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CORAZÓN DE FUEGO

CORAZÓN DE FUEGO

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Héroes
Popularitas:79
Nilai: 5
nombre de autor: DARLIN VELASQUEZ

Una historia diferente, donde el amor y el sobrevivir van de la mano. 🥀

NovelToon tiene autorización de DARLIN VELASQUEZ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL COMIENZO DE ALGO NUEVO

“Las sensaciones y emociones nuevas son como pequeñas chispas de vida”

Después de varias horas, ya lista para salir del edificio, observé a los compañeros abandonar el vivero. Por lo general salían en grupos: algunos conversaban sobre los nuevos avances tecnológicos —algo a lo que jamás presté mucha atención—, otros se quejaban del calor insoportable de afuera o de las comidas repetitivas que ya no soportaban.

Caminé lentamente, como si mis pies no quisieran acercarse a la salida. Erian me estaría esperando allí, y los nervios empezaron a apoderarse de mí. Primero sentí un pequeño vacío en el estómago; luego, una respiración que parecía escaparse. Algo diferente me recorría, algo que jamás había experimentado. Supongo que era por él; esta vez se trataba de un chico y estaría a solas con él… o bueno, eso suponía. Mi abuela solía contarme cómo se conocían antes las personas, antes de que la vida perdiera su libertad.

Existían aplicaciones para buscar pareja; ponían sus gustos y preferencias y, por arte de magia, surgía el amor. Otros ni siquiera se veían en persona; se conocían a través de pantallas, mensajes y llamadas. Dentro de todas sus historias, la más hermosa era la que empezaba por casualidad: como si el destino cruzara a dos personas y sus corazones no pudieran soltarse jamás. Así conoció mi abuela a mi abuelo. Nunca lo conocí; murió cuando mi madre era muy niña, un accidente que nada tuvo que ver con la sequía.

—Tu abuelo era un hombre muy atento. Además, muy gracioso —me contó una vez, mientras caminábamos—. Estudiábamos en la misma universidad.

—¿Cómo fue? —pregunté, ansiosa. Ella sonrió y me pidió sentarnos en una banca.

—Yo tenía diecinueve años, llena de sueños. Iba entrando a la cafetería y choqué con él. Se disculpó y me invitó a un café para remediarlo —su sonrisa se ensanchó al recordarlo—. Y así nació nuestra rutina. Todos los días, él encontraba una excusa para verme… y yo para aceptarla. Éramos dos almas rotas que se necesitaban.

—Qué bonito. Quiero un amor así —dije emocionada.

—Ya llegará el indicado —respondió, tocando mi hombro—. Pero el amor también duele. Discutimos mucho, muchas veces nos pedimos perdón.

—Suena difícil… ¿Cuándo se casaron?

—Un ocho de julio —dijo tocando su anillo—. Fue sencillo, pero perfecto.

—Aún lo amas —respondí al verla emocionarse.

—Mucho. Él fue todo para mí. Cuando murió, una parte de mí se fue con él. Pero debía seguir adelante por tu madre.

Aquellas historias siempre me parecieron hermosas. Pero la realidad actual era distinta. Para formalizar una relación se necesitaba tiempo y esfuerzo; conseguir un cubículo era casi imposible, así que muchas parejas solo se quedaban en salidas y visitas, como eternos novios. Y el gran jefe controlaba todo, incluso los nacimientos. Los Bloky se encargaban de la salud; los humanos ya no tenían profesiones. Éramos iguales, solo cambiaba el nivel de trabajo asignado.

A unos metros de la salida lo vi. Erian estaba allí, con la cabeza inclinada hacia el suelo y la pierna moviéndose con un vaivén rápido, nervioso. Su silueta atlética destacaba incluso en la luz tenue del pasillo, y su cabello oscuro —peinado con volumen, como si siempre tuviera un toque de aire atrapado entre los mechones— le caía ligeramente sobre la frente.

¿También estaba nervioso?

Cuando levantó la mirada y me vio, todo en él cambió. Sus ojos oscuros brillaron con una chispa cálida que me dejó sin aliento, y una sonrisa amplia y genuina se extendió por su rostro, mostrando sus dientes y realzando su expresión abierta y amigable. Era tan simétrico y atractivo que por un segundo olvidé cómo se respiraba.

Caminé hacia él sin mirar a nadie más. ¿Sería esto el inicio de algo nuevo? No necesariamente algo romántico… quizás una amistad. O tal vez… mi primer beso.

Aquel pensamiento hizo que mis mejillas ardieran. Respiré hondo, traté de calmar la ansiedad y me planté frente a él con una sonrisa.

—Hola —dije, mirándolo a los ojos.

Él pasó su mano por detrás de su cabeza, un gesto tímido que dejaba en evidencia sus nervios. —Hola, Ámbar —sonrió de lado—. Prepárate, porque hoy te llevaré al lugar más hermoso de la ciudad muralla —me ofreció el brazo. Lo tomé sin pensarlo.

