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Yo No Te Amo Y Nunca Lo Haré?

Yo No Te Amo Y Nunca Lo Haré?

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Amor eterno
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: vicki hernandez

Una mujer que dice no ama a su esposo. Pero se queda cada día odia menos a su esposo y ve que pueden ser un matrimonio con amor

Un hombre enamorado de su esposa feliz de que su sueño se volvió realidad aunque sabe que su esposa lo odia fingiendo cuando hay invitados o salen como la pareja perfecta, pero luego se da cuenta que su esposa se empieza enamorar de él.

NovelToon tiene autorización de vicki hernandez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Vestido de princesa para la princesa

Luna

No salí del probador hasta que se me secaron los ojos.

No porque hubiera dejado de llorar.

Simplemente ya no quería que nadie me viera hacerlo.

Me quedé sentada durante varios minutos sobre aquel pequeño banco tapizado, mirando el mensaje de Thiago en mi teléfono.

Te amo.

Dos palabras.

Dos palabras que antes me habrían hecho sonreír.

Dos palabras que ahora me provocaban ganas de lanzar el celular contra la pared.

Bloqueé la pantalla y respiré profundamente.

No iba a llorar otra vez.

No delante de mi madre.

No delante de Valentina.

No delante de Cami y Mia.

Y definitivamente no por Thiago.

Me levanté.

Me miré al espejo.

Todavía tenía los ojos ligeramente rojos, pero podía ocultarlos con maquillaje.

Perfecto.

Eso era lo que mejor sabía hacer últimamente.

Ocultar.

Ocultar el miedo.

Ocultar la rabia.

Ocultar las ganas de escapar.

Ocultar que cada vez que alguien decía la palabra boda, sentía que algo se cerraba alrededor de mi cuello.

Abrí la cortina.

Todas las miradas se dirigieron hacia mí.

Cami fue la primera en hablar.

—¿Estás bien?

—Sí.

Mentí.

Otra vez.

Donatella, la asesora italiana que llevaba casi una hora intentando encontrar el vestido perfecto para mí, se acercó con una sonrisa.

—¿Quieres probar otro modelo, signorina?

La miré.

Después miré todos los vestidos que estaban alrededor.

Y de repente tuve una idea.

Si querían una novia perfecta...

Iban a tenerla.

Pero a mi manera.

—Tráiganme los más de princesa que tengan.

Donatella abrió mucho los ojos.

—¿Princesa?

—Sí.

Mi voz seguía ronca.

—Los más grandes. Los más exagerados. Los que parezcan sacados de un cuento.

Donatella juntó las manos emocionada.

—¡Finalmente!

Dio una pequeña palmada.

—¡La novia Del Monte quiere drama!

Se giró hacia las demás.

—¡Principessa!

Cami comenzó a gritar.

—¡SÍ!

Mia levantó el celular.

—¡Te lo dije! ¡Modo princesa activado!

Rodé los ojos.

—No exageren.

—¿Nosotras? —Cami se señaló el pecho—. Luna, estamos en Milán buscando tu vestido de novia. Si no exageramos hoy, ¿cuándo?

No respondí.

Porque la verdad era que no estaba buscando un vestido.

Estaba buscando una armadura.

Una forma de esconderme.

Una forma de convertir aquella boda en algo tan exagerado que al menos pudiera controlar una pequeña parte de ella.

Donatella desapareció detrás de una puerta.

Y cinco minutos después, el probador parecía un campo de batalla.

Había tul.

Organza.

Encaje.

Cristales.

Perlas.

Velos.

Colas.

Capas y más capas de tela.

Parecía que alguien había decidido vaciar un castillo entero dentro de aquella boutique.

—Esto es demasiado —murmuró Allegra.

—Es una boda Del Monte-Bianchi —respondió Valentina—. Nada puede ser demasiado.

Yo la escuché desde el probador.

Claro.

Nada podía ser demasiado.

Excepto mi opinión.

—Primer vestido —anunció Donatella—. Preparada, principessa.

Vestido uno: la torta de merengue

Me ayudaron a entrar en él.

Primero el corsé.

Después la falda.

Después otra capa.

Otra.

Y otra.

Para cuando terminaron, sentía que llevaba encima el peso de una pequeña casa.

