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Cien Años Para Encontrarte

Cien Años Para Encontrarte

Status: En proceso
Genre:Maldición / Amor eterno / Reencuentro
Popularitas:881
Nilai: 5
nombre de autor: (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。

Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.

NovelToon tiene autorización de (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Extraña Sensación

A las seis de la tarde en punto, la hora oficial de salida del taller, Charlotte ya se encontraba esperando en la acera. En cuanto el chófer  le abrió la puerta trasera, ella bajó apresurada, barriendo la calle con la mirada hasta que logró alcanzar a Elara antes de que cruzara la esquina.

—¡Elara! Por favor, ¿me concedes un minuto? —pidió con tono suplicante.

Mila, captando la seriedad de la situación al instante, se despidió rápidamente de ambas con un gesto de la mano y continuó su camino. Elara se quedó estática por un segundo, respiró hondo para recuperar su habitual compostura profesional y se acercó a la joven heredera.

—Dígame, señorita Huxley.

—Dime solo Charlotte, por favor —respondió ella de inmediato, dibujando una sonrisa, visiblemente apenada por el bochornoso espectáculo que había tenido que presenciar la modista en la joyería—. ¿Te puedo invitar a tomar un café? Me gustaría que habláramos con más tranquilidad.

Al reparar en que se encontraban justo en la entrada principal del edificio, y al notar que varios de sus colegas y compañeros de trabajo pasaban a su lado lanzando miradas curiosas, Elara comprendió que la acera no era el lugar idóneo para una escena. Asintió sutilmente con la cabeza y, sin decir una palabra más, aceptó la invitación.

—Tengo mi coche... ustedes sigan y los seguiré.

—Esta bien —contesto Charlotte, algo desanimada le hubiera gustado compartir el coche, para conversar un poco más.

...

Una vez instaladas en el reservado de una cafetería discreta y elegante, Charlotte no esperó ni a que el camarero les sirviera las tazas para ir directo al grano. Miró a Elara a los ojos, con un semblante cargado de una genuina vergüenza.

—Elara, te pedí que viniéramos aquí porque necesito pedirte una disculpa por el comportamiento tan espantoso que tuvo mi hermano esta mañana. Él no suele ser así, te lo juro. Siempre ha sido un hombre sumamente educado, de modales impecables. 

Charlotte entrelazó sus dedos sobre la mesa, exhalando un suspiro de frustración antes de continuar.

—No lo estoy justificando, bajo ninguna circunstancia. Sé perfectamente que fue un grosero, y que no tenía ningún derecho a reaccionar de esa manera, ni contigo ni con nadie. Solo quiero que sepas que su actitud no tiene nada que ver contigo, ni con tu extraordinario trabajo.

Elara escuchaba en absoluto silencio, manteniendo la espalda recta y las manos apoyadas sobre la mesa. La sinceridad en la voz de la heredera Huxley era innegable, lo que ayudó a disipar la indignación que la modista venía arrastrando desde que huyó de la joyería.

—No se preocupe, Señorita Charlotte —contestó con una sonrisa serena, forzando un tono comprensivo—. Ya está olvidado.

Aunque por dentro, Elara se juraba a sí misma con absoluta firmeza que no volvería a trabajar jamás en la vida para ese hombre, pero no tenía ninguna intención de hacer sentir peor a la joven que tenía enfrente.

—Ay, entonces estamos bien —exclamó Charlotte, dejando escapar un suspiro de alivio. Con un gesto espontáneo de afecto, extendió las manos y tomó las de la modista sobre la mesa—. De verdad, me caes muy bien, Elara, y no quería que este horrible malentendido arruinara las cosas entre nosotras.

En el preciso instante en que la piel de Charlotte entró en contacto con la suya, Elara sintió una extraña sensación que le erizó la piel de la nuca sin motivo aparente. Parpadeó un par de veces, desconcertada por la reacción de su propio cuerpo, pero se obligó a disimularlo de inmediato.