—Ok. ¿Es lejos? —pregunté, acomodando mi cabello tras la oreja.

—No diría lejos… más bien alto. ¿Eres buena escalando?

—La verdad no lo sé. Nunca he escalado. Posiblemente soy pésima —reí avergonzada—. Pero daré lo mejor de mí.

—Eso me gusta —me lanzó una mirada pícara.

El calor de afuera era insoportable; las calles llenas de gente. Al acercarnos a un callejón, frené en seco: siempre lo había considerado lúgubre. Pero Erian me tomó fuerte de la mano y continuamos avanzando.

—Tranquila, sé que parece feo —rio bajito—. Pero es solo parte del camino. ¿Ves esa escalera? —señaló una estructura oxidada al fondo.

—Sí…

—Subiremos por ahí. Se acercó y me ofreció la mano. Apreté las barandas y comencé a subir. No era tan difícil; solo debía concentrarme. Erian subía detrás de mí.

—¿Ves? No es complicado —dijo.

No sé cuánto subimos, pero debieron ser muchos metros. Al llegar arriba, encontramos una terraza cubierta de polvo. Pero la vista… Mis ojos se abrieron enormes.

—Llegamos —dijo él.

Me tendió la mano y me acerqué. —Esto es precioso… No sabía que existía algo así. Todo parece tan pequeño. Estamos tan alto… —La ciudad parecía una colmena. Incluso el edificio se veía diminutos desde ahí.

—Son cincuenta metros más o menos. No es mucho, pero suficiente para ver el mundo diferente. Desde niño vengo aquí. Mis hermanos lo descubrieron… —calló un segundo— y desde entonces es mi refugio.

—Es increíble —me acerqué al borde, pero el vértigo me obligó a retroceder. No había barandas. Sentí un vacío hueco en el estómago.

—Siéntate conmigo —me invitó.

La idea me aterraba. Si me caía, podía morir… o no. Pero no quería pensar como esa “chica poderosa”. Quería ser solo yo. —Me da miedo —admití.

Él me ayudó a sentarme. El viento era fuerte, pero poco a poco me acostumbré. Observé cada detalle: la pantalla gigante del gran jefe, los edificios, los Bloky a lo lejos como pequeñas sombras.

—¿Crees que tras esta muralla haya algo más? —preguntó Erian, con la mirada fija en la distancia.

—Dicen que hay más ciudades… pero que nadie debe salir. Debemos aceptar lo que decida cada jefe —respondí con tristeza. Ahora que conocía la verdad —que aún había tierra fértil, que podíamos vivir como antes— mirarlo todo desde aquí me producía un nudo en la garganta.

—Es lo que nos han hecho creer —Erian me miró. Sentí cómo sus ojos recorrían mis labios.

—No me mires así… me pones nerviosa —susurré.

—¿Nerviosa? Yo sí estoy al borde del colapso —dijo, cubriéndose el rostro. Sus mejillas estaban rojas.

—Lo noté —reí suave—. ¿Por qué me trajiste aquí? Es un lugar especial para ti.

—Quería que también pudiera ser especial para alguien más. Que no estuviera tan abandonado… y que tú pudieras visitarlo. Pero no se lo muestres a nadie que no lo merezca.

—¿Tus hermanos también vienen? —pregunté sin pensar.

Su rostro se tensó. Su mirada se apagó. —No… murieron por la sequía y el hambre.

—Lo siento… no quise…

—Está bien. Todos hemos perdido algo por esta mierda —escupió con amargura. Guardé silencio. Pensé en mi abuela, pero no quise mencionarla. No sería justo comparar las pérdidas.

De repente, mi estómago se hundió, no por vértigo. Escuché un susurro tenue, como el roce de papel seco y un aullido de dolor que no era mío. Era un eco. Un fragmento roto de lo que vendría después. La sensación de polvo frío y desesperación me inundó, y por un instante, vi algo: la silueta de Erian, pero estaba rígida, inmóvil, bajo un sol que no quemaba.

— No lo mires. Vete. Vete.

El pensamiento fue una voz extraña en mi cabeza. Me sacudí, intentando borrar esa imagen de Erian quieto bajo una luz antinatural. El eco se disipó, dejándome con un sabor amargo. ¿Qué había sido eso? ¿Un accidente aquí, en la terraza? ¿Un reflejo de su dolor pasado? Solo sabía que, en mi futuro, Erian se veía... roto.

Tras un largo momento, él habló de nuevo. —Desde que te vi… sentí algo extraño. Como que nos llevaríamos bien. Eres diferente —dijo con honestidad.

—¿En serio? Yo no te había visto hasta ese día —admití avergonzada.

—Bueno, ahora me ves. Y sé que te agrado —sonrió.

