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Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Status: En proceso
Genre:Niñero / Padre soltero / Madre por contrato / La Vida Después del Adiós / Reencuentro
Popularitas:788
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.

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Capítulo 24

—¡Mamá, mira qué alto llego! —gritó Leo, bombeando las piernas con todas sus fuerzas, el columpio arqueándose cada vez más alto contra el cielo despejado de la tarde.

Estaba a unos metros, doblando ropa recién tendida sobre una mesa de jardín, con Luna a mi lado ensartando cuentas de plástico en un collar imaginario para su muñeca, la lengua asomando entre los dientes por la concentración. El sol de la tarde caía tibio sobre el jardín, el olor de la ropa limpia mezclándose con el de las rosas recién regadas y con algo más, tierra húmeda tal vez, o el pasto recién cortado por el jardinero esa mañana, y por un momento, solo un momento, todo se sintió perfecto. Normal. Como si esta fuera de verdad mi vida, como si no tuviera que estar siempre alerta, siempre calculando riesgos, siempre con una parte de mi cerebro contando cabezas y midiendo distancias.

—Cuidado, no tan alto —le advertí, sin dejar de doblar una camisita diminuta de Luna, sin levantar la vista más de lo necesario.

—¡Estoy bien, mamá, mira!

El columpio crujió.

No le di importancia —los columpios crujen, es lo que hacen, llevaba semanas escuchando ese mismo sonido sin que pasara nada—, hasta que Leo llegó al punto más alto del arco y la cadena izquierda se partió con un chasquido seco que cortó el aire como un disparo.

Todo pasó en un segundo que se sintió como una hora, esa dilatación extraña del tiempo que solo ocurre en los momentos de verdadero terror, donde cada detalle se graba con una nitidez insoportable: el destello del metal roto, la boca abierta de Leo en un grito que todavía no salía, la cuenta de plástico cayendo de los dedos de Luna al pasto.

Leo salió disparado hacia adelante, los brazos agitándose en el aire buscando algo a qué aferrarse, directo hacia el borde de piedra que rodeaba el jardín de rosas, esa orilla dura y filosa que había admirado por su belleza apenas unos días atrás, pensando en lo bonito que se vería en primavera con las flores abiertas.

—¡LEO!

Corrí sin pensar, sin calcular distancias, dejando caer la ropa doblada al suelo, con ese instinto que no sabía que tenía hasta que lo necesité, un instinto que parecía venir de algún lugar mucho más antiguo que mi memoria de cinco años. Me lancé y lo atrapé en el aire, ambos cayendo sobre el pasto en un enredo de brazos y piernas, mi espalda absorbiendo el golpe que a él le habría partido la cabeza contra la piedra, el impacto sacudiéndome cada hueso, un dolor blanco que me subió por la columna y me hizo ver chispas.

El aire se me escapó de los pulmones con un gemido. Por un instante no pude respirar, solo sentir el peso de su cuerpito temblando sobre el mío, su corazón latiendo tan rápido como el mío propio, los dos jadeando contra el pasto húmedo.

—¿Estás bien? —logré preguntar, con la voz raspada, apenas un hilo—. Leo, mírame. ¿Te duele algo? ¿La cabeza, la espalda?

Él negó con la cabeza, los ojos enormes, asustados, pero sin lágrimas todavía —esa valentía tozuda que compartía con su hermana, esa negativa infantil a llorar delante de nadie que no fuera de noche, a solas, cuando creía que nadie lo escuchaba.

—Fue… fue muy alto —susurró, la voz temblando a pesar de todo, las manitas todavía aferradas a mi blusa.

Luna llegó corriendo, aterrada, las cuentas de plástico olvidadas en el pasto, y se aferró a mi cuello con tanta fuerza que casi me hace perder el equilibrio otra vez, su cuerpecito temblando igual que el de su hermano.

—¡Mamá, la cadena se rompió! ¡Vi cómo se rompió!

—Ya, mi amor, ya pasó. Los dos están bien, yo los tengo.

Me incorporé con Leo en brazos, revisándolo por todos lados con manos que no dejaban de temblar —ni un raspón, gracias a Dios, solo el susto—, y solo entonces, con las piernas todavía flojas, me acerqué al columpio para examinar la cadena rota que colgaba, inerte, del travesaño de metal, balanceándose apenas con la brisa igual que si nada hubiera pasado.

