Milla Greco pensó que huir de Roma con una maleta, un pasaporte nuevo y un secreto en el vientre sería suficiente para mantenerse alejada del hombre más peligroso que jamás cruzó su camino.
Estaba equivocada.
Un año después, en un pequeño pueblo pesquero bañado por el mar Egeo, Milla cría sola dos bebés de ojos avellanos que llevan en el rostro los rasgos del padre: el mafioso que juró nunca volver a aferrarse a nadie y que, incluso a distancia, sigue marcando el compás de su miedo.
Mientras ella lucha por mantener a los gemelos fuera del alcance de la mafia, Steffan D’Lucca empieza a sospechar que la noche que intentó enterrar en la memoria dejó huellas que nadie se atrevió a contarle.
Y cuando un hombre como él descubre que podría tener herederos escondidos, la distancia se convierte en un territorio más que conquistar.
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Capítulo 5
Me quedé inmóvil.
No sé por cuánto tiempo, solo sé que mi cuerpo parecía haber olvidado cómo moverse.
Las piernas me temblaban, las manos me estaban sudando frío, y, aun así, no conseguía apartar los ojos de él. Steffan seguía parado, mirando fijo a las cunas como si estuviera ante un campo minado.
Él no dijo nada de inmediato.
Solo respiraba hondo, los hombros rígidos, la mandíbula trabada.
Yo sabía, no obstante, que aquello era solo una leve lluvia antes de la tormenta.
Entonces él se movió.
Mi corazón dio un vuelco cuando él se paró delante de la primera cuna.
Leonel, aún durmiendo, soltó un leve suspiro, como si sintiera algún cambio alrededor, sin entender qué.
Observé cuando Steffan se inclinó un poco. Los músculos de los hombros estaban tensos bajo el tejido de la camisa, las manos se cerraron en puño al lado del cuerpo, como si él se sujetara para no tocar.
La mirada de él se deslizó hacia la otra cuna, la de Cecilia. Por un instante, yo vi algo que nunca había visto antes en los ojos de Steffan D’Lucca: una admiración suave, casi reverente.
Era como si él estuviera viendo una cosa preciosa que no esperaba encontrar.
Pero, así como surgió, desapareció rápidamente.
La expresión de él se endureció de nuevo.
Los ojos se oscurecieron, la boca se convirtió en una línea fina, y él se enderezó, volteándose hacia mí.
Conseguí ver las venas saltando en el cuello tatuado, el maxilar tan trabado que parecía doler.
—¿De verdad pensaste que podrías esconder por tanto tiempo lo que es mío? — la voz de él salió en un susurro ronco, pero pesada como una sentencia de muerte. —¿De verdad pensaste que yo dejaría que mis hijos crecieran en un lugar como este? Mira alrededor, ¿qué tipo de persona eres tú?
Él dio un paso en mi dirección, apuntando el mentón en dirección a las cunas.
—Míralos. No son hijos de cualquiera. Son mis hijos. Hijos de un D’Lucca. ¿Y tú los sometiste a vivir en una barraca de pescador? — él gruñó. — Son mis herederos. Y mis herederos no viven así.
Cada palabra vino como una bofetada.
Parte de mí quería retroceder, otra parte se inflamó.
—Hice lo que fue necesario hacer — respondí, intentando mantener la voz firme, pero ella salió cargando una ironía que yo no conseguí contener. — Ellos no son sus objetos, señor D’Lucca. Ellos son humanos. Merecen una vida normal, como niños normales. Yo los protegí de ese mundo obscuro que usted lleva. Los protegí de usted. Y haría lo mismo todas las veces que tuviera la oportunidad.
Él rió, pero no había humor allí.
El sonido fue corto, seco y peligroso.
Steffan se aproximó más, paso por paso, hasta acorralarme contra la nevera detrás de mí. Sentí el metal helado en mis espaldas, y mi cuerpo entero pareció encogerse. Yo estaba temblando.
La presencia de él exigía sumisión.
Era casi físico, como si hasta el aire alrededor se encorvara a él.
Él levantó la mano derecha, aproximándose a mi rostro.