Su mano rozó la mía. La tomó con suavidad y la llevó a su rostro. Besó mis dedos con un gesto cálido. Un estremecimiento me recorrió entera. Luego su mano subió a mi mejilla, acariciándola despacio.

—No te acerques así… siento que pierdo el aliento —susurré.

—Es justo lo que quiero —dijo con una sonrisa suave.

Se inclinó hacia mí. Yo también me acerqué, casi sin pensarlo…Pero él se detuvo a unos centímetros y suspiró, alejando la mirada hacia la ciudad. Me quedé confundida; no sabía qué había sido ese instante entre nosotros. Me pregunté si se había arrepentido, si yo había malinterpretado todo o si quizá nunca quiso besarme. Giré mi rostro hacia el vacío, tratando de recomponerme mientras los nervios comenzaban a disiparse… hasta que sentí su mano rodear mi cintura y halarme suavemente hacia él. Su respiración cálida chocó contra mi piel y, entonces, por fin, sus labios tocaron los míos. Se movió con delicadeza, invitándome a seguirlo. Era cálido, real; mi primer beso, uno verdadero. Al principio fue extraño, pero también dulce, necesario. No quería apartarme, no quería que aquel momento terminara.

Erian me acompañó hasta mi casa. Durante el camino hacia mi cubículo no hablamos mucho; podría decir que ambos caminábamos entre las nubes… o bueno, así me sentía yo. Aquella sensación cálida en el pecho hacía que no dejara de sonreír. Era esa sonrisa estúpida que uno intenta ocultar, pero que igual se escapa con una mezcla de vergüenza y emoción. De todas las maneras en que alguna vez imaginé cómo sería mi primer beso, jamás pensé que ocurriría así: en la terraza de un edificio, con un chico al que apenas conocía, en realidad, no sabía casi nada de él.

—Cuéntame, Erian… ¿con quién vives? —pregunté con voz suave. Podía escuchar el sonido de nuestros zapatos chocando contra la tierra seca y agrietada del camino.

—Con mi mamá, mi abuelita y Rust, mi tía —comentó sin dejar de mirar al frente. A nuestro alrededor, algunos autos pasaban por las autopistas elevadas que los Bokly habían diseñado para su propio transporte.

—Bueno, estás muy bien acompañado —suspiré, recordando cuánto extrañaba a mi abuela—. Supongo que todos desempeñan labores en los niveles.

—Sí, todos —respondió—. Mi madre está en el nivel 4, mi tía en el nivel 1 y mi abuela en el nivel 2. A los Bokly no les importa qué tan mayor seas para trabajar; simplemente dan órdenes y ya. —Tomó aire—. Le he dicho a mi abuela que deje el programa. No importa si nos disminuyen las raciones, igual nunca son suficientes… pero ella no quiere.

—Lo entiendo. A veces los mayores son un poco tercos —reí bajito.

—Sí, demasiado. Parecen niños pequeños —rió también—. ¿Y tú? ¿Con quién vives?

—Con mis padres y mis hermanos —sus rostros vinieron a mi mente de inmediato—. Somos seis… éramos siete con mi abuela. Ella murió hace unos meses —dije con el corazón en las manos.

—Lo siento mucho. Sé lo que se siente —suspiró—. ¿Y te gusta hacer algo en tus tiempos libres?

—No… solo duermo. Intento descansar lo más que pueda.

—¿Quieres venir mañana a mi cubículo? —preguntó de pronto. Por un momento quise aceptar sin pensarlo, me emocionaba la idea de compartir más tiempo con él, de conocerlo, de sentir esta… cosa nueva que él despertaba en mí. Pero había quedado con Keiren para ir al laboratorio.

—Creo que no puedo —respondí con tristeza—. Tengo que hacer unas cosas mañana… pero podemos dejarlo para después.

—Ok, está bien —sonrió—. Lo bueno es que igual podré verte mañana, y todos los días en el vivero.

—Es cierto, aunque a veces no nos topamos seguido por lo que hacemos ahí —encogí los hombros.

—Con verte de lejos es suficiente —sus ojos se posaron en los míos—. Solo necesito eso. Una dosis pequeña de ti para sobrevivir.

Me desarmó. Esa sensación que él provocaba en mí… era vida. Pura vida. —No digas eso —negué—. Puede ser peligroso si un día no puedes verme.

—Es cierto —rió suavemente—, pero encontraré la manera.

Frené a unos metros de mi casa. Afortunadamente vivíamos en el primer piso, así que no tenía que subir escaleras ni tomar cápsulas de transporte.

—¿Vives aquí? —preguntó.

—Sí. Este es mi cubículo —señalé la entrada.

—Bueno, ahora ya sé dónde vives —dijo con una pequeña vacilación—. Y pronto tú sabrás dónde vivo yo. —Nos vemos mañana, Ámbar. Cuídate mucho.

