Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 13 EL PLAN QUE NADIE VIO VENIR
El café de la esquina de la avenida principal era elegante y discreto. Las mesas estaban separadas por biombos de madera oscura, la música sonaba baja y el olor a café recién tostado y pasteles recién horneados llenaba el aire. Victoria eligió la mesa más alejada de la entrada, donde nadie las vería ni las oiría. Llegó temprano, pidió un café solo y esperó.
Sofía apareció diez minutos después. Entró con paso seguro, se quitó los guantes de seda y se sentó enfrente sin saludar más que con un gesto breve de la cabeza.
—Dijiste que tenías algo importante que decirme —empezó directamente, sin dar vueltas—. Y que tenía que ver con Dante.
Victoria sonrió, una sonrisa fría que no le llegaba a los ojos.
—Así es. Y también con tu pequeña rival, Aitana.
Sofía frunció el ceño.
—No sé de qué hablas. Aitana me cae bien. Es simpática.
—Por favor, Sofía —Victoria soltó una risita corta, burlona—. No me hagas esa. Te vi en la cena benéfica. Te vi cómo la mirabas cuando creías que nadie lo notaba. La odias tanto como yo. Quieres a Dante de vuelta, y ella está en medio.
Sofía se quedó callada unos segundos. Miró por la ventana un momento, jugando con la cuchara de su café. Luego giró la cabeza hacia Victoria, y la sonrisa dulce que siempre llevaba puesta desapareció por completo.
—¿Qué quieres?
—Una alianza —respondió Victoria, inclinándose un poco hacia adelante sobre la mesa—. Tú quieres a Dante. Yo quiero que esa chica desaparezca de la familia Ferrer de una vez por todas. Nuestros objetivos son los mismos. Juntas podemos conseguirlo mucho más rápido que solas.
Sofía levantó una ceja.
—¿Y qué propones? ¿Decirle mentiras? Dante no es tonto. No se creerá cualquier cosa.
—No se trata solo de decir —Victoria sonrió, sacando un sobre pequeño de su bolso y dejándolo sobre la mesa—. Se trata de mostrar.
Empujó el sobre hacia ella. Sofía lo abrió despacio. Sacó unas fotos. Eran fotos de Dante y ella, tomadas en diferentes momentos: en el jardín de la mansión hablando, en la cena benéfica cuando ella le ofrecía el brazo, en una cena de amigos cuando se estaban riendo de algo. Nada comprometedor por sí solo, pero bien elegidas, bien recortadas, podían parecer mucho más de lo que eran.
—¿Para qué quieres esto? —preguntó Sofía, aunque ya lo sabía.
—Para que Aitana las reciba —explicó Victoria, con voz suave y fría a la vez—. Anónimas, claro. Sin remitente. Que piense que tú y Dante están detrás de su espalda. Que se ponga celosa, que dude, que empiece a pelear con él. Cuando la confianza esté rota, nosotros damos el siguiente golpe.
Sofía miró las fotos un rato más. Luego las guardó de nuevo en el sobre. Se mordió el labio inferior, pensativa.
—¿Y después?
—Después —Victoria se reclinó en su silla, satisfecha—, tú te acercas más a Dante. Le haces ver lo mucho que tienen en común, lo bien que se entienden, lo que se perdió cuando se separaron. Mientras tanto, yo me encargo de que Aitana cometa errores. Que parezca una esposa descuidada, interesada, indigna de estar a su lado. Al final… Dante vendrá a ti solo. Sin que tengas que rogarle.
Sofía se quedó callada. Sabía que lo que proponía Victoria era sucio, cruel incluso. Pero entonces recordó la mirada de Dante en el balcón, la forma en que le había soltado la mano a Aitana cuando ella llegó, la forma en que a veces la miraba como si viera en ella algo que ya no encontraba en su matrimonio. Recordó lo mucho que lo quería, lo mucho que siempre había querido ser la señora Ferrer.
Miró a Victoria.
—¿Y qué ganas tú con todo esto?
—Yo gano que esa intrusa se vaya —respondió ella, secamente—. Y que mi familia recupere el lugar que merece en los negocios de los Ferrer. Tú ganas a Dante. Todos salimos ganando.
Sofía guardó el sobre en su bolso. Asintió muy despacio.
—Está bien. Hago lo que dices. Pero una cosa: si Dante se entera de algo, yo no sé nada. Todo fue idea tuya.
Victoria sonrió, extendiendo la mano sobre la mesa.
—Trato hecho.
Se dieron la mano. Un acuerdo frío, calculado, que cambiaría todo.
---
En la mansión, yo estaba sentada en el sofá del salón, mirando sin ver la televisión. Habían pasado tres días desde la cena benéfica, y no podía sacarme de la cabeza la imagen de Dante caminando del brazo de Sofía hacia el escenario, tan bien parecidos, tan en su elemento.
Dante lo había intentado. Esa misma noche, cuando llegamos a casa, me buscó en mi habitación. Quiso hablar, quiso explicarme que solo había sido educación, que no significaba nada. Pero yo estaba demasiado herida, demasiado asustada de lo que sentía, y le dije que estaba cansada y que habláramos otro día. Desde entonces, había vuelto la distancia entre nosotros. No la distancia fría de al principio, sino una distancia triste, de dos personas que quieren acercarse pero no saben cómo.
Oí pasos en el pasillo. Levanté la vista. Era Don Eliseo. Se acercó y se sentó a mi lado, con una expresión preocupada en el rostro.