—Está bien —volvió a decir Elara, sosteniendo la mirada de la heredera y sonriendo de vuelta de manera afectuosa.

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Al día siguiente, a la hora de salir a almorzar, Elara y Mila caminaban juntas hacia la salida principal del edificio. Sin embargo, esta vez Elara tomó del brazo a su amiga y la guió con paso firme por la acera contrario, trazando una ruta inusual que rodeaba por completo la manzana para evitar pasar frente a la joyería de los Huxley. Aquel desvío tan evidente no se le pasó por alto a Mila, especialmente cuando terminaron sentadas exactamente en el mismo restaurante de siempre.

Una vez que se acomodaron en su mesa habitual e hicieron su pedido con el camarero, Mila se cruzó de brazos y clavó una mirada inquisitiva en su compañera.

—Ahora sí, Eli... Me vas a decir exactamente qué demonios sucedió el día que fuiste a esa joyería.

—Que no pasó nada, Mila —respondió Elara con tono evasivo, fingiendo un excesivo interés en doblar la servilleta de tela.

—¡Ay, sí, claro! Y por eso mismo acabamos de dar la vuelta al mundo entero para llegar a este lugar, cuando antes nos tomaba solo un minuto cruzar la acera en línea recta —replicó Mila con una sonrisa sarcástica, arqueando una ceja.

Elara soltó un suspiro, dándose cuenta de que era completamente inútil ocultar las cosas a la única persona en el taller que la conocía al derecho y al revés.

—En serio, Mila, ese día no pude tomar las medidas. Creo que el señor Huxley tuvo un pésimo día y simplemente no pudo recibirme —insistió Elara, manteniendo la voz baja para no llamar la atención en el restaurante.

—Mhm... —se limitó a responder Mila, entornando los ojos.

Mila no se tragaba ese cuento ni por un segundo, pero conocía lo suficiente a su amiga como para saber que, si no quería darle detalles, era mejor no presionarla. Sin embargo, le quedó perfectamente claro que detrás de esa vaga respuesta había algo mucho más.

...----------------...

Con el pasar de los días, sus sospechas se confirmaron por completo. Una mañana, al entrar al taller, Mila se detuvo en seco frente al cubículo de Elara. Sobre el escritorio descansaba un pequeño y elegante ramo de flores frescas, acompañado por una sobria tarjeta.

Cuando Elara llegó a su cubículo y descubrió el delicado ramo sobre el escritorio, una serie de suposiciones cruzó de inmediato por su mente. Con manos un tanto dubitativas, tomó el pequeño sobre y extrajo la tarjeta. Al leer el contenido que dictaba una escueta pero sincera disculpa firmada por el mismísimo Huxley, dejó escapar un hondo suspiro, debatiéndose entre el orgullo y la sorpresa. Bueno, las flores eran verdaderamente bellas, no podía negarlo, y le parecía un desperdicio absoluto arrojarlas a la basura. Así que, tras pensárselo dos veces, buscó un jarrón de vidrio por el taller, lo llenó con agua y acomodó el ramo en el centro de su mesa.

Mila, que había estado vigilando cada movimiento desde su lugar con una sonrisa pícara, se acercó sigilosamente y se apoyó contra el mostrador.

—¿Tenemos un admirador secreto por aquí? —preguntó con tono burlón, arqueando una ceja.

—No, qué va... —respondió Elara de inmediato, acomodando los tallos con excesivo esmero para ocultar el repentino nerviosismo que le tiñó las mejillas—. Solo es un pequeño presente de agradecimiento de la señorita Huxley por el vestido de compromiso.

Mila entornó los ojos, divertida. Sabía perfectamente que las herederas multimillonarias no solían enviar flores con tarjetas de caligrafía tan sobria y masculina, pero decidió dejar pasar la mentira, disfrutando en silencio del misterio que rodeaba a su amiga.

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