Si fuera en otra situación, tal vez yo llamaría aquello de cariño. Pero no en aquel momento, no con el odio quemando en los ojos de él, ni con el toque siendo tan firme y posesivo.
Los dedos de él sujetaron mi mentón, primero con una cierta delicadeza extraña, después más apretado.
—Huyiste con mis hijos, ragazza — él murmuró, el acento cargando cada sílaba. — Y aún por encima los metiste en un agujero. ¿Llamas este lugar de un hogar decente? ¿Me estás poniendo a prueba?
Los dedos apretaron más, obligándome a erguir el rostro para encarar aquellos ojos avellana nublado de odio.
—Cosa faccio con te, Milla? (¿Qué hago contigo, Milla?) — él susurró, en italiano. — La punición para traición en mi familia es el olvido. Pero para ti…
El aprieto aumentó, haciendo que mi mentón doliera.
—…para ti, la punición será más duradera.
Intenté apartarme, pero cada tentativa solo hacía que los dedos de él se cerraran más.
El miedo subía por mi garganta, pero, detrás de la furia en la mirada de Steffan, yo vi dolor.
En aquel mundo sucio en que él vivía, hijos eran tesoros, continuidad del legado, pedazos de la familia que necesitaban ser protegidos y moldeados.
Yo sabía de eso por todo que ya había leído y oído en internet. Y ahora, encarándolo tan de cerca, yo entendí que, a los ojos de él, yo había cometido la peor de las traiciones: negar la existencia de los herederos de los D'lucca. Y eso es una gran ofensa.
Él no iba a perdonarme por eso.
Nunca.
—Suéltame, Steffan… me estás lastimando — pedí, sujetando el brazo de él con ambas manos. —¿Qué vas a hacer conmigo?
Por un segundo, pensé que él fuera a apretar aún más. Pero él me soltó de una vez, casi empujándome hacia atrás con la fuerza del gesto.
—Vas a saber en el momento cierto — dijo, frío.
Se volteó hacia la puerta, abriéndola con un movimiento brusco.
—¡Davi! ¡Pietro! — la voz de él ecoó por la casa pequeña. — Tomen las cosas. Todo. No dejen nada para atrás y coloquen en el carro. Si dejan algo, prendan fuego.
Mi corazón casi paró.
Corrí hasta las cunas, instintivamente colocando mi cuerpo entre ellos y cualquier amenaza. Leonel se removió, Cecilia soltó un resmido, pero aún dormían.
—Usted no puede llevarlos así — hablé, sintiendo la desesperación raspar la garganta. — Ellos necesitan de una vida normal, y estabilidad. Vuelva para Roma, y nos dejen en paz.
Steffan se volteó, despacio, como si yo hubiera acabado de decir algo absurdo.
—Ellos tendrán todo lo que el dinero puede comprar, Milla — respondió. — Y también me tendrán a mí. Tendrán todo que pertenece a ellos por derecho.
La manera como él habló “a mí” sonó como si fuera un presente obligatorio, no una elección.
—En cuanto a ti… — él continuó — tendrás la elección de ser madre de ellos bajo mi techo o convertirte en un recuerdo que yo voy a hacer cuestión de que ellos olviden.
Sentí el suelo desaparecer abajo de mis pies.
—¿Usted me está amenazando? — susurré.
Él dio una media sonrisa sin humor.
—No amenazo. Yo informo. Ahora muévete. Ayuda a arreglar todo, ahora mismo.
Davi y Pietro entraron en la casa sin ceremonia. Uno de ellos cargaba cajas dobladas, el otro ya comenzaba a mirar alrededor, calculando lo que sería llevado.
Mis pocos muebles, mis pocas cosas, todo parecía pequeño demás delante de ellos.
Yo me movía como si estuviera fuera de mi propio cuerpo, las lágrimas empañando la vista. Tomé la bolsa con los documentos, junté ropas pequeñas en la maleta, tomé la cajita donde guardaba las primeras medias, las pulseritas de la maternidad, las fotos impresas.
Todo lo que yo tenía de nuestra vida allí acabó. Steffan acabó con nuestra paz.