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Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Embarazo no planeado / Malentendidos / Dejar escapar al amor / Enfermizo / Completas
Popularitas:313.9k
Nilai: 4.5
nombre de autor: Galaxy

Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.

Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:

—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.

Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.

Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:

—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!

¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.

Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.

NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1: El humo en la puerta de urgencias

El cigarro se encendió en la oscuridad, y por un segundo la llama le dibujó la cara.

Valentina lo reconoció antes de pensarlo siquiera. La quijada dura, la sombra bajo los pómulos, esa boca que no sonreía. Estaba recargado contra una columna a la entrada de urgencias del Hospital General, con el saco abierto y la corbata floja, fumando como si el edificio entero le perteneciera. La brasa subía y bajaba. El humo se le enredaba en el pelo y se iba.

Cinco años. Cinco años y el cuerpo se le acordaba de todo antes que la cabeza.

Apretó la carpeta de expedientes contra el pecho y bajó la mirada al suelo mojado. La pierna derecha le respondió con esa punzada de siempre, la que subía desde el tobillo cada vez que el clima cambiaba. Cojeó dos pasos hacia la puerta automática. No lo iba a saludar. No tenía nada que decirle a Maximiliano Argüello.

—¿Es en serio? —La voz de mujer salió aguda, fastidiada, desde el coche negro estacionado en doble fila—. Maxi, llevamos media hora aquí. Te dije que estos hospitales de gobierno son un asco.

Joana. Por supuesto que era Joana.

Bajó del coche envuelta en un abrigo que costaba más que tres quincenas de Valentina, taconeando sobre el cemento sucio, y se colgó del brazo de él con la naturalidad de quien ya tiene un lugar reservado. Maximiliano no la miró. Miró a Valentina.

Fue un instante. El cigarro a media altura, la brasa quieta. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo: el uniforme de enfermera deslavado, los zapatos blancos gastados, la pierna que no terminaba de enderezarse. Algo se le movió en el fondo de la mirada, algo oscuro que ella no supo leer y que prefirió no leer.

—Vaya —dijo él al fin, y tiró el cigarro al charco—. La enfermera.

Dos palabras. Las dijo despacio, saboreándolas, como quien señala algo que se rompió y ya no sirve.

Valentina sintió que la garganta se le cerraba, y se obligó a sostenerle la mirada. No le iba a dar el gusto. Por debajo del cuello del uniforme, sus dedos encontraron sin querer la cadena, y al final de la cadena el anillo viejo de plata, la filigrana gastada de tanto frotarla en las noches que no podía dormir. Lo apretó hasta que el metal se le marcó en la palma.

—Buenas noches, señor Argüello —respondió, y le salió la voz más firme de lo que esperaba. El usted fue a propósito. El usted era un muro.

Algo le cruzó la cara a él. Un tic en la mandíbula. Pero ya Joana lo jalaba del brazo hacia adentro, exigiendo que alguien atendiera "ahora mismo" su tobillo torcido.

Y la que estaba de turno en la mesa de triaje era Valentina.

Se sentó en el banco frente a ella, sin reconocerla todavía, con el pie en alto y el gesto de quien espera que el mundo se acomode a su prisa.

—A ver, rápido, que no tengo toda la noche. —Entonces alzó la vista, y la sonrisa se le hizo filosa—. Ay, pero si eres tú. Mira nada más. De casarte con un Argüello a vendarles los pies a los demás. —Soltó una risita y buscó a Maximiliano con los ojos, para que la oyera—. La vida da unas vueltas.

En las sillas de al lado, dos señoras que esperaban turno dejaron de cuchichear para mirar. Valentina sintió el calor subirle al cuello. Tomó la venda, se puso los guantes y le sostuvo el tobillo con manos profesionales, firmes, que no temblaron ni un poco aunque por dentro algo se le quebraba en astillas finas.

—No está roto —dijo, en su voz más plana, la de maestra paciente—. Hielo y reposo. Aquí tiene.

Le terminó el vendaje, se quitó los guantes y se levantó antes de que Joana encontrara la siguiente puntada. Cojeó hacia el pasillo a respirar.

Cinco años atrás él no la había llamado "la enfermera". La había llamado otras cosas, junto a aquel lago, la noche en que ella reunió todo el valor que le quedaba y le dijo que se separaban.

"¿Separarnos? No." Lo recordaba con una nitidez cruel. Él ni siquiera había levantado la voz. "Quédate encadenada a ese hombre. Púdrete con él. A ver si te alcanza."

Y ella se había quedado encadenada. Y se había podrido un poco. Y aquí estaba.

—Cinco años —murmuró para sí misma, acomodándose un mechón detrás de la oreja—. Supongo que a esto le dicen recibir lo que una merece.

Lo que ninguno de los dos imaginaba esa noche era que, no muchos meses después, ese mismo hombre estaría de rodillas frente a ella, con la cara deshecha, repitiendo una sola palabra: perdóname.

Pero esa noche faltaba todavía.

El reloj de la sala marcaba las nueve y media. Valentina cruzó entre las camillas, repartiendo medicamentos, tomando presiones, sonriéndoles a los viejitos que tosían en fila por la temporada de gripa. El turno no terminaba hasta las once. Y en la última silla del rincón, con los pies que no le llegaban al suelo, estaba el motivo por el que se aguantaba todo lo demás.

