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ESENCIA CARMESÍ

ESENCIA CARMESÍ

Status: En proceso
Genre:Magia / Completas
Popularitas:211
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.

Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?

Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 9 El sofá frío

El coche de Damián Cruz olía a cuero viejo, a tabaco rubio y a lluvia que se filtraba por las gomas de las puertas. Era un modelo viejo, azul marino, con el salpicadero lleno de papeles, multas, una foto doblada en la guantera que Ali alcanzó a ver por el rabillo del ojo antes de que Damián la metiera de golpe dentro sin decir nada. No hablaban. Ni él ni el policía. Solo el ruido de las ruedas sobre el asfalto mojado, el motor que zumbaba bajo ellos y las escobillas del limpiaparabrisas que subían y bajaban con un ritmo lento, monótono, hipnótico.

Ali estaba encogido en el asiento del copiloto, con la capucha bien puesta, las manos apretadas entre sus rodillas temblorosas. Tenía el cuerpo entero hecho pedazos: las piernas golpeadas por el bate le dolían con cada bache de la calle, las costillas rotas le pinchaban como agujas cada vez que respiraba hondo, la frente abierta le seguía sangrando poco a poco sobre la tela del asiento, y la muñeca izquierda donde se había hecho el corte con la navaja le latía al compás de su corazón. Pero no se atrevía a quejarse. No se atrevía a moverse casi. Seguía esperando que en cualquier momento Damián se detuviera, le sacara la pistola, le dijera que todo había sido una trampa, que le llevaba directamente a los hombres de Némesis.

Pero no.

Damián conducía mirando siempre al frente, una mano en el volante, la otra apoyada en la ventanilla abierta por donde salía el humo de un cigarrillo que se fumaba sin prisa. No le miraba. No le preguntaba qué había pasado en el callejón. No le preguntaba qué era esa luz roja y violeta que había salido de su cuerpo como una tormenta. No le preguntaba por los moretones, por la sangre, por la marca que ardía bajo su sudadera. Había dicho que no le haría preguntas. Y lo estaba cumpliendo.

Llegaron a un edificio gris y serio del barrio de République, en el tercer piso. Damián abrió la puerta principal con una llave, subieron las escaleras sin luz, y luego otra puerta de madera oscura. El departamento estaba en penumbra. Cuando Damián encendió la luz del pasillo, Ali parpadeó, deslumbrado.

Era un sitio vacío.

Frío. Ordenado. Demasiado ordenado. Como si nadie viviera realmente ahí. Como si fuera solo un lugar donde dormir y comer, nada más. Suelos de madera oscura pulida, paredes blancas sin cuadros, sin fotos, sin nada que dijera quién era Damián Cruz. Solo un perchero con dos abrigos iguales, un estante con unos pocos libros de policía y derecho, y una nevera grande y metálica en la cocina que hacía un zumbido bajo y constante.

—Pasa —dijo Damián, quitándose el abrigo y colgándolo con cuidado. Su camisa negra estaba mojada por los hombros por la lluvia. Tenía los músculos de los brazos marcados, y Ali vio que tenía otra cicatriz más pequeña en el cuello, casi oculta por el cuello de la camisa—. No es gran cosa. Pero tiene calefacción. Y café.

Ali entró despacio, sin atreverse a tocar nada, como si todo lo que rozara se fuera a romper o a volar por los aires sin su permiso. Se quedó parado en medio del salón, mojado, sangrando, temblando, sintiéndose fuera de lugar, un intruso en la vida ordenada y limpia de aquel hombre que no conocía de nada.

Damián pasó de largo hacia la cocina. Se oyó el ruido de una cafetera encendiéndose, de tazas chocando, de agua corriendo por el grifo. Volvió cinco minutos después con dos tazas grandes de cerámica negra, humeantes, y se las acercó a la mesa baja de madera que había delante del sofá de cuero negro.

—Café solo —dijo, dejándole una a Ali—. No tengo azúcar. No lo uso.

Ali asintió muy bajo. No se sentó todavía. Seguía de pie, mirando el suelo.