La falda tenía siete capas de tul.

El corsé tenía forma de corazón y estaba cubierto de perlas.

La cola era tan grande que dos personas tuvieron que acomodarla.

—¿Puedo caminar?

Donatella sonrió.

—Naturalmente.

Di un paso.

La falda no se movió.

Di otro.

Nada.

—No puedo caminar.

—Sí puedes.

—No.

—Con práctica.

—Donatella, esto pesa más que uno de mis hermanos.

Cami se echó a reír.

—Eso sí es decir mucho.

Finalmente salí del probador.

La reacción fue inmediata.

—¡MADRE MÍA! —exclamó mi madre.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¡Mi niña!

Se llevó una mano al pecho.

—Pareces salida de un cuento de hadas.

Mia empezó a grabar con el celular.

—Esto es demasiado bueno.

Cami se acercó.

—Te ves como Cenicienta.

Me miró de arriba abajo.

—Pero Cenicienta millonaria.

—¿Millonaria?

—Bueno, estamos en Vera Wang.

—Buen punto.

Valentina se levantó.

Caminó alrededor de mí lentamente, examinando cada detalle como si estuviera viendo una obra de arte.

Tocó el corsé.

Después la falda.

—Este es un Vera Wang original de la colección Bridal Fall.

Miró a Donatella.

—¿Cuánto?

—Treinta mil euros.

Mia abrió la boca.

—¿Treinta mil?

—Euros —aclaró Donatella.

—Ya entendimos.

Valentina sonrió.

—Thiago lo amaría.

Sentí que mi sonrisa desaparecía.

—¿Por qué?

—Porque es...

Miró el vestido.

—Virginal.

La palabra me incomodó.

—Puro.

Peor.

—Exactamente lo que una Del Monte debe proyectar.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

Me miré en el espejo.

Parecía una princesa.

Una princesa atrapada.

El vestido era hermoso.

Pero el peso no estaba solamente en la tela.

Estaba en todo lo que representaba.

Treinta mil euros.

Una boda que no quería.

Una familia que esperaba que sonriera.

La palabra virginal.

La palabra Del Monte.

La palabra esposa.

El futuro que todos habían decidido por mí.

Intenté respirar.

No pude.

—No puedo respirar.

Donatella se acercó.

—Es normal, cara mia. El corsé debe quedar apretado.

—No.

Me llevé una mano al pecho.

—No puedo respirar de verdad.

—¡Es que así deben quedar! ¡Apretaditos!

—No.

Me agarré del pedestal.

—No puedo.

Todos comenzaron a moverse hacia mí.

—Luna...

—Quítenmelo.

—Claro, claro.

Me di la vuelta y regresé al probador tan rápido como pude.

La cola quedó extendida por el suelo.

Parecía que una nube había explotado detrás de mí.

Dentro del probador, cerré la cortina.

—Respira —me dije.

Respiré.

Una vez.

Dos.

Tres.

—No vas a llorar.

Me quité el vestido.

Y cuando finalmente pude respirar otra vez, sentí que también había recuperado un poco de control.

—Siguiente —dije.

Vestido dos: la princesa escondida

El segundo vestido era diferente.

Mucho más parecido a lo que había pedido.

Cuello cerrado.

Mangas largas.

Encaje transparente.

Pequeños cristales que reflejaban la luz.

La espalda completamente cubierta.

Una falda enorme.

Y una cola de catedral de casi tres metros.

Donatella sonrió al verme.

—Questo è bellissimo.

—¿Puedo salir?

—Por supuesto.

Me acomodó el velo.

Después abrió la cortina.

Salí.

Y esta vez nadie habló inmediatamente.

El silencio fue diferente.

No era el silencio de sorpresa.

Era el silencio de wow.

Cami se llevó una mano al pecho.

—Luna...

Mia bajó el celular.

—Dios.

Cami dio un paso hacia mí.

—Te juro que pareces de la realeza.

Me miró durante varios segundos.

—Como Grace Kelly.

Hizo una pausa.

—Pero enojada.

Me miró nuevamente.

—Enojada y preciosa.

Por primera vez sonreí de verdad.

Solo un poco.

—Gracias.

Mi madre no dijo nada.

Solamente me miraba.