—Mami —Dulce levantó la cabeza apenas la vio acercarse.

Tenía cinco años y la cara redonda de su madre. Una bolsa de suero le goteaba en el brazo flaquito, pegada con cinta y con una calcomanía de conejo que Valentina le había puesto para que no se asustara de la aguja. Balanceaba las piernas en el aire. Detrás de la oreja izquierda le asomaba el audífono color durazno, ese aparatito que costaba lo que Valentina no quería ni recordar y que, aun así, no le devolvía del todo el mundo.

—Aquí estoy, mi amor. —Se puso en cuclillas frente a ella, ignorando el tirón de la pierna, y le habló de frente para que le viera los labios—. ¿Te duele el bracito?

Dulce negó muy seria, con los cachetes inflados.

—No. Pero ese señor de allá fuma. Y fumar es malo. —Lo dijo bien alto, frunciendo el ceño, señalando hacia la puerta—. Le iba a decir, pero tú dices que no le hable a los desconocidos.

A Valentina se le escapó la risa antes de poder evitarlo, una risa pequeña que le raspó por dentro.

—Muy bien hecho. No le hables a los desconocidos.

Desconocido. Sí. Que siguiera siendo eso.

Le revisó el suero, le tomó la temperatura —ya estaba cediendo la fiebre—, y le prometió que en un rato terminaba y se iban a casa, y que de pasada compraban un elote, aunque fuera tarde, aunque no tuvieran para el elote. Dulce aceptó el trato con la solemnidad de quien firma un contrato importante y volvió a balancear las piernas.

Valentina se incorporó para seguir con la ronda. Le ardía la espalda. Le ardía la pierna. Pero la niña estaba estable, la fiebre bajaba, y por esta noche con eso bastaba.

Alcanzó a dar tres pasos cuando la vocecita la detuvo.

—Mami.

—¿Mm? —Se volteó.

Dulce había dejado de mover las piernas. Tenía los ojos grandes fijos en ella, esos ojos que a veces miraban demasiado para sus cinco años, y se enrollaba el cordón del audífono en el dedo.

—¿Cuándo voy a ver a mi papá?

El pasillo siguió andando alrededor de Valentina: las camillas, las toses, el carrito de medicamentos, el zumbido de los focos. Todo siguió. Solo ella se quedó quieta, con la carpeta apretada contra el pecho y el anillo de plata frío sobre la piel.

Afuera, tras la puerta de cristal, una brasa de cigarro volvió a encenderse en la oscuridad.

—Está de viaje, mi amor —dijo Valentina, y le sonrió—. De viaje, muy lejos.

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Patricia Trujillo Marin
se terminó la historia y todo los capítulos solo fue de sufrimiento y uno solo de felicidad, que pena con la escritora pero yo no vuelvo a leerte 🤭🤭🤭🤭👏
Patricia Trujillo Marin
señora escritora no vuelva a escribir nada no sé si usted es mujer pero como mujer no se quiere un carajo
Patricia Trujillo Marin
señora escritora no vuelva a escribir nada no sé si usted es mujer pero como mujer no se quiere un carajo
Patricia Trujillo Marin
mire pues ahora solo falta que la escritora le ponga una enfermedad, no voy a seguir leyendo historias de esta escritora es una persona muy perversa
Patricia Trujillo Marin
yo tengo razón la escritora odia de muerte a Valentina, todo lo que hace la protagonista le sale mal😭😭😭😭😭
Patricia Trujillo Marin
la que escribio está historia no quiere nada ala protagonista que dolor a Valentina no le pasa nada bueno uyyyyyyy
Patricia Trujillo Marin
No me gusta mucho la novela donde hay mayoría de malos y pocos buenos ya señora escritora cambié la trama
Patricia Trujillo Marin
max no es tan inteligente como yo pensaba tiene a la niña y no le hace la prueba de ADN
gabriela uliarte
hermosa historia
Mirna Lobo
espero que la escritora le tenga un buen final al tal Bruno por desgraciado 😡😡😡y a la mamá también 😡
Ada Luque
empieza bien, lo situaría en un 7 de 10. pero conforme pasa la historia se va haciendo pesada, anodina, larga y para rematar incongruente por toooodos los fallos q no son pocos. Al final tuve la sensación d q leí 2 historias diferentes en una. Finalmente le doy un 3.
Carmen Salgado
Muy buena novela gracias autora, felisitaciones apacionante!! ¡
Tere Jimenez
hermosa novela gracias por compartir
Tere Jimenez
así es
Tere Jimenez
así es ya llore mucho por favor que hable con el o que el se entere que está enferma
Mariana Posternak
no me cuadra los años ???????
Maria Hernández
Me. Gustó mucho esta. Novela lloré arto y sufrí con las, maldades. De la ama de. Ximena
neumidia ruiz
estuvo muy buena la trama , algunas incoherencias como por ejemplo 18 años de sufrimientos y la niña tenía 5, luego ya adolescente Dulce mateo bebé 🤣
Laura Incaurgarat
me encantó!!! llore como nunca... pero de verdad hermosa historia
alicia g
tristisima historia, escritora ases que el lector se meta en la trama viva cada capítulo, excelente
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