Darien es el hijo mayor de Elara, heredera de la luz y la vida, y del Señor de las Sombras, soberano del reino de la oscuridad. Nació con una fuerza descomunal, una estatura que lo hace parecer un gigante, pero con un alma dulce, ingenua y sincera, como la de un niño que aún no conoce la crueldad total del mundo. Junto a él crecieron sus hermanos menores: Liora, que domina la magia de la naturaleza, y Kael, con el don de viajar entre sombras.
Cuando la paz entre los reinos se ve amenazada por fuerzas antiguas que buscan separar de nuevo la luz y la oscuridad, Darien es enviado a negociar una alianza con el reino de los inmortales, gobernado por la Reina Irina en el continente de Mordrasil. Pero Irina no es una simple soberana: es astuta, calculadora, y ha oído hablar de los peligros del linaje de Darien. Decide espiarlo, acercarse a él con fingida amabilidad para descubrir sus debilidades y sus secretos.
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El bosque de espinas y el viaje obligado.
Días después de aquel suceso, la calma había vuelto al castillo, pero todo era diferente. Ya no había miradas frías ni palabras medidas. Darien e Irina se buscaban sin darse cuenta: ella quería conocer más de su mundo y de su forma de ver la vida; él encontraba en ella una sabiduría y una fortaleza que admiraba profundamente.
Sin embargo, la amenaza que habían enfrentado no era algo aislado. Como ambos comprendieron, aquellas criaturas corrompidas eran solo el primer indicio de que el antiguo mal que había separado la luz y la oscuridad comenzaba a despertar de nuevo. Y para detenerlo, necesitaban respuestas que solo existían en un lugar olvidado y peligroso: el Bosque de Espinas Eternas, en los límites más lejanos de Mordrasil.
Una mañana, mientras revisaban los antiguos registros de la biblioteca real, encontraron un texto que lo confirmaba:
"Cuando las sombras sin forma vuelvan a caminar, el origen de su poder y la llave para detenerlos descansan en el corazón del bosque donde el tiempo no avanza. Solo quienes lleven en sí la luz y la noche podrán cruzar sus barreras."
—No hay opción —dijo Irina, cerrando el libro con determinación—. Debemos ir allí. Si queremos proteger nuestros reinos, necesitamos saber qué es exactamente lo que despierta y cómo sellarlo para siempre.
—Iré contigo —respondió Darien de inmediato, sin dudarlo—. Ese lugar es peligroso, y si requiere de ambas energías para entrar, es mejor que vayamos juntos.
Esa misma tarde prepararon todo lo necesario. Darien se aseguró de llevar su espada de acero sombrío, provisiones y, como siempre, el medallón de plata en su mano, que le daba calma y protección. Irina vistió ropas más ligeras pero resistentes, guardó sus armas y amuletos, y se despidió de su corte, dejando claras las órdenes por si algo ocurría durante su ausencia.
El viaje duró dos días. Al principio, caminaron por senderos conocidos, pero a medida que se acercaban a los límites del reino, el paisaje cambiaba. Los árboles se volvían más altos, con troncos de color gris oscuro y hojas afiladas como cuchillas. El aire se enfriaba, y en el suelo comenzaron a aparecer las primeras espinas: gruesas, negras y brillantes, que parecían moverse lentamente como si tuvieran vida propia.
—Nadie entra aquí y regresa para contarlo —explicó Irina, mirando con precaución a su alrededor—. Las espinas no solo cortan la carne; también cortan la magia, la memoria y el tiempo. Cualquier ser que no esté en equilibrio con su propia naturaleza queda atrapado para siempre.
Darien asintió, apretando el medallón con suavidad. Sintió cómo la energía del lugar era confusa, caótica, pero al mismo tiempo, su propia sangre respondía a ella, creando una especie de escudo natural a su alrededor.
—Mantente cerca de mí —le dijo con voz tranquila pero firme—. Mientras estemos juntos, nuestras fuerzas se equilibrarán. La luz de mi madre y la oscuridad de mi padre, unidas con tu propia esencia, nos permitirán cruzar sin daño.
Al entrar en el bosque, la sensación cambió por completo. Las espinas se movían con más intensidad, intentando rodearlos, rozar sus ropas y sus brazos. Pero cada vez que se acercaban demasiado, una mezcla de luz plateada y sombra controlada salía de Darien, y una energía dorada y oscura brotaba de Irina, haciendo que las espinas se retiraran como si quemaran.
Caminaron durante horas, sin descanso, hablando poco, concentrados en protegerse mutuamente. En un momento, una rama cubierta de púas afiladas se desprendió de lo alto y cayó directamente sobre Irina, que no tenía tiempo de apartarse.
Sin pensarlo, Darien reaccionó en una fracción de segundo. Se interpuso entre ella y el peligro, levantando el brazo para detener el golpe. Las espinas atravesaron su ropa y se clavaron profundamente en su carne, haciendo que soltara un leve gruñido de dolor, pero sin retroceder ni un paso.
—¡Darien! —gritó Irina, asustada, mientras la rama caía al suelo y se desvanecía en polvo—. ¿Por qué hiciste eso? ¡Podría haberte causado heridas graves!
El gigante bajó la vista, mirando las púas clavadas en su antebrazo, y sonrió con calma, aunque su rostro mostraba la molestia.
—No iba a dejar que te hirieran —respondió él, arrancando las espinas con un movimiento rápido y limpio, dejando ver la sangre oscura que manaba de las heridas—. Además, mi cuerpo aguanta más que el de cualquier otro. No te preocupes.
Pero Irina no se quedó tranquila. Se acercó rápidamente, tomó su brazo con suavidad —con mucho cuidado de no apretar demasiado— y miró las heridas. Con un gesto suave, colocó sus manos sobre ellas y dejó fluir su propia energía curativa, una calidez distinta que se mezclaba con la vitalidad que corría por las venas de Darien.
—No tienes que demostrarme tu fuerza —le dijo ella en voz baja, con una mezcla de regaño y ternura—. Ya sé que eres fuerte. Pero si te haces daño, ¿quién me ayudará a cruzar el resto del camino?
Mientras sus manos permanecían sobre su brazo, ambos sintieron esa misma corriente eléctrica que los había recorrido antes, pero ahora más intensa, más clara. Las heridas comenzaron a cerrarse rápidamente, pero ninguno de los dos apartó la mirada ni las manos de inmediato.
—Gracias —susurró Darien, con la voz un poco más grave de lo normal—. Y perdona si te asusté. Solo reaccioné sin pensar.
—Lo sé —respondió ella, sonriendo con esa dulzura que ya le era familiar—. Y esa es la mejor parte de ti: haces lo correcto sin esperar recompensa ni pensar en el riesgo.
Continuaron avanzando, pero ahora con una cercanía aún mayor. Ya no caminaban separados por unos metros, sino casi hombro con hombro, conscientes de que en aquel lugar extraño y peligroso, el único refugio seguro era la presencia del otro.
Y en el silencio del bosque, rodeados de sombras y espinas, comenzaron a darse cuenta de que este viaje no solo era para salvar sus reinos, sino también para descubrir hasta dónde podía llegar el vínculo que se estaba formando entre ellos.