Cinco años atrás, Agustina perdió al amor de su vida. Hoy, Louis ha regresado.
Lo que él no sabe es que tiene un hijo.
Y acaba de salvarlo.
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La noche más fría
Louis permanecía en la habitación del hospital, mirando hacia el techo mientras una pregunta no dejaba de rondarle la cabeza.
¿Quién era ese niño?
Recordó el momento en que lo había visto correr hacia la calle.
—¿Agustina ya tuvo un hijo? —murmuró, riendo con incredulidad—. Seguro es de ese chico...
Unos días antes de marcharse, había visto a Agustina acompañada de un chico. Ella parecía feliz a su lado, aunque Louis no sabía demasiado sobre su vida.
Cuando estaban en la escuela, Agustina vivía con su tía y sus primos. Ella había sido la chica rebelde de la clase, mientras que Louis era prácticamente invisible: el nerd al que nadie prestaba atención.
Pero ahora todo parecía diferente.
Mientras Louis permanecía pensativo, alguien entró a la habitación.
—A ver, ¿qué pasó? —preguntó una voz conocida mientras tomaba los análisis.
Louis levantó la mirada.
Era su viejo amigo.
—Andrés...
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Tanto tiempo —dijo Andrés, acercándose—. Desde la última vez que nos vimos.
—Sí. Pero bueno... lo pasado, pisado. —Louis soltó una pequeña risa.
Andrés dejó los análisis sobre la mesa.
—Solo tienes algunos moretones y una costilla rota. Nada demasiado grave.
Louis suspiró.
—Eso espero.
Pero su mente seguía en otro lugar.
En Agustina.
Y en aquel niño.
En casa de Agustina
Apenas entraron a la casa, Cristian vio a Leo.
El pequeño se quitó la campera y dejó al descubierto la curita de su brazo y algunas raspaduras.
Cristian abrió los ojos, preocupado.
—¿Qué te pasó? ¿Por qué estás todo raspado?
Lo abrazó inmediatamente.
Después levantó la mirada hacia su hermana.
—¡Agustina! ¿Así cuidas a tu hijo?
Ella no respondió.
Subió las escaleras en silencio.
Cristian frunció el ceño.
—Que te lo cuente él —dijo mientras se alejaba.
Horas después, Leo estaba sentado en su habitación, haciendo un dibujo.
Cristian entró y se sentó a su lado.
—Leo, ¿qué hiciste? ¿Por qué viniste todo golpeado?
El niño dejó el lápiz sobre la mesa.
Su expresión se volvió triste.
—Fui un niño malo...
—¿Por qué dices eso?
Leo hizo un pequeño puchero.
—Solté la mano de mamá. Unos policías vinieron y... alguien se lastimó por mi culpa.
Cristian lo observó con atención.
—¿Y qué pasó después?
—La policía le dio algo a mamá.
Cristian entendió que se refería a los papeles que habían recibido.
No quiso asustarlo.
Sonrió y dejó un vaso de leche y unas galletas sobre la mesa.
—Será mejor que duermas. Mañana tienes que ir a la escuela.
Se inclinó y le dio un beso en la frente.
—Yo iré a hablar con tu madre.
Cristian salió de la habitación.
Pero mientras caminaba por el pasillo, escuchó unos sollozos.
Se detuvo frente a la puerta.
—No quiero que me saquen a mi hijo...
Cristian entró inmediatamente.
Al verla llorando, se acercó y la abrazó.
—Perdóname. Fui un tonto por gritarte. Ya sabes que soy demasiado sobreprotector con Leo.
Agustina lloró contra su pecho.
—La próxima vez... espera a que te explique antes de enojarte.
Ella levantó la mirada.
—Hermano...
Se limpió las lágrimas.
—Por esto la policía quiere investigar. Y si las cosas salen mal... pueden quitármelo.
Cristian permaneció en silencio.
—Sabes cuánto me costó tenerlo. Estudié mientras lo criaba, trabajé cuando apenas podía mantenerme en pie... Y gracias a ti pude conseguir este trabajo en el hospital Lucky.
Cristian le secó una lágrima.
—No va a pasar eso. Leo tiene mi apellido. Cuando vengan a investigar, verán que está bien cuidado y que tiene una familia que lo quiere.
Agustina bajó la mirada.
—Pero van a querer saber quién es su padre.
Comenzó a jugar nerviosamente con sus manos.
—Y tú eres mi hermano...
Cristian la observó.
—¿Sabes algo de él?
Agustina mintió.
—No. No sé nada desde que se fue.
Miró hacia el suelo.
Pero ninguno de los dos sabía que, detrás de la puerta, Leo había escuchado cada palabra.
El niño permaneció inmóvil.
Por su culpa, mamá estaba triste.
Necesitaba ayuda.
Y quizá...
Necesitaba a su papá.
—¿Dónde estará? —susurró con tristeza.
Una semana después
Agustina estaba con Leo en un centro comercial.
El niño vio una tienda llena de juguetes y, en cuanto divisó los peluches, salió corriendo.
—¡Mamá! ¡Mira! ¡Cuántos peluches!
Agarró uno.
—¡Quiero este!
Luego vio otro.
—No... mejor este.
Agustina sonrió al principio.
Pero cuando miró el precio, su sonrisa desapareció.
Era demasiado caro.
—Hijo, déjalo. Tenemos que irnos.
Agarró su mano.
Pero Leo no se movió.
—¡Hijo!
El pequeño comenzó a hacer un berrinche.
—¡Yo quiero ese!
Agustina se agachó frente a él.
—Leo, entiendo que lo quieras.
Intentó mantener la calma.
—Te compraría toda la tienda si pudiera... pero mamá no tiene dinero ahora.
