Elena Vargas lo entregó todo por su familia.
Construyó un imperio desde cero, sacrificó sus sueños por su esposo y creyó que el amor podía superar cualquier obstáculo. Pero una noche descubre la verdad más cruel: Rodrigo, el hombre con quien compartió su vida, nunca la amó. Junto a su amante, ha pasado años robándole su empresa, manipulando a su hijo y convirtiéndola en la mujer desechable que ambos planean abandonar cuando ya no les sirva.
Humillada, traicionada y destrozada, Elena pierde la vida en un trágico accidente.
Pero el destino le concede un milagro imposible.
Despierta diez años en el pasado, justo antes de que todo se derrumbe.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
No pedirá explicaciones. No suplicará amor. No volverá a confiar.
Mientras Rodrigo y su amante creen seguir manipulando a la esposa perfecta, Ele
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**Capítulo 22 El Padre de Rodrigo**
Elena llegó a la mansión de Aurelio Vidal con el estómago hecho un nudo. La casa era enorme, fría y llena de cuadros caros que parecían mirarla con desprecio. Un mayordomo la guió hasta una sala con ventanales que daban al jardín. Aurelio ya estaba sentado en un sillón de cuero, con setenta años bien llevados, traje impecable y una mirada que había hundido empresas enteras.
—Siéntese —dijo sin levantarse.
Elena se sentó frente a él. Tenía las manos frías y la mandíbula tensa, pero no bajó la mirada.
Aurelio fue directo.
—Le ofrezco una suma extraordinaria —dijo—. Suficiente para que viva cómodamente el resto de su vida. Además, silencio total. Retire los cargos penales contra mi hijo y todo esto termina aquí.
Elena lo escuchó hasta el final sin interrumpir. Tenía el pecho apretado, pero la voz salió firme.
—¿Cuánto? —preguntó.
Aurelio nombró la cifra. Era obscena. El tipo de número que podía cambiar la vida de cualquiera.
Elena asintió despacio, como si lo estuviera sopesando. Aurelio sonrió con satisfacción, creyendo que ya la tenía.
Pero entonces ella tomó su bolso y se puso de pie.
—No —dijo.
Aurelio la miró con sorpresa genuina.
—¿Sabe con quién está hablando? —preguntó, con un tono que había intimidado a mucha gente.
Elena lo miró directo a los ojos.
—Sí —respondió—. Con el hombre que crió al monstruo que destruyó mi vida. Buenas tardes, señor Vidal.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Aurelio se levantó de golpe.
—Está cometiendo un error grave —dijo con voz baja y peligrosa.
Elena se detuvo en la puerta y lo miró por encima del hombro.
—Tal vez —contestó—. Pero ya estoy harta de errores que no son míos.
Salió de la casa sin mirar atrás. Tenía el corazón latiéndole con fuerza y las manos temblando, pero no se arrepintió.
Mientras el auto se alejaba, recibió un mensaje de Luciano.
**“¿Cómo te fue?”**
Ella respondió con dedos firmes.
**“Le dije que no.”**
Luciano tardó un minuto en contestar.
**“Bien. Entonces la guerra sigue.”**
Elena guardó el teléfono y miró por la ventana. Tenía la mandíbula apretada.
Aurelio Vidal acababa de entrar en el juego.
Y ella acababa de declararle la guerra a toda la familia.
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Elena todavía estaba sentada en su oficina, con el eco de la reunión con Aurelio Vidal repitiéndose en su cabeza, cuando Samuel la llamó. Contestó al primer timbre.
—Dime que no es tan grave como parece —dijo ella sin saludar.
Samuel soltó un suspiro largo al otro lado de la línea.
—Es peor. El juez que llevaba el caso principal se recusó esta mañana sin dar explicaciones claras. Dijo que tenía “conflictos de interés”, pero nadie cree esa mierda. Los plazos para presentar pruebas se ampliaron de repente. Y lo más jodido: un testigo clave que iba a declarar contra Rodrigo retiró su declaración hace dos horas. Sin motivo. Sin presión visible.
Elena se recostó en la silla. Tenía la mandíbula tan apretada que le dolía.
—Aurelio —murmuró.
—Alguien está moviendo piezas desde arriba —confirmó Samuel—. Esto no es casual. Alguien con mucho poder, contactos en el poder judicial y dinero para comprar voluntades está interviniendo. Y no es Rodrigo. Es su padre.
