Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16
—Oigan, ¿esa no es Valeria?
La voz de una mujer de mediana edad hizo que varias recolectoras que descansaban giraran la cabeza al unísono hacia el sendero que bordeaba la plantación.
Valeria caminaba despacio, llevando un termo con agua caliente para Don Alejandro. Vestía una camisa azul claro, sencilla, combinada con un pantalón color crema. El rostro apenas llevaba un toque de maquillaje. Nada excesivo, pero lo suficiente para que se la viera más fresca y con un aire de elegancia natural.
Era una tarde fresca en la montaña. Las recolectoras de té, sentadas en corrillos bajo la sombra de los árboles, disfrutaban del almuerzo que habían traído de casa. Como de costumbre, la charla iba saltando de un tema a otro. Pero en los últimos días había un nombre que aparecía más que ningún otro.
—¡Sí, es Valeria!
La mujer de al lado la observó un momento y dejó escapar una sonrisa involuntaria.
—Dios mío, cómo ha cambiado.
—Es verdad. Está guapísima —añadió otra, asintiendo.
—Y pensar que antes usaba la ropa vieja de Camila todos los días.
—Sí. Le quedaba grande, y los colores ya estaban desteñidos.
—Si lo piensas bien, Valeria siempre fue bonita. Lo que pasa es que nunca tuvo la oportunidad de cuidarse.
Una mujer mayor que conocía a Valeria desde niña sonrió con orgullo. Todavía recordaba cómo aquella muchacha se había convertido en una trabajadora incansable que jamás se quejaba, por más carencias que soportara.
—Valeria siempre fue una buena chica —dijo en voz queda—. Se ponga lo que se ponga, sigue siendo educada.
—Es cierto —coincidió otra—. Lo que más me gusta es que no se le subió nada a la cabeza.
Sin embargo, no todos veían con buenos ojos la transformación de Valeria. Una mujer joven que hasta entonces había permanecido callada chasqueó la lengua.
—Claro que ahora está bonita. ¿Cómo no va a cambiar? Ahora tiene dinero.
Todas las miradas se volvieron hacia ella.
La mujer se encogió de hombros.
—Puede comprarse ropa nueva y cosméticos caros. ¿Quién no cambia cuando le cae encima todo ese dinero? —El comentario, cargado de envidia, enrareció un poco el ambiente.
Una de las mayores negó con la cabeza enseguida.
—No hables así.
—¿Y por qué no? —La joven pareció ofendida.
—Si Valeria hubiera cambiado por el dinero, desde el primer día de casada habría salido a presumir por todo el pueblo.
La mujer señaló hacia donde Valeria todavía caminaba a lo lejos.
—Pero mírala tú misma. Cada vez que se cruza con alguien mayor, se detiene a saludar.
—Es cierto. Valeria nunca camina con la nariz en alto, como alguien que se cree la más rica del mundo —agregó la mayor, y varias asintieron en señal de acuerdo.
—Sí, es verdad.
—Sigue siendo la misma.
—Lo único que cambió es su aspecto.
Como para darles la razón, Valeria, que ya estaba más cerca, detuvo sus pasos al llegar junto al grupo de recolectoras. Les regaló una sonrisa cálida y juntó las manos frente al cuerpo.
—Buenos días.
—Buenos días —respondieron casi al unísono.
—¿Cómo están? Espero que todas se encuentren bien.
Una de las mayores le devolvió una sonrisa amplia.
—Bien, gracias a Dios. ¿Y tú, Valeria?
—Bien también, gracias. —Valeria respondió con la misma sonrisa sincera de siempre. No había en ella ni un ápice de altivez ni ganas de hacerse notar. Seguía siendo la misma Valeria que conocía todo el pueblo.
Tras despedirse, Valeria reanudó su camino hacia la casona de Don Alejandro.
Las miradas de las mujeres la acompañaron hasta que se perdió de vista.
—Me da gusto verla así —murmuró una de ellas.
—Valeria no ha cambiado nada.
—Es verdad. Lo único distinto es la ropa. Y ahora se la ve con más confianza en sí misma. Pero el corazón sigue siendo el mismo.
Sin enterarse de aquella conversación, Valeria continuó andando con paso tranquilo. Para ella, la vida seguía igual que antes. Solo quería ser una buena esposa y cuidar de la familia que la había acogido con cariño.
Esa tarde, el ambiente en la casa de Ramón era radicalmente distinto. La vivienda humilde estaba impregnada no del calor del sol poniente, sino de la rabia que llevaba días acumulándose en el ánimo de sus habitantes.
¡PUM!
Marta dejó caer un vaso sobre la mesa con tanta fuerza que el agua se sacudió dentro. La mujer iba y venía por la sala con el gesto torcido.
—¡Ya pasó una semana desde la boda de Valeria y ese millón de dólares todavía no está en nuestras manos! —estalló, furiosa.
Ramón, sentado en la silla de bambú, se frotó la cara con brusquedad. Las arrugas de su frente se le marcaron todavía más.
—Yo también estoy desconcertado. Cada vez que voy a la casona, Valeria no aparece.
—El primer día me dijeron que había acompañado a Don Alejandro a la terapia. Al siguiente, que estaba con Sebastián en la planta procesadora. El otro día fui otra vez y resulta que andaba ocupada con los quehaceres de la casa —siguió el hombre, abanicándose con el sombrero gastado.
Ramón soltó un suspiro largo.
—Es como si nunca hubiera un momento para hablar con ella.
Marta resopló, exasperada.
—¿O será que nos están evitando a propósito?
El comentario hizo que Camila, que llevaba rato absorta en el teléfono tumbada en el sofá, por fin levantara la cabeza.
—Puede ser, mamá. A lo mejor Sebastián ya sabe a qué vamos.
Ramón negó de inmediato.
—Imposible. Valeria es obediente por naturaleza. Si le hablamos con buenas maneras, va a escucharnos. Solo es cuestión de encontrar el momento.
Marta se detuvo en seco. Los puños se le cerraron a los costados. Sus ojos ardían de ambición.
—Me da igual cómo lo hagamos. Ese millón de dólares tiene que ser nuestro. Si no... —Apretó los dientes hasta que la mandíbula se le endureció—. ¿Para qué nos tomamos la molestia de criar a Valeria y casarla con Sebastián?
Las palabras de Marta no sonaron en absoluto como las de una familia que quisiera a Valeria. Lo único que les importaba no era la felicidad de la recién casada ni su vida de pareja, sino una sola cosa: el millón de dólares de la dote, que consideraban suyo por derecho.