El niño dejó de llorar por un instante.
—Cuando trabaje más horas, te compraré uno para tu cumpleaños.
Leo bajó la mirada.
—Está bien...
Agustina lo abrazó.
—Vamos.
En casa de Louis
Louis estaba sentado en el sofá cuando sintió una extraña presión en el pecho.
Se llevó una mano al corazón.
No sabía por qué, pero una angustia repentina lo había invadido.
En ese momento, Kevin entró a la habitación.
—Amigo, recuéstate. Todavía tienes las costillas rotas.
Louis suspiró.
—Ya pasó una semana desde que salí del hospital.
—Precisamente. No deberías estar forzándote.
Louis se dejó caer contra el respaldo.
—¿Alguna vez sentiste algo así?
Kevin lo miró.
—¿Qué cosa?
—Como si... alguien necesitara de ti.
Kevin levantó una ceja.
—No.
Se dirigió hacia la cocina.
—Quizás tu hija necesita de ti.
Tomó un vaso y lo llenó de agua.
—No creo. Solo tiene tres años.
Louis miró hacia el techo.
—Hoy comencé oficialmente como cirujano general y jefe del área de cirugía.
Kevin soltó una carcajada.
—Amigo, tú sí que la sacaste barata. Te casaste con la hija del cirujano más prestigioso del país y ahora tienes todo servido en bandeja de plata.
Louis soltó un suspiro.
—Todo por mi familia.
Pero aquella extraña sensación en el pecho seguía allí.
Hospital Lucky
Horas después, Agustina llegó al hospital.
Apenas entró, encontró a su amiga Mónica.
—¡Agustina! ¿Dónde estabas?
Mónica le entregó unos papeles.
—Toma. Te asignaron cuatro habitaciones y necesitas ayuda con ellas.
Agustina miró los documentos.
—¿Cuatro habitaciones? ¿Qué se creen? ¿Que somos sus esclavas?
Mónica comenzó a reír.
—Lo mismo digo.
Las dos caminaron juntas por el pasillo.
—¿Y qué tal mi sobrino? —preguntó Mónica.
—Bien. Aunque después de lo que pasó tendré que hacer horas extra.
Agustina suspiró.
—Quiere un peluche y están carísimos.
Mónica pensó durante unos segundos.
—Hablando de trabajo... hoy llega un doctor nuevo al área donde tú estudiaste. Capaz necesitas ayuda.
Agustina la miró.
—¿Un doctor nuevo?
—Sí.
Las dos entraron a uno de los consultorios.
Pero cuando Agustina levantó la mirada, se quedó inmóvil.
Allí estaba alguien de su pasado.
Martín.
Ella respiró profundamente y decidió ignorarlo.
Terminó la consulta y salió del consultorio.
Pero apenas había dado unos pasos, sintió que alguien la tomaba de la mano.
Agustina se giró.
—Agustina... tanto tiempo.
Martín le sonrió.
Ella apartó lentamente su mano.
—Hola...
Su tono fue completamente frío.
—¿Cómo están Julieta, Evelyn y Eric?
Martín pareció sorprenderse por la pregunta.
—Evelyn y Eric tienen un hijo de seis años. Están viviendo en Londres.
Hizo una pausa.
—Julieta y yo nos casamos, como nuestros padres querían.
Agustina sonrió ligeramente.
—Me alegro por ustedes.
—Aunque tú sabes que siempre quise que fueras tú.
Agustina cambió inmediatamente de tema.
—¿Sabes si se siente bien?
Martín la observó.
—¿Quién?
—Julieta siempre que me ve a mi y Leo se pone blanca palida.
Martín abrió la boca para responder.
Pero antes de que pudiera hacerlo, alguien llamó a Agustina desde el pasillo.
—¡Enfermera Agustina!
Ella se giró.
—Tengo que irme.
Y se marchó sin mirar atrás.
Martín permaneció allí.
—Si supieras que ella se pone así porque cree que arruinó tu vida...
Susurró para sí.
1:00 a. m.
La noche había caído sobre la ciudad.
La nieve cubría las calles y el frío se había vuelto insoportable.
Agustina terminó su turno.
—Por fin terminé.
Se puso el abrigo y miró la hora.
1:00 a. m.
—Será mejor que me vaya.
Mientras tanto, Louis también terminaba su jornada.
Se estiró, agotado.
—Qué cansancio... ¿Quién diría que ser médico y jefe sería tan agotador?
Miró el reloj.
—Ya es la una. Mejor me voy.
Se cambió, tomó las llaves de su automóvil y salió del hospital.
La radio anunció una alerta meteorológica.
««Se espera que esta sea una de las noches más frías de la temporada. Se recomienda evitar salir y permanecer en lugares cerrados.»»
Louis miró por la ventana.
La nieve caía cada vez con más fuerza.
Mientras tanto, Agustina caminaba sola por la calle.
No llevaba suficiente abrigo.
El transporte público parecía haberse detenido por completo y sus piernas apenas respondían después de tantas horas de trabajo.
Se abrazó a sí misma.
—Creo que me voy a desmayar...
Frotó sus manos intentando recuperar un poco de calor.
—Me voy a congelar aquí.
Dio un paso.
Luego otro.
Pero su cuerpo ya no podía más.
—Voy a resfriarme...
Sus ojos comenzaron a cerrarse.
Agustina cayó lentamente sobre la nieve.
En ese momento, un automóvil pasó por la calle.
El conductor frenó de golpe.
Louis miró por el espejo retrovisor.
Algo le resultaba familiar.
Frunció el ceño.
—¿Esa es... Agustina?
Louis miró hacia atrás.
Y sin pensarlo dos veces, pisó el freno.