—Hija, llevas días muy callada —dijo, tomándome la mano con cariño—. ¿Sigue preocupándote lo de Sofía?
Bajé la mirada. No quería mentirle, pero tampoco quería parecer una niña celosa y tonta.
—No lo sé, don Eliseo. Ella es… ella es tan perfecta. Tan de su mundo. Y yo… yo solo soy yo.
El anciano apretó mi mano.
—Escúchame bien, Aitana. Dante no necesita una mujer perfecta. Necesita a alguien que le quiera de verdad, con sus luces y sus sombras. Alguien que no le tema a su corazón roto. Eso eres tú. No Sofía.
—Pero a veces lo veo con ella —dije, y la voz me salió quebrada— y parece que son tan felices. Que encajan tan bien.
Don Eliseo suspiró. Se pasó una mano por el cabello blanco.
—Yo también he notado cosas. Sofía… ha cambiado. Antes era una niña dulce, pero ahora… hay algo en su mirada que no me gusta. Algo que no es sincero. Ten cuidado, hija. Y habla con Dante. No dejes que los malentendidos se acumulen. Lo único que consiguen es romper lo que de verdad importa.
Quise responderle, pero en ese momento sonó el timbre de la puerta. Clara fue a abrir y volvió un minuto después con un sobre pequeño en la mano.
—Señorita Aitana —dijo, entregándomelo—. Ha llegado por correo. No tiene remitente.
Lo tomé con curiosidad. Era un sobre blanco sencillo, sin nada escrito más que mi nombre en letras impresas. Lo abrí despacio.
Y cuando vi lo que había dentro, sentí cómo el corazón se me caía a los pies.
Eran fotos. Fotos de Dante y Sofía. En el jardín de la mansión, hablando muy cerca el uno del otro. En la cena benéfica, riendo juntos. En una calle de la ciudad, caminando lado a lado. Todas bien tomadas, todas elegidas para mostrar lo que querían mostrar: que estaban juntos, que se veían a escondidas, que había algo entre ellos que yo no sabía.
La mano me temblaba. Una de las fotos se me cayó al suelo. Don Eliseo la recogió. Cuando vio lo que era, su rostro se endureció.
—Esto es una mentira —dijo, con voz firme y enfadada—. Alguien quiere hacerte daño, hija. No te lo creas.
Pero las imágenes me daban vueltas en la cabeza. La forma en que Dante la miraba en una de las fotos. La cercanía de sus cuerpos. Todo parecía tan real.
—¿Y si no es mentira? —pregunté, muy bajito, más a mí misma que a él.
En ese momento escuchamos la voz de Dante en el pasillo. Volvía de la oficina. Se acercó al salón y entró. Nos vio a los dos, mi cara pálida, la expresión de enfado de su abuelo, las fotos en mis manos.
—¿Qué pasa? —preguntó, acercándose rápidamente—. ¿Qué tenéis ahí?
Levanté la vista hacia él. Y por primera vez desde que nos casamos, no vi al hombre que me había defendido en la gala, que me había ayudado con Lucía, que me había dicho que quería aprender a amar conmigo.
Vi a un extraño.
—Tú me lo dices, Dante —dije, y mi voz sonó fría y rota a la vez. Le tendí una de las fotos—. ¿Qué es esto?
Dante tomó la foto. La miró. Sus cejas se juntaron de inmediato.
—Esto… esto es falso. Alguien las ha tomado a propósito para que parezca lo que no es.
—¿Ah, sí? —respondí, y el enfado empezó a mezclarse con el dolor—. ¿Y por qué alguien haría eso? ¿Por qué aparecerían fotos así de la nada?
—No lo sé, Aitana, pero te juro que no hay nada entre Sofía y yo —insistió él, acercándose a mí, intentando tomarme la mano.
Me aparté.
—No me toques.
Dante se quedó con la mano extendida en el aire. Su rostro se transformó. Primero sorpresa, luego dolor, luego enfado.
—¿De verdad no me crees? ¿Después de todo lo que hemos pasado?
—No sé qué creer —respondí, y las lágrimas por fin se me salieron, rodando por las mejillas—. Ella está en todas partes. Ella te conoce de antes. Ella es como tú. Y ahora aparecen estas fotos… ¿Qué quieres que piense?
Don Eliseo intervino, poniéndose entre los dos.
—Basta los dos. Esto es una trampa. Alguien nos está queriendo enfrentar. No os dejéis llevar por el enfado.
Pero yo ya no escuchaba. El dolor era demasiado fuerte. Las fotos, las cenas, las miradas, todo se mezclaba en mi cabeza formando una sola cosa: que me habían mentido. Que él había vuelto con ella. Que yo no era más que un estorbo en su camino.
Me giré y salí del salón corriendo, antes de que pudiera decir algo más. Subí las escaleras y me encerré en mi habitación, tirándome sobre la cama y llorando con rabia y tristeza.
Allá abajo, en el salón, Dante se quedó mirando la puerta por la que me había ido. Tenía los puños cerrados con fuerza, la mandíbula tensa. Miró las fotos una vez más, y sus ojos se oscurecieron de rabia.
Alguien estaba jugando con ellos. Alguien quería destruirlos.
Y lo peor de todo es que lo estaba consiguiendo.
Mientras tanto, en el café de la avenida, Victoria y Sofía terminaban sus cafés. Se miraron y sonrieron. El primer golpe había dado en el blanco.
Y el plan apenas empezaba.