El eslabón no se veía desgastado. Al contrario: el corte era limpio, quirúrgico, demasiado limpio para ser óxido o fatiga del metal. El brillo que había notado el día anterior, ese destello que ignoré mientras pensaba en Doña Elvira y en Valeria, cobró sentido de golpe, como una bofetada, una que me dejó el estómago revuelto de rabia y culpa a partes iguales.

Alguien lo había cortado a propósito. Y yo lo había visto. Y no había hecho nada.

—¡Señor Nocedal! —grité hacia la casa, con la voz quebrándose por completo, sin importarme ya guardar la compostura—. ¡Simón!

Dante salió corriendo antes de que terminara de llamarlo, la corbata ya suelta, como si hubiera escuchado el pánico en mi voz desde el otro lado de la propiedad. Cuando vio a Leo en mis brazos, ileso pero pálido, algo cruzó por su rostro que no le había visto antes: terror puro, sin filtro, sin la máscara de control que siempre llevaba puesta como una segunda piel, la misma máscara que se le había caído del todo en cuestión de segundos.

—¿Qué pasó? —Sus manos volaron hacia Leo, palpándolo con la misma urgencia con la que yo lo había revisado un minuto antes.

—La cadena. —Le tendí el eslabón roto, con las manos temblando tanto que casi se me cae—. Mira el corte. No es un accidente, Dante. Alguien lo hizo.

Tomó el metal entre los dedos y lo examinó con la mandíbula tensa, la misma expresión que ponía, según Simón me había contado, cuando estaba a punto de destruir a alguien en una junta de negocios. Sus ojos recorrieron el corte una y otra vez, como si al mirarlo suficiente pudiera hacer que fuera un error, un accidente, cualquier cosa menos lo que era.

—Simón —dijo, sin alzar la voz, pero con una autoridad que cortaba el aire mejor que cualquier grito—. Revisa cada juego del jardín. Cada uno, sin excepción. Y quiero saber quién tuvo acceso a este columpio en las últimas cuarenta y ocho horas. Todos. Jardineros, personal, proveedores.

—Sí, señor.

Simón desapareció hacia el cobertizo de herramientas con una rapidez que desmentía su edad, y por primera vez desde que lo conocía, lo vi correr.

Abracé a Leo con más fuerza, sintiendo su corazoncito latir contra el mío, mientras Luna seguía aferrada a mi cintura, en silencio, algo raro en ella, algo que me preocupó casi tanto como el susto de su hermano. Se había quedado mirando fijamente la cadena rota, con esa quietud extraña que a veces tienen los niños cuando entienden más de lo que sus palabras pueden explicar.

—Nadie va a tocarlos —murmuré, más para mí que para ellos, la promesa saliendo con más ferocidad de la que pretendía, apretándolos a ambos contra mi cuerpo—. Nadie. Se los juro.

Dante se arrodilló frente a nosotros tres, una mano en el hombro de Leo, otra rozando apenas la cabeza de Luna, y durante un instante, ahí en el pasto revuelto junto al columpio roto, parecimos algo que no éramos: una familia entera, cerrando filas contra el mismo peligro invisible.

Pero mientras lo decía, con el eslabón cortado todavía brillando en la mano de Dante bajo el sol de la tarde, supe que fuera quien fuera, no había terminado.

Esa noche, después de bañar a los niños y revisarles cada centímetro de piel en busca de algún moretón que se me hubiera escapado antes, me senté con Leo en el borde de su cama mientras Luna ya dormía enroscada como un gatito al otro lado del cuarto.

—¿Te sigue doliendo algo? —le pregunté, apartándole el flequillo húmedo de la frente.

—No. —Se quedó callado un momento, jugando con el borde de la sábana—. Mamá, ¿alguien nos quiere hacer daño?

La pregunta me atravesó como un cuchillo, precisa y directa, sin ninguno de los rodeos que un adulto habría usado para suavizarla.

—Nadie te va a hacer daño mientras yo esté aquí —le dije, con más firmeza de la que sentía, apretándole la mano—. Te lo prometo.

Él asintió, no del todo convencido pero lo bastante cansado como para dejarse vencer por el sueño, y yo me quedé ahí, sentada en la penumbra, escuchando su respiración volverse lenta y pareja, preguntándome cuántas promesas más iba a tener que hacer antes de que alguna vez se cumplieran del todo.

Apenas había empezado.

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