—Gracias por acompañarme. Cuídate tú también.

Entonces él se inclinó hacia mí, despacio. Mi corazón se aceleró. Estaba a punto de suceder… mi segundo beso. A unos centímetros podía ver su rostro con claridad, sus pestañas largas, su respiración tranquila. Ya casi…

—Ey… hola, hermanita — Zarek. Interrumpió el momento como un balde de agua fría. La vergüenza me cubrió entera. Mi familia nunca me había visto con nadie… bueno, con ningún hombre.

—Ey… Zarek —balbuceé mientras me acercaba a abrazarlo. Estaba justo en la puerta del cubículo. Quizá iba de salida… o quizá había estado espiándonos desde la ventana. Con Zarek, todo era posible.

—¿Y quién es tu amigo? —preguntó, mirando a Erian con una sonrisa demasiado amable para ser real. Conociéndolo, esa sonrisa podía ser solo una fachada. Zarek siempre había sido muy protector conmigo.

—Hola, soy Erian —respondió él, extendiendo la mano con amabilidad—. Ámbar y yo estamos en el mismo nivel.

Zarek estrechó su mano con una fuerza que casi me hizo intervenir. —Soy Zarek, el hermano mayor de Ámbar —dijo con voz firme—. Gracias por acompañarla.

—Oh… no es nada —respondió Erian. Luego me miró, tímido, nervioso—. Bueno… ya me iba. Nos vemos mañana, Ámbar. Fue un gusto conocerte, Zarek — Dio unos pasos torpes hacia atrás antes de girarse para marcharse. Yo aún intentaba asimilar que se había ido y que no pude darle ese beso.

—Bueno, ven hermanita —dijo Zarek, abriendo la puerta—. Tengo algo que mostrarte — Ah… así que sí estaba espiándome. Reí para mí y lo seguí adentro.

—¿Qué cosa? —pregunté, todavía con el corazón acelerado.

Cuando entré a la casa, los gemelos me esperaban en medio de la sala, ambos con los brazos escondidos detrás de la espalda. No podía imaginar de qué se trataba; solo noté que ocultaban algo con evidente emoción. No dije nada. Me quedé de pie junto a Zarek, esperando a que hablaran, a que rompieran el silencio.

Entonces pensé en Axel.

No vino corriendo hacia mí.

No había desastres en la casa.

No había rastro alguno de él.

El miedo me subió por la garganta como un golpe seco. —¿Dónde está Axel? —pregunté, con la voz temblorosa.

—Aquí está —respondieron los dos al mismo tiempo, con rostros iluminados de alegría. Los gemelos dieron un paso al costado y dejaron ver lo que tenían detrás de ellos. Era una casita: resistente, firme, muchísimo mejor elaborada que la improvisada que yo le había hecho a Axel.

—Hemos construido esto para Axel. Lo de manualidades no se te da —se burló Zarek con una sonrisa traviesa—. Y Axel está aquí, durmiendo —señaló al interior.

Me acerqué y lo vi acurrucado, respirando profundo, completamente tranquilo. —¡Está hermosa!… Gracias, chicos —dije, sin poder contener la emoción.

—También limpiamos la casa —agregó Ian con orgullo—. Como llegamos antes, quisimos ayudar. Mis padres llegan pronto, así que preferimos dejar todo ordenado.

—¡Ay! Qué lindos, gracias de verdad —los abracé a los tres y les di un beso en la mejilla a cada uno.

****

Esa noche, ya en mi cama, solo podía pensar en Erian. En sus ojos, tan cálidos, y en esa sonrisa capaz de inquietar cualquier corazón. Y en ese beso… Aquel beso indescriptible, único, real.

Me sentía ligera, como si todo en mi vida, por una vez, marchara bien. No tenía sueño. Algo dentro de mí me mantenía alerta; no era ansiedad, era otra cosa. Miré el reloj en la pared: las doce. Me obligué a cerrar los ojos, pero solo duró unos segundos.

Una sensación extraña —una especie de llamado— me obligó a levantarme. Crucé la puerta. Nada. Silencio absoluto. Fui a la cocina, tomé un vaso y bebí agua de un solo trago, como si no hubiera tomado agua en días. El líquido recorrió mi garganta, frío, calmante… pero la inquietud seguía ahí. Cerré los ojos. Era… una visión. Un cubículo distinto al mío. Triste. Desordenado.

Y una mujer acostada en la cama, agotada, como si el mundo pesara sobre ella. Su rostro estaba borroso, pero cargado de un dolor profundo.

Parpadeé. Volví a la realidad. Me quedé pensando en quién podía ser aquella mujer: alguien del futuro, del pasado o del presente ó quizá incluso una advertencia. Me quedé de pie frente al mesón, respirando hondo para calmar la oleada de pensamientos.

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