Elena se pasó la mano por la cara. Tenía las manos frías y el estómago revuelto. Aurelio Vidal no había perdido el tiempo. El viejo patriarca acababa de demostrar por qué su apellido todavía pesaba tanto.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó.
—Poco por ahora —admitió Samuel—. Estoy buscando alternativas, pero si Aurelio está metiendo mano, vamos a necesitar contrapeso del mismo nivel. O más alto.
Elena colgó y se quedó mirando la pared de su oficina. Tenía la respiración agitada y un nudo en el pecho que no se iba. Había imaginado que Rodrigo pelearía sucio. Pero no esperaba que el viejo Vidal entrara tan rápido en la pelea.
La puerta se abrió sin que nadie tocara. Luciano entró y cerró detrás de sí. Traía cara de ya saber lo que pasaba.
—Me enteré —dijo sin preámbulos—. Aurelio está usando sus contactos. Un juez, plazos extendidos y un testigo que se echó atrás. ¿Correcto?
Elena asintió. Tenía la mandíbula tensa.
—Correcto.
Luciano se sentó frente a ella. La miró fijo.
—¿Está dispuesto a usar los suyos? —preguntó Elena directamente.
Luciano tardó en responder. Se pasó una mano por la mandíbula y soltó el aire por la nariz.
—Me costará favores que no quería cobrar todavía —admitió—. Gente que prefiero no deberles nada. Pero sí, puedo mover piezas.
Elena lo miró. Tenía el pecho apretado.
—Entonces no— —empezó.
—Lo haré —la cortó él sin dudar.
La miró con esos ojos que parecían leerle la cabeza.
—Pero cuando esto termine vamos a hablar de lo que queda entre nosotros —añadió—. De verdad.
Elena no respondió. Tenía la garganta seca y las manos frías. Sabía que aceptar la ayuda de Luciano tenía un precio. Y no estaba segura de poder pagarlo después.
Luciano se inclinó un poco hacia adelante.
—No voy a presionarte —dijo—. Pero no voy a quedarme mirando cómo Aurelio te entierra. Ese viejo es peligroso. Más que Rodrigo. Si mueve sus contactos, podemos perder meses de trabajo en una semana.
Elena asintió despacio. Tenía la respiración agitada.
—Haz lo que tengas que hacer —dijo por fin.
Luciano se levantó. Antes de salir, se detuvo en la puerta.
—Ten cuidado —murmuró—. Aurelio no juega limpio. Y si se siente acorralado, va a atacar donde más duele.
Salió y cerró la puerta.
Elena se quedó sola. Se recostó en la silla y soltó el aire con fuerza. Tenía la cabeza hecha un lío. Aurelio movía fichas desde las sombras. Luciano estaba dispuesto a quemar favores por ella. Y ella estaba en medio de todo, intentando no perder el control.
Su teléfono vibró. Mensaje de Mateo.
**“¿Todo bien en la empresa? ¿Necesitas que vaya?”**
Respondió con dedos temblorosos.
**“Estoy manejándolo. Quédate en casa.”**
Pero mientras guardaba el teléfono, sabía que la cosa se estaba poniendo más fea. Aurelio no era Rodrigo. Era peor. Tenía poder real. Contactos que llegaban a donde ni siquiera Samuel podía tocar.
Elena se levantó y caminó hasta la ventana. Miró hacia el estacionamiento. Tenía la mandíbula tensa y un sabor amargo en la boca.
La guerra ya no era solo contra Rodrigo.
Era contra toda la familia Vidal.
Y ella acababa de aceptar ayuda de alguien que también tenía secretos oscuros.
Su teléfono vibró otra vez. Número desconocido.
**“El viejo Vidal dice que no durarás ni un mes. ¿Qué dice usted?”**
Elena borró el mensaje. Tenía las manos temblando de rabia.
No iba a durar un mes.
Iba a durar lo que hiciera falta.
Pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que el precio podía ser más alto de lo que estaba dispuesta a pagar.
Ojalá que encuentren a Adriana Ferreti y entre las dos hundan a ese engendro.
Un duro golpe para ese muchacho de 17 años que apenas está empezando la vida y tener que enfrentar eso.
Me imagino que Luciano tiene amigos mafiosos y no quiere deberles nada así que los utilizará por el amor que siente por Elena.
Luciano está babeando por Elena y ella ya le está gustando Luciano que hasta lo besó.