Y comprendí por qué.

Por primera vez desde que habíamos comenzado a probar vestidos, yo no parecía estar disfrazada.

Parecía protegida.

Cubierta.

Escondida.

Como si todas aquellas capas de tela pudieran crear una barrera entre el mundo y yo.

Como si nadie pudiera tocarme detrás de ellas.

Valentina se acercó lentamente.

Sus ojos brillaban.

Tomó el velo y lo acomodó sobre mi cabeza.

—Este.

Lo dijo con absoluta seguridad.

—Este es el vestido de mi nuera.

Sentí un nudo en el estómago.

—Es recatado.

Sus dedos recorrieron suavemente el encaje.

—Elegante.

Sonrió.

—Una verdadera princesa.

Me miró directamente.

—Thiago va a llorar cuando te vea, Luna.

Mi corazón se detuvo por un segundo.

—Mi hijo nunca llora.

Valentina sonrió.

—Pero por ti sí.

Y entonces ocurrió.

Un recuerdo.

Uno que no quería tener.

Uno que mi mente decidió devolverme precisamente en aquel momento.

Tenía catorce años.

Estaba en el jardín de Valentina.

Había una fiesta familiar.

Yo me estaba probando un vestido ridículo que mi madre había comprado para una celebración.

Era demasiado grande.

Demasiado esponjoso.

Me había quejado durante media hora.

Thiago estaba sentado en un sofá, mirándome.

—¿Qué?

—Te ves como una princesa.

Me había reído.

—Es horrible.

—No.

Se levantó.

—Te ves bonita.

—¿Bonita?

—Sí.

Se quedó observándome.

—Pero cuando te cases no uses uno tan esponjoso.

Me eché a reír.

—¿Por qué?

—Porque no voy a poder abrazarte bien.

Le lancé una almohada.

—¿Quién dijo que te voy a invitar a mi boda, estúpido?

Él atrapó la almohada.

Sonrió.

—Yo voy a estar en primera fila.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Se cruzó de brazos.

—Siempre.

Yo había puesto los ojos en blanco.

—Qué pesado.

—Lo digo en serio.

Entonces me había acercado y le había dado un golpe suave en el hombro.

—Pues tendrás que llevar un regalo muy bueno.

—Te voy a regalar algo mejor.

—¿Qué?

Sonrió.

—Ya lo descubrirás.

El recuerdo se desvaneció.

Y regresé a la boutique.

Al vestido.

A la boda.

A los cien días.

A Thiago.

El mismo chico que me había prometido estar en primera fila.

El mismo que ahora quería ser quien me esperara en el altar.

El mismo que había convertido aquella promesa infantil en una realidad que yo jamás había pedido.

Y eso dolió.

Muchísimo.

Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

Valentina seguía hablando.

—Te lo dije desde que eras una niña. Tú y Thiago estaban destinados...

No escuché el resto.

Miré mi reflejo.

Una princesa.

Una futura Del Monte.

Una novia.

Una mujer atrapada.

—Quítenmelo.

Mi voz fue tan baja que nadie entendió.

—¿Qué? —preguntó mi madre.

—Quítenmelo.

Esta vez más fuerte.

—Luna...

—¡Quítenmelo!

Mi respiración se aceleró.

Comencé a jalarme las mangas.

El encaje se me clavaba en la piel.

—¡No lo quiero!

—Amore, cálmate.

—¡No quiero este vestido!

Mi voz se rompió.

—¡No quiero ser una princesa!

Todos se quedaron quietos.

—¡No quiero ser una Del Monte!

Las lágrimas comenzaron a caer.

—¡No quiero esta mierda de vestido!

Allegra reaccionó inmediatamente.

Corrió hacia mí y me abrazó.

—Luna.

—No quiero.

La abracé con fuerza.

—Mamá, no quiero.

—Son los nervios.

Me acarició el cabello.

—Son los nervios de los cien días, mi amor.

—No.

Negué con la cabeza.

—No son los nervios.

Mi voz salió entrecortada.

—No quiero casarme.

Cami y Mia se miraron.

Ya no había sonrisas.

Ya no había teléfonos grabando.

Cami se acercó lentamente.

—Luna...

No pude responder.

Me dejé caer al suelo.