—Te puedes sentar —añadió Damián, sentándose él primero en el sillón de enfrente, cruzando las piernas, el café entre sus manos grandes y callosas—. No te voy a morder. Y no te voy a preguntar nada. Te lo prometí.

Ali se sentó entonces.

El sofá era de cuero negro, brillante, y estaba helado. Se le pegó a la ropa mojada por la espalda y las piernas, haciendo que temblara todavía más. Era frío. Igual que todo el departamento. Igual que la forma de hablar de Damián. Igual que la vida entera de Ali, desde que tenía memoria.

Cogió la taza con las dos manos temblorosas. El calor le quemó un poco los dedos, pero le hizo bien. Le ayudó a sentir que todavía estaba vivo, que no era un sueño. Se bebió un sorbo pequeño. Era amargo, fuerte, casi insoportable. Pero se lo bebió igual. Era lo único caliente que le habían dado en años que no fuera comida que luego le quitarían a golpes.

Pasaron diez minutos en silencio.

Quince.

Veinte.

Nadie dijo ni una palabra.

Damián se fumó otro cigarrillo mirando por la ventana grande que daba a los tejados de París, ya negros bajo la lluvia. Ali bebió su café despacio, gota a gota, sin atreverse a levantar la vista hacia él. De vez en cuando el policía le lanzaba una mirada rápida, solo para comprobar que seguía ahí, que no se desmayaba, que no se le iba la vida entre las manos. Pero nunca decía nada. Nunca forzaba la conversación.

A las once y media Damián se levantó sin hablar. Fue a un armario del pasillo, sacó una manta de lana gris, gruesa, y se la dejó doblada en el brazo del sofá, al lado de Ali. También dejó encima unas curitas grandes, un bote de desinfectante y una toalla limpia.

—Para lo que necesites —fue todo lo que dijo.

Luego se fue a su habitación. Cerró la puerta. No la echó con llave. No le dijo que se quedara. No le dijo que se fuera. Solo la cerró suavemente, y Ali se quedó solo en el salón a oscuras, con el ruido de la lluvia contra los cristales y el zumbido lejano de la nevera.

Se quedó quieto mucho rato.

Luego, muy despacio, sin hacer ruido, se quitó la chaqueta mojada. Se limpió la sangre seca de la frente y la muñeca con la toalla, se puso desinfectante (le ardió muchísimo, apretó los dientes para no gritar) y se tapó los cortes con las curitas. Se envolvió en la manta de lana. Olía a lavanda limpia, a ropa recién planchada. Un olor que no conocía. Nadie le había dado nunca una manta limpia en toda su vida.

Se acostó en el sofá frío.

Era demasiado pequeño para él. Sus pies colgaban por el borde. El cuero seguía helado a pesar de la manta. Pero tenía calefacción. No tenía a Marcos gritando al otro lado de la pared. No tenía a su madre llorando en silencio. No tenía a nadie que le quisiera hacer daño. Por primera vez en diecisiete años… estaba a salvo.

Y aun así… no podía dormir.

Cada vez que cerraba los ojos veía la cara de su madre llena de miedo. Veía la marca del cuello brillando en la oscuridad. Veía la luz roja y violeta saliendo de él, destruyendo el baño, haciendo volar los adoquines del callejón. Veía a los hombres de Némesis buscándole por toda París, con batas blancas y jeringuillas listas para clavárselas. Y veía a Damián, al policía que le había salvado, que en cualquier momento se daría cuenta de lo que era realmente… y le tendría miedo también. Como todos.

No podía quedarse ahí.

No podía contaminar la vida limpia y ordenada de aquel hombre con su monstruosidad. No podía permitir que Damián terminara muerto por haberle ayudado. Némesis no tenía piedad con nadie que se interpusiera en su camino. Lo sabía. Lo había leído en el foro. Lo había dicho Vespera.

Miró el reloj digital del aparato de música que había en la estantería.

**05:07**.

Cinco de la mañana.

La luz grisácea del alba empezaba ya a colarse por las rendijas de las cortinas. París despertaría pronto. Damián se despertaría en una hora más o menos. Tenía que irse antes. Tenía que desaparecer. Volver a ser el chico invisible que siempre había sido.

