con la cabeza ladeada, y entonces… sonrió.
No era la sonrisa amable y agradecida de siempre. Era distinta. Tenía un brillo juguetón, un toque de desafío, una suavidad que lo recorrió entero como una corriente eléctrica. Sus labios se curvaron despacio, y sus ojos lo recorrieron de arriba abajo, despacio, saboreando el momento, como si estuviera descubriendo algo maravilloso que antes no se había atrevido a mirar.
Hades contuvo el aliento. De repente, el aire se le hizo escaso. Se enderezó en el trono sin darse cuenta, y sus manos, que siempre habían estado firmes y seguras sobre el reposabrazos, empezaron a temblar. Primero fue un temblor casi imperceptible, pero creció, igual que el latido de su corazón golpeando contra sus costillas con una fuerza que no entendía. No era miedo. No era la enfermedad. Era algo mucho más extraño, mucho más poderoso: era la certeza de que ella no solo lo sanaba el cuerpo. Lo estaba desarmando el alma.
—¿Me estás esperando, mi señor? —preguntó ella, con voz suave y una risa ligera que se quedó flotando en el aire, mientras caminaba despacio hacia él, como si disfrutara de cada segundo de su silencio, de su asombro.
—Siempre te espero, Perséfone —respondió él, y su voz salió más baja, más ronca de lo que pretendía—. No sabía… no sabía que podía esperar a alguien así.
Ella llegó hasta su lado, colocó la taza sobre la mesa y se quedó de pie frente a él, sin sentarse todavía, con esa sonrisa que no se iba, que crecía, que lo envolvía todo.
—¿Así cómo? —preguntó, acercándose un poco más, lo suficiente para que él pudiera sentir el calor de su piel, el aroma a flores y tierra húmeda que siempre llevaba consigo—. ¿Esperarme como quien espera una cura? ¿O como quien espera algo más?
Hades tragó saliva. Sus manos temblaban con más fuerza ahora, y las apretó contra la piedra fría del trono intentando controlarse, intentando recuperar la compostura de un dios que no debía temblar por nada. Pero no podía. Ella lo miraba de una forma que nadie lo había mirado jamás: no con miedo, no con reverencia, no con lástima… sino con deseo. Con interés. Con la certeza de que él era digno de ser visto, de ser deseado, de ser amado.
—No sé cómo llamarlo —admitió él, y la honestidad de sus palabras lo hizo sentir aún más débil, aún más expuesto—. Solo sé que cuando llegas, el palacio deja de estar vacío. Que cuando hablas, el dolor se hace más pequeño. Que cuando me miras así… —se detuvo, incapaz de terminar la frase, porque no había palabras para explicar lo que sentía—. Tiemblan mis manos. Tiembla mi pecho. Y no es la tos. No es la enfermedad. Eres tú. Eres tú quien me hace temblar.
Perséfone alzó una mano y, con una delicadeza infinita, posó sus dedos sobre una de sus manos temblorosas. Al contacto, Hades cerró los ojos, como si hubiera recibido un golpe suave y hermoso, como si su piel hubiera estado esperando ese roce desde siempre.
—¿Te asusta? —susurró ella, muy cerca de él—. ¿Que te haga temblar?
Él negó lentamente, sin abrir los ojos, sin apartar la mano.
—Me asustaría más que no lo hicieras —respondió con sinceridad absoluta—. Toda mi vida he sido firme, inquebrantable, inmóvil. Nadie me ha hecho dudar. Nadie me ha hecho sentir. Y ahora… ahora tiemblo por una sonrisa tuya. Y no quiero que dejes de hacerlo.
Cuando abrió los ojos, ella estaba mirándolo con una ternura que lo desarmó por completo.
—No dejaré —prometió ella—. No dejaré de sonreírte, Hades. No dejaré de mirarte. No dejaré de hacerte sentir que estás vivo. Porque estás vivo. Más vivo que nunca. Y ese temblor… es el corazón de un dios que por fin late de verdad.
Retiró la mano despacio, como si no quisiera romper el momento, y le señaló la taza de infusión que seguía humeante entre ellos.
—Bebe. Antes de que se enfríe. Aunque creo que hoy la medicina no es la que te ha hecho más bien.
Hades tomó la taza, y aunque sus manos aún temblaban levemente, esta vez no intentó ocultarlo. Bebió despacio, mirándola por encima del borde de la cerámica, y cada sorbo supo diferente, más dulce, más cálido, porque ella estaba ahí, sonriéndole, esperándolo. Y cuando terminó, dejó la taza a un lado y se quedó mirándola, sabiendo que algo había cambiado para siempre. Que la barrera entre el dios y la mujer se había roto, no con violencia, sino con una sonrisa coqueta y un temblor que ya no tenía nombre de enfermedad, sino de amor.