La enorme cola de tres metros quedó extendida a mi alrededor.

El vestido cubría prácticamente todo mi cuerpo.

Treinta mil euros de tul y encaje.

Una fortuna.

Una fantasía.

Una princesa.

Pero yo solamente me sentía una prisionera.

Valentina dio un paso atrás.

Su rostro mostraba una mezcla de confusión y molestia.

—Luna Bianchi, ¿qué te pasa?

No respondí.

—Estás haciendo un berrinche.

Mi madre la miró.

—Valentina...

—Es el vestido perfecto.

—No es el vestido —dijo Allegra.

Valentina guardó silencio.

Mi madre me abrazó más fuerte.

—Llora, mi amor.

Y lloré.

Lloré como no había podido hacerlo durante cien días.

Porque estaba cansada.

Cansada de fingir.

Cansada de sonreír.

Cansada de escuchar que era afortunada.

Cansada de que todos decidieran que debía amar a Thiago simplemente porque él me amaba.

Cansada de extrañar a mi mejor amigo.

Y lo peor era que ese hombre todavía existía.

Estaba en alguna parte.

Porque yo lo había conocido.

Había visto al niño que me prestaba sus juguetes.

Al adolescente que me defendía.

Al mejor amigo que conocía todos mis secretos.

Y ahora tenía delante al hombre que había tomado todo aquello y lo había convertido en una obligación.

Mi celular vibró.

Estaba sobre el pequeño banco del probador.

Cami fue quien lo vio.

No lo tomó inmediatamente.

Solo alcanzó a ver la pantalla.

El nombre apareció completo.

THIAGO ❤️ — FUTURO ESPOSO

El mensaje decía:

“Mamá me dijo que encontraste el vestido cerrado de princesa.”

Cami sonrió ligeramente.

Le mostró el celular a Mia.

—Mira.

Mia se acercó.

—¿Qué dice?

Cami leyó.

—“Sabía que ibas a elegir ese. Siempre quisiste ser una princesa, ¿te acuerdas? Te ves hermosa, mi princesa. Ya falta menos para que seas mía.”

Mia soltó un pequeño suspiro.

—Ay, Thiago.

Cami sonrió.

—Hasta enojada la consiente.

Me quedé inmóvil.

No quería escuchar.

No quería saber qué había escrito.

Pero ya era demasiado tarde.

Cami devolvió el celular al banco.

—Se aman tanto que da asco.

No dije nada.

Porque no podía explicarle que no era así.

No podía decirle que ese mensaje, que para ella parecía romántico, para mí era otra cadena.

Ya falta menos para que seas mía.

No.

Yo no era de nadie.

No era de Thiago.

No era de los Bianchi.

No era de los Del Monte.

Era mía.

O al menos quería volver a serlo.

Me quedé hundida entre la enorme falda y los tres metros de cola, con las lágrimas cayendo silenciosamente.

Y entonces entendí cuál era la parte más cruel de todo aquello.

El único hombre que sabía exactamente por qué odiaba aquel vestido de princesa...

era el mismo hombre que lo había elegido para mí.

Thiago sabía que de niña me encantaban las princesas.

Sabía que me gustaban los vestidos enormes.

Sabía que alguna vez había soñado con una boda de cuento de hadas.

Sabía todas esas cosas porque yo se las había contado cuando era su mejor amiga.

Y ahora estaba utilizando cada uno de mis sueños de infancia para construir una vida que yo no había elegido.

Eso fue lo que más me dolió.

No que me conociera.

Sino que me conociera tan bien...

y aun así no escuchara cuando decía que no.

Apreté los ojos.

Cerré las manos sobre la tela.

Cien días.

Solo cien días.

Y mientras todos veían una novia llorando por los nervios, yo estaba tomando una decisión.

Si Thiago quería una princesa...

podía tenerla.

Pero tendría que recordar algo.

Las princesas también podían escapar de sus castillos.

Y yo iba a encontrar la manera de hacerlo.

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Graciela Maldonado
lo odia pero lo ama 🥰🥰
Graciela Maldonado
está muy interesante ya quiero saber el final 👏
Graciela Maldonado
🥰
Graciela Maldonado
es muy interesante muero por saberlo que viene después.
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