Ariadna conoce desde niña el secreto que se esconde tras los muros del Laberinto: el Minotauro tiene un nombre, Asterión, y también tiene un corazón.
Mientras todos lo consideran una bestia condenada a morir, ella descubre al hombre que existe detrás de sus cuernos, sus heridas y su maldición. Entre visitas secretas, canciones y promesas hechas en la oscuridad, la compasión se transforma en un amor que desafía las leyes de Creta.
Entonces llega Teseo, el héroe destinado a matar al monstruo.
Ariadna acepta ayudarlo, pero no para entregar a Asterión.
Esta vez, el hilo no conducirá al héroe hacia la gloria.
Conducirá a dos amantes hacia la libertad.
Pero escapar del Laberinto no será suficiente. Cuando Teseo descubra la verdad, Ariadna tendrá que elegir entre su familia, su reino y el hombre que ama.
Porque para el mundo, Asterión será siempre el Minotauro.
Para Ariadna, será el hombre que merecía ser salvado.
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La maldición que el amor rompió
Entre la bulla de las voces, el chocar de las armas y las antorchas que se agitaban, Ariadna avanzaba junto a Asterión, sin soltar su mano, sin apartarse de su lado. No se fijó en los pasos, no miró dónde pisaba. Solo sabía que no lo soltaría jamás.
Hasta que de pronto, una brisa fresca le acarició la cara, tibia y viva, con olor a sal y hierba. Se detuvo sorprendida y levantó la vista. El cielo se extendía inmenso y azul sobre ellos.
—Asterión… —susurró.
Él la miró y sus ojos se llenaron de asombro.
—Estamos fuera. Los dos.
Habían cruzado la entrada principal sin darse cuenta. La puerta que nunca se abría para él estaba tras ellos. Y nada los había detenido.
Minos dio un paso adelante, con el rostro desencajado.
—¿La maldición…? —murmuró—. ¿Qué está pasando aquí?
Una risa suave, clara y luminosa, llenó el aire. Todos se giraron. Entre una luz dorada que no venía del sol, apareció Afrodita, radiante, sonriente, con los ojos chispeantes de alegría.
—Bien, bien… —dijo, mirándolos con deleite—. Me encantan las historias de amantes que no se rinden. Esta será una de las mejores que cuente la próxima semana, cuando me reúna con Hera. Seguro que se pondrá verde de la cólera cuando sepa que su maldición se ha roto. ¡Que se joda esa vieja! —rio con franqueza.
La multitud contuvo el aliento. La diosa del amor los miró a todos y luego se dirigió a ellos con voz firme y cálida:
—Escuchadme. La maldición habla de un corazón sincero que ama de verdad y da todo por el ser amado. Eso… eso es mi territorio. El amor es mi poder. Y por tu entrega, Ariadna, por tu valentía, por tu fidelidad que no se quebró… yo rompo este hechizo. Queda anulado. Levantado. Para siempre.
Se volvió hacia el rey y los soldados:
—Están bajo mi protección. Nadie les hará daño. Nadie los detendrá. Déjenlos partir de esta isla.
Minos enderezó la espalda, intentando recuperar su autoridad.
—¿Y si nos negamos? —dijo, con voz tensa.
Afrodita soltó una risa ligera, nada amable. Lo miró directamente a los ojos.
—Eres Minos, ¿verdad? Dime… ¿todavía no tienes ningún heredero varón? ¿Qué te parecería que desde hoy nada te funcione? O que apestes para todas las mujeres, para siempre…
El rey palideció. La altivez se le desvaneció del rostro de golpe. Dio un paso atrás y calló.
La diosa sonrió con satisfacción.
—¿Ves? Solo hay que saber decir las palabras adecuadas. Y hasta una diosa "inútil" como yo puede hacer temblar al hombre más presumido de este lugar.
Se giró hacia la pareja, con ternura infinita.
—Vayan. Sean libres. Vivan este amor tan hermoso que han construido.
La luz se desvaneció tan rápido como llegó. Afrodita había desaparecido.
Ariadna y Asterión se miraron, asombrados, y apretaron sus manos. Caminaron juntos, tomados de la mano, en medio de la multitud que se abría despacio. Algunos murmuraban: loca, monstruo, aberración. Otros bajaban la mirada sin saber qué decir. Pero a ellos ya no les importaba. No escuchaban los insultos. Solo sentían el sol en la piel, el viento en el rostro, y la mano del otro tibia y firme entre los dedos.
Caminaron hasta el muelle, donde un barco pequeño esperaba. Subieron a bordo y no miraron atrás. Las velas se desplegaron, el mar los recibió, y la isla de Creta se fue alejando poco a poco, perdiéndose en la bruma, mientras el horizonte se abría ante ellos: infinito, brillante, suyo.