Se levantó del sofá sin hacer el menor ruido. Dobló la manta con mucho cuidado, la dejó exactamente igual que la había encontrado en el brazo del sofá. Dejó las curitas usadas envueltas en un papel en la mesa, para que no tuviera que limpiar él sus desechos. Buscó un trozo de papel y un bolígrafo en un cajón de la cocina. Escribió dos palabras muy pequeñas, con la letra temblorosa: *Gracias*. Nada más. No puso su nombre. No explicó nada. Lo dejó debajo de la taza de café vacía, en el centro de la mesa.

Cogió su chaqueta mojada. Se la puso. Se acercó a la puerta principal. La abrió despacio. Los goznes no chirriaron nada.

Justo antes de salir, se detuvo. Miró hacia atrás, hacia el departamento vacío y ordenado que le había dado cobijo unas horas. Vio la puerta de la habitación de Damián, todavía cerrada. Sintió un nudo en la garganta que no sabía explicar. Nadie le había ayudado nunca sin pedir nada a cambio. Nadie. Y ahora que lo había hecho… él tenía que irse sin despedirse. Porque era lo mejor para los dos.

Salió.

Cerró la puerta con muchísimo cuidado.

Bajó las escaleras deprisa, sin hacer ruido. Salió a la calle.

El aire de la mañana de enero le golpeó la cara como un bofetón helado. Estaba lloviendo todavía, más suave ahora, casi una niebla mojada que le empapaba el pelo en segundos. No había casi nadie por las calles: solo un panadero abriendo su tienda, un barrendero barriendo las hojas secas de la acera, un par de taxis pasando despacio con las luces encendidas.

Ali empezó a caminar sin rumbo.

No sabía a dónde ir. No tenía casa. No tenía dinero. No tenía a nadie. Sabía que Némesis ya había ido a buscarle a Belleville y no le habían encontrado. Sabía que seguirían buscándole por toda la ciudad. Sabía que su poder podía estallar en cualquier momento sin su permiso, haciendo daño a gente que no tenía la culpa. Sabía que estaba solo otra vez.

Pero por primera vez en mucho tiempo… no tenía miedo de estar solo.

Tenía miedo de lo que llevaba dentro. Tenía miedo de Némesis. Tenía miedo de Vespera y de Lumen y de todos los demás que vendrían tras él. Pero no tenía miedo de la calle. Ya la conocía. Ya sabía sobrevivir en ella.

Pasó por delante de una comisaría. Vio varios coches de policía aparcados fuera. Por un segundo pensó en entrar, en decirle a alguien lo que Marcos le había hecho, lo que Némesis quería hacerle. Pero luego se acordó de la luz roja y violeta del callejón. Se acordó de que los gobiernos formaban parte de Némesis también. Se acordó de que todos querían lo mismo: usarle o matarle.

Siguió caminando.

A lo lejos, en lo alto de un tejado, una figura de abrigo negro lo observó caminar entre la gente que empezaba a llenar las calles. No se movió. No le llamó. Solo sonrió con esa sonrisa triste y antigua que solo ella tenía.

Vespera.

Había estado ahí toda la noche. Había visto todo. Había visto cómo Damián le salvaba. Había visto cómo se iba sin despedirse.

—Bien hecho, niño —susurró al viento, que se llevó sus palabras antes de que nadie las oyera—. Ahora empieza lo difícil.

Desapareció de nuevo en la niebla de la mañana.

Ali no la vio.

Seguía caminando, con la cabeza baja, la capucha puesta, la marca del cuello ardiéndole bajo la tela de la sudadera. No sabía que le esperaban días de dolor, de peleas, de pérdidas que aún no podía ni imaginar. No sabía que volvería a ver a Damián mucho antes de lo que pensaba. No sabía que su vida ya no volvería a ser solo suya.

Solo sabía una cosa:

Había sobrevivido a la noche más larga de su vida.

Y ahora…

…ahora tenía que seguir sobreviviendo.

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